Política

ECP/ Un derecho humano colectivo urgente

marzo 17, 2019

Cuando los jóvenes toman las calles, pintan e intervienen en el equipamiento urbano en protesta por el impacto climático tienen razón: se les escamotea el futuro. La economía es un esquema piramidal, que descarga sus responsabilidades e impactos sobre la juventud y los no nacidos. Su crecimiento es a costa del saqueo intergeneracional.

En el corazón del capitalismo se encuentra una vasta y poco examinada asunción: se tiene el derecho a tanto de los recursos del mundo como el dinero pueda comprar. Se puede comprar tanta tierra, tanto espacio atmosférico, tantos minerales, tanta carne y pescado como el presupuesto pueda permitir, independientemente de a quién y a cuántos se les escamote de los mínimos de bienestar. Si se puede pagar por ello, se puede poseer cadenas de montañas enteras, llanuras fértiles o maldita la cosa. Se puede quemar tanto combustible como se quiera. Cada peso garantiza un cierto derecho privado sobre la riqueza natural del mundo. Las mineras canadienses son un buen ejemplo de eso.

La lógica de los números de la cuenta bancaria da el derecho a poseer, literalmente, el tejido vital del planeta. La justificación estándar se remonta al Segundo Tratado de Gobierno de John Locke, obra del liberalismo clásico del siglo XVIII. El individuo con su trabajo adquiere el derecho a poseer riquezas naturales: la fruta que recolecta, los minerales que extrae y la tierra en la que se convierte. Su propiedad exclusiva, porque el individuo pone el hombre, pone el trabajo. Luego, el jurista William Blackstone en el siglo XVIII desarrolló el argumento; su obra fue inmensamente influyente en Inglaterra, Estados Unidos y otros lugares. Sostuvo que el derecho de un hombre al "dominio único y despótico" sobre la tierra fue establecido por la persona que la ocupó primero para producir alimentos. Este derecho podría entonces ser cambiado por dinero. El razonamiento subyacente del esquema piramidal que no tiene sentido. Primero porque asume un año cero. En este punto arbitrario, una persona podría pisar un pedazo de tierra, mezclar su trabajo con ella y reclamarla como suya, no sólo los frutos del trabajo. Locke usó a Estados Unidos como un ejemplo de la pizarra en blanco sobre la cual las personas podrían establecer sus derechos. La tierra se convirtió efectivamente en una pizarra en blanco, pero sólo a través del exterminio de quienes vivían allí. La colonización española, holandesa y anglicana son ejemplos referenciales de ello.

Por la fuerza y la imposición religiosa, el colono no sólo podía borrar todos los derechos anteriores, sino que también podía borrar todos los derechos futuros. Al mezclar su trabajo con la tierra una vez, el individuo y sus descendientes adquieren el derecho a ella a perpetuidad, hasta que decida venderla. Se evitaba así que todos los futuros reclamantes obtengan riquezas naturales por los mismos medios. Maquillado, el esquema es completamente vigente. Peor aún, según Locke, "su" labor incluye la labor de quienes trabajan para usted. Pero, ¿por qué las personas que hacen el trabajo no deberían ser las que adquieren los derechos? Esto obedece a que, por "hombre", Locke no aludía a toda la humanidad, sino sólo a los hombres europeos dueños de propiedad. Los que trabajaban para ellos no tenían tales derechos. A fines del siglo XVII, esto significaba que los derechos a gran escala podían justificarse sólo por la propiedad de siervos o esclavos. Inadvertidamente, lo que realmente produjo Locke fue una carta para los derechos humanos de los terratenientes propietarios de esclavos o, en el mejor de los casos, señores de siervos de la gleba.

Incluso si las objeciones a esto pudieran ser descartadas, que las hay y han sido severamente estigmatizadas, ¿de qué se trata el trabajo que mágicamente convierte todo lo que toca en propiedad privada? ¿Por qué no establecer su derecho a la riqueza natural simplemente al mearse sobre ella? Los argumentos que defienden la lógica económica vigente son absurdos. La estructura del razonamiento se basa en el llano saqueo: el saqueo de otras personas, el saqueo de otras naciones, el saqueo de otras especies y el saqueo del futuro. No tiene esto que ver con el estigmatizado marxismo decimonónico ni con sus múltiples derivaciones e interpretaciones.

Sin embargo, sobre la base de tales absurdos, las corporaciones modernas se arrogan el derecho a comprar la riqueza natural de la que depende el resto del infelizaje. Locke advirtió que su justificación funcionaba bien sólo si "hay suficiente, y tan bueno, que se deja en común para los demás". Hoy, ya sea que se hable de la tierra, la atmósfera, los sistemas vivos, los minerales o la mayoría de las otras formas de riqueza natural, es más que claro que no hay "suficiente y tan bueno" en común. Todo lo que las corporaciones toman, lo toman de alguien más. Se puede eventualmente ajustar el sistema. Se puede incluso buscar modificarlo como han hecho los países nórdicos, pero no se puede hacerlo solo.

El principio fundamental de cualquier sistema justo es que aquellos que aún no están vivos tendrán, cuando nazcan, los mismos derechos que los que están vivos hoy. A primera vista, esto no parece cambiar nada: el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que "todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos". Pero esta declaración casi carece de sentido, "wishful thinking", porque no hay nada en tal declaración que insista en que una generación no pueda robar a la siguiente. El artículo que falta podría verse así: "Cada generación tendrá el mismo derecho al disfrute de la riqueza natural que la(s) generación(es) que la precede(n)".

Pero ¿qué pasa con la tierra misma? En este mundo brutalmente poblado, la propiedad de la tierra a menos que sea especialmente acotada, necesariamente hace nugatoria la propiedad de otros. El artículo 17 de la Declaración Universal es contradictorio. Dice: "Todos tienen derecho a la propiedad". Pero al no poner límite a la cantidad que una persona puede poseer, asegura de que no todos tengan este mismo derecho. Un pequeño cambio de redacción: "Todas las personas tienen derecho al uso privado de la propiedad mientras no infrinja los mismos derechos de los demás a usarla". La implicación es que todas las personas nacidas hoy adquirirían un derecho igual de uso, o tendrían que ser compensados por su exclusión. Una forma de instrumentar esto es a través de gravar de forma sustantiva la propiedad sobre la tierra de acuerdo a su uso e interés común, pagados en un fondo de riqueza soberana. Esto modificaría y restringiría el concepto de propiedad, y garantizaría que las economías tendieran a la distribución, en lugar de a la concentración. Especialmente en tiempos de neoliberalismo, o liberalismo salvaje y especulación financiera, para evitar eufemismos.

Es claro que esto plantea un enorme espacio de dudas para las que hay que encontrar respuesta. Pero tales temas deberían ser objeto de discusión en la sociedad, en la academia, y en los congresos locales. Evitar la ruptura ambiental y el colapso sistémico significa desafiar nuestro sistema de creencias más profundas y menos examinadas a partir de la derrota del llamado socialismo real.

*Es Cosa Pública

leopoldogavitonanson@gmail.com