Política

Seguridad segura y sensata

diciembre 26, 2018

¡Saludos Navideños para todos!

En asuntos de seguridad pública la función de las armas, sean de Ejército o la Marina, es la de actuar como recurso de última instancia cuando los demás instrumentos fallan. En circunstancias normales la policía es a la que corresponde mantener el orden en la comunidad: que se respeten los derechos humanos y, aunque esto no suele marcarse mucho, que también los humanos cumplamos con los deberes y obligaciones correspondientes a los derechos que gozamos.

Lo que se presenta en sociedades menos desarrolladas como la mexicana es la notoria insuficiencia, o ausencia, de una organización policial. La incultura cívica prevaleciente en mucho contribuye al desorden, pero más importante es la impunidad que extiende la criminalidad por todo México. Una lectura somera de los diarios o atención a los medios de comunicación confirma a nuestra comunidad como una de las más criminalizadas del mundo.

La insuficiencia de respuesta policial, aunada a la endeble investigación y procuración de justicia y la incesante repetición de asesinatos, generan un clima de alarma. Hay que determinar la clase de organismo que se encargará de ofrecer la contundente protección al ciudadano en el diario transcurrir de su vida.

Las procuradurías están anegadas por las mafias que las invaden. Insistir en excluir a los militares del trabajo de seguridad interna que es necesaria para limpiar la suciedad acumulada a lo largo de muchos años, sería la vía que lleva a empeorar las cosas.

Al lado del despliegue de fuerzas armadas, una respuesta ciudadana que cobrará más importancia es seguir la táctica de ponerse de acuerdo para crear cadenas de intercomunicación y aviso instantáneo que difunden noticias o alarmas sobre toda alteración peligrosa de la vida normal en el momento en que sucede.

Además de recursos cívicos, hay que decidir, a falta de policías, si queremos tener soldados y marinos en nuestras comunidades para cuidar la paz, o si rechazamos su presencia por miedo a caer en una especie de estado policíaco. Un instinto cívico nos señala que otorgar cualquier facultad militar extraordinaria al gobierno, aunque sólo sea para atender emergencias transitorias, es asunto de cuidado. Dado el asedio criminal que vivimos no cabe duda que hay que valernos de la máxima capacidad de respuesta a nuestra disposición. Por eso hay que insistir en la obviedad de que las fuerzas armadas continúen en la función de seguridad interna que los dos últimos gobiernos les han ordenado realizar.

Ello no significa que, al actuar contra el crimen organizado en las zonas afectadas, los militares controlen el país. Estaríamos alertas a cualquier eventualidad que urda la imaginación como la de descubrir una siniestra confabulación en que altos grados militares estuvieran usando los recursos de que disponen para hacerse repentinamente del poder. Los que no calman su visceral inquietud al ver a un militar uniformado en una calle, deben tomar en cuenta que todos los expertos y políticos que conocen el medio en que se revuelca la macabra confusión de mafias, fuerzas, intereses, presiones e interferencias nacionales y extranjeras que confluyen en el México actual, coinciden en la negligencia que nuestras policías jamás fueron preparadas para llenar sus más elementales tareas municipales.

Capacitar a las policías de todo el país, tomará mucho tiempo. La perspectiva de una Guardia Nacional, semejante a la de varios países democráticos, es la solución que ya manejaron algunos partidos políticos como el PAN. El que López Obrador lo propusiera demostró sentido común. El presidente declaró que de no aprobarse las reformas constitucionales que se requieren, las fuerzas armadas tendrían que regresar a sus cuarteles por ser insostenible que continuaran su actividad de seguridad interna sin el mandato formal de un estatuto que las legalice.

El dilema quedó resuelto con la aprobación de la Guardia Nacional por el Congreso. Surtirá efectos cuando se aprueben las reformas constitucionales y las leyes reglamentarias. Otra muestra de sensatez. Es ésta la norma que siempre debe imperar. ■

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