Guerra y frontera
abril 24, 2019 | J. Enrique Sevilla Macip

En el transcurso de la semana pasada adquirió cierta atención mediática un video difundido en Facebook por una organización autodenominada Patriotas Constitucionales Unidos de Nuevo México – Operaciones Fronterizas. En este, se observa a un grupo de inmigrantes no autorizados que acaban de atrapar en alguna zona de la frontera compartida entre Chihuahua y Nuevo México. Quien sostiene la cámara les pregunta: "Do you want some water? You want ‘agua’?". Una mujer – mexicana o centroamericana, no podemos saber más que habla español – responde afirmativamente y una mujer en indumentaria militar les entrega una botella.

La página de Facebook de dicho grupo contiene diversos videos con escenas similares, las cuales se antojan algo cotidiano en la región fronteriza. Pero su importancia radica no en el comportamiento de captores y captivos ante la cámara, sino en el contexto: un grupo privado de civiles fuertemente armado y equipado llevando a cabo operaciones que oscilan entre lo policiaco y lo militar, y deteniendo a inmigrantes mexicanos y centroamericanos sin facultad alguna para hacerlo. A todas luces, y como lo reconocieron la gobernadora de Nuevo México Michelle Luján y la Oficina federal de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, agencia de la que depende la Patrulla Fronteriza oficial) en sendos pronunciamientos condenatorios, se trata de algo ilegal.

Aún así, el grupo civil armado no pretende en ningún momento esconder la naturaleza de sus acciones al haber publicado ellos mismos el video en sus redes sociales y anunciar ahí mismo su propósito – de hecho han reportado públicamente haber detenido a más de cinco mil migrantes en el último bimestre. Y si hacemos caso a un documento del Comando Norte del Ejército estadounidense filtrado el año pasado y divulgado por la revista Newsweek, no tendrían porqué esconderlo. En dicho documento, el Departamento de Defensa de ese país reconoce la existencia de alrededor de 200 milicias irregulares que operan a lo largo de los más 3 mil kilómetros de frontera terrestre entre México y Estados Unidos, todas con un objetivo similar al de los Patriotas Constitucionales de Nuevo México. Es decir, se trata de un fenómeno común y sobre el cual, más allá de arrestos esporádicos y condenas discursivas, parece haber poco interés por mitigar o disuadir.

Al respecto, es revelador el trabajo del historiador Greg Grandin, de la Universidad de Nueva York, quien apunta que la proliferación de milicias irregulares en comunidades estadounidenses en la frontera con México tuvo un primer impulso en las décadas de los setenta y ochenta y contó entre sus características principales un marcado perfil racista, el involucramiento de veteranos de guerras internacionales (por la época, muchos habían estado en Vietnam), y la acquiescencia cuando no al abierto apoyo y cooperación por parte de autoridades estadounidenses – principalmente la Patrulla Fronteriza y los departamentos de policía de varias ciudades fronterizas. La confluencia de estas tres características – racismo, militarismo y tácito apoyo oficial – convirtió a la región fronteriza en una zona particularmente hostil para los migrantes – autorizados y no autorizados – mexicanos y centroamericanos en Estados Unidos, y a sus barrios en las ciudades al norte de la frontera en zonas donde tanto las agencias de seguridad estadounidenses como milicias irregulares actuaban como ejércitos de ocupación.

La "guerra contra el terrorismo" desplegada por el expresidente Bush a partir de 2001, junto con el cambio de narrativa en las relaciones bilaterales con México a partir de la progresiva integración comercial detonada por el TLCAN provocaron una disminución real de las operaciones militarizadas por parte de actores privados en la frontera, pero a la vez encubrieron percepciones y procedimientos de operación que se mantuvieron entre algunos sectores sociales y agencias oficiales estadounidenses con relación a México, los mexicanos y nacionales de otros países que equiparan con los mexicanos

(recuérdese el jocoso pero revelador titular de Fox News sobre migrantes de "tres países mexicanos" para hacer referencia a Guatemala, Honduras y El Salvador).

La vigencia de esas percepciones y procedimientos se manifestó de forma clara en el éxito de la promesa trumpista de un muro fronterizo, así como de los repetidos arrebatos del hoy presidente estadounidense en favor de una mayor militarización de la frontera. Junto con la reaparición desinhibida de estos discursos, ha habido un nuevo impulso a la creación de milicias irregulares con tácticas y equipamiento militar dedicadas a ‘cazar’ migrantes. La diferencia con la tendencia de hace algunas décadas es que esta desinhibición ya no es exclusiva de actores no estatales, sino que hoy viene aparejada de una abierta y progresiva militarización de la franja fronteriza mexicano-estadounidense en la última década, así como la consecuente fractura de muchos espacios de vida binacional que había en ella (acá un ejemplo: https://bit.ly/2Kab4eq).

También la semana pasada, se difundió la noticia de que por primera vez en la historia México fue el principal socio comercial de Estados Unidos según los datos del primer bimestre de 2019, por encima incluso de China. Al mismo tiempo, ambos países estamos en proceso de refrendar la alianza comercial mediante el recientemente acordado T-MEC. Resulta desde luego paradójico, sin embargo, y si uno mira en los lugares adecuados, verá que hay una cara de la relación bilateral que está cifrada en lenguaje y códigos bélicos. Es decir, independientemente de los millones de dólares en mercancías que día con día cruzan la frontera, de los millones de mexicanos que han hecho de Estados Unidos su hogar y los millones de estadounidenses que vacacionan o viven al sur de la frontera, para sectores de la sociedad y gobierno de Estados Unidos, la frontera es un teatro de guerra, y México es el enemigo.

Twitter: @jesevillam

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