Política

(Neo)liberalismo desde Palacio Nacional

marzo 11, 2019

Me irrita que el Presidente utilice la dicotomía decimonónica de liberales contra conservadores para narrar su régimen. Que cuando critica a sus adversarios se refiera a ellos como "conservadores con apariencia de liberales". Entiendo de dónde proviene el afán (la presencia de Juárez en la imagen institucional del gobierno de México lo dice), pero me preocupa la forma en que la utilización de ese discurso nubla, más que esclarece, el entendimiento de los profundos cambios que se están gestando en el país, al tiempo que dificulta el desenvolvimiento de una mejor discusión pública.

A diferencia del liberalismo, que en todas las aristas y especificidades teóricas que ha procreado mantiene un corpus de premisas más o menos identificables y comunes, el conservadurismo es un concepto vacío cuyo significado se construye con el escenario histórico específico en el que se encuentra. Dicho de otro modo, definir a alguien como "liberal" tiene sentido por sí mismo; alguien que se definía liberal hace 50 años pensaría a partir de premisas similares que quien se dice liberal hoy, lo mismo que un liberal en Myanmar encontraría varios puntos en común con un liberal de Guatemala o de Polonia.

En contraste, un conservador sólo es tal en función de una tendencia opuesta. ¿Qué es lo que desea "conservar" el conservador? Depende por completo del momento histórico y del punto geográfico en el que uno se encuentre. El conservador de Myanmar abogará por temas que poco o nada le dirán al conservador guatemalteco o polaco, de la misma manera que ser conservador hace 50 años o en el siglo XIX significa defender cosas distintas a las que defiende quien se diga conservador hoy. Déjese la abstracción para volver al escenario mexicano, donde nos asalta una complicación adicional pero que desnuda por completo cómo la dicotomía "liberal-conservador" oscurece nuestra discusión pública.

¿A quién califica López Obrador como "conservadores"? A aquellos que detentaron el dominio de los discursos e instituciones que gobernaron México durante más de tres décadas, y que hoy critican a su gobierno por descalificar esa ortodoxia. El epíteto de "conservadores" aquí tiene todo el sentido del mundo, pues se trata de grupos e individuos que abogan por mantener las premisas básicas de las últimas décadas para la gobierno del Estado y la sociedad mexicanos. El problema surge cuando estos conservadores se identifican con una visión del mundo (neo)liberal. Coloco el prefijo "neo" entre paréntesis con la deliberada intención de mostrar que, en el México de hoy, ser conservador significa defender un particular tipo de liberalismo –el (neo)liberalismo. Porque más allá de los matices o particularidades que utilicemos para definir lo que se entiende como (neo)liberalismo, es una doctrina que, más allá del nombre, emana de la gran y diversa fronda que es el liberalismo.

Así, un concepto con un contenido más o menos claro –el liberalismo– se ha convertido hoy en la sustancia que llena a un concepto que es un significante vacío –el conservadurismo. ¿Dónde coloca este fenómeno a López Obrador y su gobierno? Se puede llamar al Presidente progresista, si se quiere incluso revolucionario –significantes igualmente vacíos en cuanto a contenido ideológico– pero no liberal. De hecho, el discurso del Presidente asume, las más de las veces, una vocación claramente anti-liberal. Ante la pretensión de autonomía individual como fuerza motriz de la sociedad, López Obrador opone figuras colectivas como la familia, la nación o, claro, el pueblo.

Un episodio particularmente ilustrativo de este punto fue aquella declaración presidencial en la que sugirió una relación causal entre (neo)liberalismo y la creciente tasa de divorcios. Las respuestas de los críticos de López Obrador se quedaron en mayor medida en burlas ante lo que veían como un planteamiento disparatado, mientras que las de sus adictos fueron intentos fallidos de vocería interpretando que el número creciente de divorcios respondía a dificultades económicas. Poniendo atención a la forma en cómo el Presidente construye discursivamente la realidad, la causalidad que ve adquiere sentido: una manera de ver el mundo –el (neo)liberalismo – que privilegia y fomenta el interés individual provoca un mayor número de separaciones familiares. El tema puede ser baladí, pero refleja cómo la narrativa de liberales contra conservadores no es sólo engañosa sino contraproducente para entender y, más importante aún, discutir los procesos políticos y sociales en marcha en el México de hoy.

Twitter: @jesevillam