Política

Abrazos, no balazos

mayo 28, 2018

Existe en las democracias contemporáneas un manifiesto fetichismo por los debates presidenciales. Entendidos como ese aparador donde los argumentos, los programas y las tan exigidas propuestas brillarán con luz propia por sobre de todo lo demás, esperamos su realización con la confianza de que son el momento estelar de toda competencia electoral. En el fondo esta obsesión no deja de ser un anhelo: reafirmarnos como seres racionales, ajenos a la emoción, a la experiencia de vida y a nuestros propios prejuicios. Nos queremos creer capaces de analizar, fría y objetivamente, datos duros y propuestas viables; al margen de filias y fobias, eludiendo el mandato de nuestro estómago.

En realidad, electoralmente hablando, los debates importan poco. Aunque tradicionalmente exagerada, su incidencia en la definición de la intención del voto es muy reducida. Los coordinadores de estrategia y comunicación política, más allá de que públicamente encomien su valía en un contexto de competencia electoral, a puerta cerrada siempre reconocerán que los debates no ganan elecciones.

No son definitorios los debates porque en buena medida se asemejan a un partido de fútbol: se prende la televisión para echarle porras a tu equipo, para celebrar sus goles, para abuchear al adversario. Quien ve un debate, en su gran mayoría, no lo hace para ser convencido; busca más bien fortalecer su postura original, ratificar su decisión de porqué es que apoya a uno y no a los otros. Son además, quienes ven el debate, los ciudadanos más inmersos en el proceso electoral, siendo por ende los más politizados.

Más aún, asumiendo que algún espectador se acerque al debate sin haber formado ya un criterio propio sobre los candidatos, desconociendo sus trayectorias y posturas, lo más probable es que su intención de voto no sea definida en última instancia por las propuestas programáticas de los aspirantes, sino por el lenguaje corporal de quienes debaten; por su naturalidad, espontaneidad y capacidad para transmitir confianza o despertar empatía.

Es en mérito de todos estos elementos que, buscando emitir un juicio objetivo, considero que Andrés Manuel López Obrador ganó el último debate presidencial. El primero que gana, en mi opinión, desde que acude a ellos.

El formato del último debate favoreció enormemente a AMLO, a diferencia del esquema tradicional anterior, que por su ortodoxia lo limitaba enormemente, evidenciando su dificultad para ceñirse a los tiempos establecidos. Ahora, con preguntas del auditorio, mayor participación de los moderadores y, sobre todo, la posibilidad de que los candidatos interactuaran con más libertad entre ellos, quedó de manifiesto que la metódica preparación de Anaya y Meade palidece ante los reflejos políticos del único candidato presidencial que realmente puede presumir de roce y contacto con la ciudadanía.

Anaya y Meade son buenos argumentadores, sin duda. Sabiendo los temas a tratar en un debate practicarán por horas, frente al espejo y con el auxilio de numerosos asesores. Memorizarán cifras, ensayarán gestos y movimientos corporales –caminar por el escenario, por ejemplo, acercándose a las cámaras y a los ciudadanos que hacían las preguntas–, en qué momento cambiar de mano el micrófono, cuándo girar e increpar a un adversario.

Esta actuación no deja de ser una impostura. Su rigidez es evidente, su falsedad notoria. No pueden renunciar por más que ensayen a su condición de productos; sin contenido, sin sustancia. Entre la frase prefabricada y el vituperio calculado pierden algo esencial: sinceridad y espontaneidad. Anaya, cuya estrategia era hostigar y confrontar constantemente a López Obrador, invadiendo su espacio y encarándolo, se quedó frío cuando este último lo desactivó con la puntada de la cartera. Descolocado, no supo ya como atacar al puntero en las encuestas.

El momento cúspide del debate fue, sin lugar a dudas, cuando El Bronco, intentando incomodar y exhibir a AMLO, lo conmina a que este abrace a sus adversarios. López Obrador no perdió un segundo: abrazos, no balazos. Incluso el público presente, advertido sobre la importancia de mantener objetividad frente a las acciones de los candidatos, no pudo evitar soltar la carcajada cuando AMLO se le acerca a Anaya, escondiendo nuevamente la cartera.

Los debates no dejan de ser un espectáculo, donde gana quien demuestra, más allá de las propuestas, mejor control de la situación. La naturalidad siempre despertará empatía, la sinceridad moverá emociones. Ante esto, candidatos producto como Anaya y Meade, disciplinados estudiantes de la forma, poco pudieron hacer. Su derrota es doble, pues más allá de dar un knock out, como era su desesperada intención, quedaron exhibidos como políticos de despacho, sin reflejos ni capacidad alguna para conectar con el electorado.