Política

Camorra veracruzana (9)

noviembre 15, 2018

PARTE 9

Mientras esperábamos las instrucciones para abordar el ferrocarril rumbo a nuestro destino final, observamos cómo cientos de sombreros de picos se movían en todas direcciones, acarreando costales, barriles, cajas, manejando carretillas y carretas. Cientos de torsos desnudos color de barro, bañados en sudor.

A las doce del día volvió a sonar la sirena de la prisión de San Juan de Ulúa para hacer una pausa y los trabajadores del muelle comieran.

Algunos de ellos, y uno que otro curioso, como un reportero local apodado Perico Castañuelas, se acercaron a nosotros; yo creo que para darse una idea más clara de quiénes éramos los recién llegados.

También recuerdo a tres niños voceadores de periódicos que se inmiscuyeron entre los curiosos para llegar a Doménica.

Aquellos chiquillos eran apodados los Frijoles porque eran muy morenos y todos parecían de la misma edad, por lo desnutrición, aunque se llevaban un año de diferencia. Chino de siete años, Chucho de seis y Pirulo, el más pequeño, de cuatro.

Nuevamente, aquella concurrencia asemejaba a una Torre de Babel, en la que idiomas, dialectos y acentos se confundían.

Alberto Migotti y Paolo Schettino, los inseparables, comentaron durante el viaje que fueron asistentes de Verdi y que procedían de Roma.

Migotti era alto y delgado, muy pálido y de un sonrisa contagiosa, a diferencia de Schettino, regordete y sonrojado, como el personaje Falstaff, a lo que recurrentemente se refería Migotti y agregaba que ellos habían asistido al maestro Verdi en la Scala de Milán, durante el estreno de la ópera en 1893.

Schettino era el encargado de tocar la mandolina y animar a las multitudes que se arrimaban para escuchar cantar a Migotti, mientras Doménica sorprendía a propios y extraños con una deliciosa danza, que reconocí como propia del pueblo romaní.

Migotti aprovechó la ocasión que representaba la cercanía de tanto curioso en la plaza del muelle y, apoyándose en su fiel Schettino, entonó una canción.

—¡Tarantela! —gritó uno de los sureños.

En pocos minutos, el grupo cantaba y bailaba la tarantela como si estuvieran en algún pueblo de Nápoles.

Los curiosos, y algunos extranjeros, se acercaron ante aquel singular espectáculo que ofrecían mis paisanos y por la unión que provoca ese idioma universal que es la música.

Entre aquellos curiosos noté la llegada de un hombre de edad, vestido con mucha pulcritud, que hablaba con Beppe como si fueran grandes amigos.

Doménica, cansada de bailar, después de recoger algunas monedas, se sentó sobre una caja de mercancía del muelle. Mientras se abanicaba con las manos, se percató de la cercanía de los Frijoles, quienes miraban con asombro su cabellera rubia. Chucho se acercó para ofrecerle un periódico, ella lo rechazó, dándole a entender que no tenía dinero, por lo que el chico, con señas, le hizo saber que era para que se abanicara. En pocos minutos, Chino le entregó un vaso con agua fría que se había robado del hotel Oriente.

—Gracias, gracias, ¿y su mamá? —preguntó Doménica.

—¡No tenemos! Se murió hace mucho —contestó Chino.

La tierna mirada de Chino emocionó tanto a Doménica que lo abrazó.

—¿Me dejas tocar tu pelo? —preguntó Chucho.

—¡Claro que no! —contestó la pícara gitanilla.

Luego de un par de horas de alegre júbilo, en las que Migotti, Schettino y Doménica se hicieron de unas buenas monedas, los empleados de la línea del ferrocarril, unos yanquis mal encarados, nos indicaron que subiéramos a los vagones que nos trasladarían a nuestro destino: la hacienda de Motzorongo, propiedad del general Carlos Pacheco, ministro de fomento del anciano dictador de México, don Porfirio Díaz.

Hacinados como ganado en vagones para carga, nos despedimos de la ciudad de Veracruz.

Empecé a sospechar que algo andaba mal cuando perdimos de vista los médanos y apareció una densa vegetación, rodeados de montes y montañas, eso era Motzorongo.

—¡Esto es el infierno, professore! —fue la primera vez que Valentino se expreso así del lugar.

Aquella noche del sábado 28 de abril de 1900, mujeres y hombres no dábamos crédito a la continuación, ya no de un mal sueño, sino de una pesadilla. Las famosas barracas cómodas e higiénicas no eran otra cosa que miserables chozas de palma, sin más protección que el amparo de la Madonna de todos nosotros.