Política

PENSAR DESDE. HOY NOSTALGIA DE SABIDURÍA

noviembre 08, 2018

Platón, que escribió acerca de todo o casi todo, tuvo la extravagante precaución de no escribir nunca, o no directamente, acerca del significado del quehacer filosófico. Por supuesto, la pregunta y la reflexión en torno a la filosofía se encuentran aquí y allá en sus escritos, de pronto en boca del propio Sócrates o como un juego de máscaras alrededor de otras preguntas y otros pensamientos. Habla de la filosofía al hablar de la amistad y la locura, de la piedad y de las leyes. Habla del filósofo haciendo hablar a Sócrates o desde la boca ingenua a veces, a veces tramposa o arrogante de los interlocutores, de los amigos. Y aunque sea verdad que la tarea de entender aquello que Platón pensaba acerca del asunto -y con Platón gran parte de la Antigüedad griega y nuestro tiempo- sólo puede realizarse plenamente a la luz del conjunto de sus trabajos, parece posible encontrar en el Banquete la partida de nacimiento si no de la filosofía en cuanto tal, sí de la figura del filósofo entendido como aquel que hace de la sabiduría su objeto de deseo.

La figura de Eros, tal y como es presentada por Sócrates, está marcada desde el inicio por el emblema de lo extraño: su historia llega hasta el simposio como un recuerdo de las palabras de Diotima, sacerdotisa extranjera a quien Sócrates dice deber todo cuanto conoce acerca del amor. Esto es curioso y significativo no sólo por la obvia irrupción de lo femenino y foráneo en el seno de una celebración primariamente local y masculina, sino, además, porque Sócrates, cuya sabiduría descansa en el reconocimiento del no-saber, se congratula entonces con la posesión de una verdad. Se convierte en portador de palabras iniciáticas, venidas de un tiempo que sólo con dificultad puede trasladarse hacia el lenguaje de la filosofía. Un tiempo por el que el filósofo se encuentra a la vez atravesado y expectante; tiempo que lo precede y condiciona y, sin embargo, tiempo que inevitablemente se le escapa. Este dato mínimo nos permite interpretar la participación de Sócrates en consonancia con la naturaleza mediadora que adquiere Eros durante el relato de Diotima y, al unísono, en cuanto la narración se estructura desde las voces de un pasado inmemorial, nos permite suponer que la relación que se gesta entre el deseo y el objeto que persigue, en el caso específico de la filosofía, está determinada por un sentimiento muy particular: la nostalgia. El añoro de la patria, del hogar, de la casa perdida, quizá inexistente, pero, sobre todo, de la casa a la que nunca se retorna.

Así es el propio Eros en el imaginario de Diotima: hijo de Poros, figura del artilugio, la magia, el ímpetu de la cacería, se siente constantemente arrebatado de deseo. Hijo de Penia, daimon de la soledad, del vagabundeo, de lo que nunca llega a consagrarse, se encuentra condenado a fracasar. Su sello es el de la ambigüedad de la potencia, como si se tratara de un Ulises al que Ítaca le hubiera sido para siempre arrebata sin que, en ningún momento, ese arrebato pudiera hermanarse con la decepción. Porque Eros, carente de todo, establece un pacto con el deseo de la misma forma en que Platón, desde el acto de la escritura, logra establecer un hilo conductor con la sabiduría de la Grecia arcaica que, aún sin conocer, reconoce como su patrimonio.

Esta palabra (patrimonio) que no está en Platón y que utilizo con cierta alevosía, nos lleva hacia uno de los primeros nombres clínicos de la nostalgia, desiderum patriae, que acaso pueda definirse como una cierta incapacidad del alma para escapar a su deseo de retorno. El nostálgico, enfermo de imaginación, no puede atender a nada más que al impulso del nostos, palabra homérica que podemos entender aquí como una especie inclinación hacia la casa, el impulso de retorno de uno mismo hacia esa tierra que, bajo la insignia del deseo, se convierte de pronto en una tierra prometida.

La pregunta sería entonces ¿cuál ese hogar, esa casa que el filósofo persigue guiado por el eros? En el caso de Platón, y quizá intempestivamente también en nuestro caso, ese hogar es la memoria de un tiempo destinado a no volver, el tiempo proverbial de la sabiduría que el filósofo mira a la distancia. Pero la sabiduría, como el pasado, es una tierra de nadie: no permite el arraigo ni se deja nunca convertir en patria de unos pocos. Por eso Eros no sólo es hijo de la plenitud, sino también de la mendicidad y la derrota; por eso el filósofo es siempre un personaje de la errancia, cuya única virtud parece consistir en asumirse como un aspirante siempre, siempre como un simulacro. En la asimilación del doble juego entre impulso y carencia es que, entonces, parece descansar el misterio de esa nostalgia que lo orienta.

El filósofo sabe que frente a la sabiduría es un mendigo, pero sabe también que es justamente en el carencia filósofica, en la inexistencia de la casa, en el imaginario de un patrimonio sin arraigo y sin suelo, que le es posible acceder a la plenitud de su tarea. Quizá un poco es esto lo que Zenón tenía en mente cuando dijo que, para el filósofo-navegante, el mejor camino era el naufragio.

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