Política

Hay lógicas… y lógicas

diciembre 08, 2018

El desastre neoliberal mexicano llegó al término del último gobierno del régimen político resultante de la Revolución Mexicana. Entre la frivolidad y los malos cálculos, el gobierno de José López Portillo tomó decisiones que abrieron la puerta en condiciones de indefensión al embate neoliberal de los años 80, la nacionalización bancaria específicamente. FMI y Banco Mundial, dominados por Estados Unidos e Inglaterra, aislaron al gobierno y al país ante el temor infundado de una declaración de moratoria, la caída de los precios del petróleo agravó seriamente la precariedad del país frente a tales instituciones multilaterales, gobernadas entonces por una nueva camada de economistas que abandonaron los principios que dieron sustento al desempeño de esas instituciones en la reconstrucción económica después de la segunda guerra mundial.

Presionaron para que el sucesor de López Portillo fuera un tecnócrata formado en sus escuelas. Miguel de la Madrid empezó con los cambios de fondo que permitirían las reformas del salinismo.

De entonces para acá, el país ha tenido gobiernos que terminaron por completo todo principio de Estado de bienestar. Entre la simulación y la crisis, el endeble sistema político se fue transformando en un sistema de complicidades consolidado durante el salinato con base en pactos y reformas constitucionales sustantivas. Los pilares del equilibrio de intereses, el pacto corporativo entre gobierno y organizaciones sindicales, campesinas y empresariales, se desmanteló y las organizaciones, excepto las empresariales, se desdibujaron casi por completo, lo que quedó fue apenas la formalidad de la nomenclatura.

De manera paralela a la tragedia económica y social de poco más de tres décadas, el sistema político se plagó de una clase gobernante incómodamente cercana a la estulticia, dúctil a los intereses privados en exclusión de los públicos.

Al gobierno federal y a los de los estados, llegó fauna altamente nociva compuesta por estultos, sociópatas y corruptos in extremis. Basta una ojeada a la naturaleza de los gobernantes de los últimos tiempos.

Dominado el sistema de reproducción política por sus distorsiones, a los procesos de toma de decisiones y a los gobiernos de los estados llegaron personajes de significativa fragilidad psicológica y corrupción. Los Duarte, Borge, Velasco, entre otros muchos.

M. A. Yunes Linares, cuyo perfil autoritario voluntarista suele obnubilar sus decisiones. Su breve gobierno de transición debía servir para entronar como sucesor a su hijo y eventualmente fundar una dinastía aborigen. Los electores decidieron abrumadoramente que no fuera así.

Es pública la poca tolerancia del ex gobernador y su voluntarismo autoritario. Manipula ahora para ensuciar y estorbar al nuevo gobierno. Su alfil, con efectividad de peón, recibe la instrucción de resistir y aferrarse al puesto de fiscal general y lo hace. Entre patético y bufo, se ampara ante la justicia federal contra las resoluciones del nuevo Congreso para removerlo. Un día después, ayer, la justicia federal le niega rotunda el amparo.

¿Cuál es la lógica del ex gobernador? ¿Dónde está el beneficio para su futuro como actor político?

Parece improbable que el abogado tenga personales ganas de permanecer en el puesto. Winckler es un hombre relativamente joven que de abogado familiar fue nombrado fiscal para después sembrarlo como fiscal general. No por sus atributos profesionales, sino porque le pertenece al gobernador.

Es improbable que sirviera para "negociar" un rábano con el nuevo gobierno. Pero podría estorbar por el tiempo que durara, el que fuera. En el mejor de los casos serviría para que el ex gobernador autoerigiera, como lo hizo, en "ciudadano vigilante".

La puesta en escena no habla tanto de cálculos políticos, como de perfiles psicológicos.

Penosa pastorela de la inquietante irritación que padece el ex gobernador y de su incapacidad para procesar la realidad y las diferencias.

En el proceso, no considera mucho el impacto que hace en el futuro de su relativamente joven colaborador. Manipulador, lo induce a permanecer y a exhibirse en algo bastante cercano al ridículo; cosa que el otro parece aceptar sin mayor consideración.

Es un empeño absurdo del que obtendrá nada, excepto, tal vez, la enfermiza satisfacción egotista.