Política

La carrera contra el tiempo y las prisas traicioneras

agosto 07, 2018

Los próximos años encierran para México un reto que, de no atajarse, amenaza la posibilidad de simplemente mantener el modesto ritmo de crecimiento de 2% del PIB que hemos alcanzado en los últimos años.

El aumento de la población en 2015 fue de 1.4% anual según el Inegi. Para el año de 2024 México habrá crecido de 124.7 millones de habitantes a 131.5 millones de habitantes, es decir 6.8 millones más. Es obvia la necesidad de dar empleo a una población económicamente activa de más de 60 millones, lo que significa al menos 8 millones más que hoy. El ritmo de crecimiento de empleos formales efectivos que se registran es menos de un millón al año.

La creación de empleos depende fuertemente del ritmo de inversiones públicas y privadas. Las primeras deben dirigirse principalmente a la expansión de estructuras e infraestructuras que son plataformas para el crecimiento mientras que las segundas, a cargo del empresariado, deben centrarse en generar empleo ampliando la producción agropecuaria, industrial o de servicios.

Las nuevas plazas de trabajo que el gobierno entrante deberá promover tendrán que cubrir el rezago que deja la administración de Peña Nieto. El número de empleos que ha de motivar en los inversionistas nacionales y extranjeros será superior a la generación actual.

Las condiciones económicas internacionales previsibles no son demasiado halagüeñas. Nuestros países clientes sufren turbulencias sociopolíticas que distorsionan los escenarios económicos. Los del vecino al norte están repletos de interrogantes. La consecuencia neta es que nuestro nivel de vida dependerá cada vez más de nosotros mismos y del fortalecimiento de nuestro propio poder de compra interno, lo que quiere decir empleos. Las exportaciones, por vigorosas que puedan ser, no bastarán.

Las exigencias a los futuros funcionarios serán inusitadas. Se requerirán políticas de desarrollo cuidadosamente apuntadas a áreas altamente productivas en términos de creación de empleo. La inversión en infra-estructuras ha de aplicarse con una disciplina presupuestal que jamás hemos conocido. No podrá tolerarse la corrupción que por décadas se enquistó en el aparato oficial, especialmente en sus niveles superiores, que drenó la eficacia de todos los programas.

Manejar el desarrollo económico del país requerirá un estricto control por parte del Presidente de la República sobre la actuación de cada una de los encargados de entidades del gobierno, empezando por su gabinete. Lograr afinar el complicado y sensitivo instrumento de la administración pública, que abarque a los gobernadores estatales, supone un liderazgo presidencial expresado en una vigilancia personal sin descanso. La impunidad que prevalece en todo el país no puede continuar. La fuerza de la indignación que provoca se traduce en las violentas reacciones populares que se repiten en algunas localidades.

La calidad profesional y moral de los colaboradores más inmediatos del Presidente de la República son ingredientes absolutamente indispensables. El estar anticipando vísperas ya está propiciando errores. La designación anunciada, inexplicable, de Manuel Bartlett, que no llena las condiciones mencionadas, es un ejemplo deplorable de una grave falta de respeto a la Nación y a la sensibilidad de un pueblo que mucho espera de un López Obrador, cuyo gobierno que está obligado a alzarse limpio de torvos antecedentes. Mucho sorprende esta lamentable falla que pone en entredicho el augurio de renovaciones o revoluciones.

López Obrador debe darse tiempo para ensayar la reacción del electorado general, no sólo el comprometido con el Movimiento, respecto a un buen número de propuestas que el futuro Presidente sienta compromiso de cumplir. Algunas de ellas podrían ceder su lugar a las que son absolutamente inaplazables.

Este artículo comenzó señalando la carrera del irrefrenable aumento demográfico contra el próximo sexenio. La astucia, el instinto y el madurado juicio de licenciado López Obrador, que lleva casi dos décadas preparándose para el momento de, por fin, tomar las riendas del país, deben prevalecer. La madurez, seriedad y sensatez del jefe del Estado mexicano marcarán el tenor con que el país seguirá su diaria actividad. Es el momento de hacer gala de esa preparación y no echarla a perder con precipitaciones innecesarias.

La historia deja sus lecciones. Nuevamente se oye un grito desesperado: "¡No nos falles!".

juliofelipefaesler@yahoo.com