Política

El TLCAN suspenso y catatónico

junio 05, 2018

Esta semana el proceso de renegociación del TLCAN entró a una fase catatónica. Indefinido su presente y aún más su futuro, hay varios escenarios para el intermitente proceso modificación del gran Acuerdo, que el observador interesado puede imaginar.

Es remota la posibilidad de que los norteamericanos rompan la suspensión de trabajos en las mesas y citen a una próxima sesión de trabajo con el propósito de retomar el ritmo de la negociación. 14 mesas de negociación han terminado sus tareas pero las faltantes encierran los asuntos más difíciles, como la insistencia del presidente Trump en terminar con el acuerdo cada cinco años, o bien la de suprimir el capítulo 19 que versa sobre la solución de.

Es también posible que Trump decida dar por terminado el TLCAN suplantándolo por completo con acuerdos bilaterales con naciones amigas. Esta fórmula recuerda a la ALADI que sustituyó a la extinta Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) con acuerdos de complementación bilaterales. México, que por experiencia propia, prefiere los arreglos multilaterales a los individuales, ve con poco entusiasmo tal propuesta.

Con cualquiera de las perspectivas mencionadas, el hecho es que el TLCAN sigue vigente en todas sus partes. La suerte de algunos de sus artículos depende de la personalísima voluntad del presidente norteamericano, lo que explica cómo se ha llegado al punto en el que se encuentra la quebradiza relación continental. El personaje en cuestión está acostumbrado a obtener todo lo que se propone a cualquier precio. Sus decisiones responden a un esquema psicológico que lo lleva a ejercer al máximo la autoridad de que está revestido.

Con decisiones imprevisibles en política y comercio internacional el señor Trump se propone a dar un nuevo sentido a las relaciones entre los pueblos. Las consecuencias de lo anterior son claras para nuestro país que, por geografía, se ha sentido siempre uncido a la marcha de los Estados Unidos, predeterminado y sin salidas. Ningún mexicano ignora que mucha de nuestra historia se explica en función de la acción directa e incluso armada del gobierno norteamericano.

La presencia de Estados Unidos ha llegado, en coyunturas importantes, hasta determinar las decisiones y acciones de los presidentes y altos funcionarios de nuestro país. Esas realidades han generado a lo largo de los años una convicción general de que nuestro destino nacional está entrañablemente fusionado a los intereses de los Estados Unidos que justifican sus decisiones, en su particular visión de su propio destino también nacional.

Los caprichos del presidente actual deben servir para reflexionar sobre lo que le espera a México si persiste en aceptar sin critica los lineamientos que le vendrán del hermoso Rio Potomac. Pese a que ciertos altos funcionarios actuales confían cerradamente en la bonhomía norteamericana, las últimas jugadas de Trump en cuanto al TLCAN o las arbitrarias tarifas que impone al acero y aluminio, sobran para reconfirmar que, si desde siempre, la vinculación con el país vecino era de inevitable desconfianza, hoy el diagnóstico obliga a considerar otras opciones.

No es cuestión de resucitar viejas cuentas ni renovar agravios. Los Estados Unidos han sido factor invaluable en muchas emergencias nacionales particularmente financieras. La transformación, sin embargo, de muchos paradigmas que han regido las políticas de estado de muchos países está emitiendo señales de que debemos ajustar nuestras miras y prepararnos a actuar en escenarios donde se desplegarán nuevos conceptos de relaciones e interdependencias regionales e intercontinentales. Esas nuevas fisonomías políticas, económicas y sociales se están promoviendo activamente desde muchos poderosos intereses en numerosas reuniones de alto nivel.

En esta reconformación de las relaciones, México debe identificar las que más contribuyan al desarrollo integral del pueblo y su potencial. Nuestro destino no se limita al tradicional vecino geográfico si no está en cultivar con vecinos causas y aspiraciones comunes.

Nuestra relación con Estados Unidos ha de madurar, saltando sobre experiencias como las actuales del TLCAN, dejando atrás concepciones arcaicas pobladas de los fantasmas de arbitrariedades y de sumisiones, para vislumbrar nuevos horizontes de superación nacional. Surgir de la catatonía al éxito.

juliofelipefaesler@yahoo.com