Política

Expediente 2018

mayo 17, 2018

*Estado Delincuencial

El jueves 10 de mayo, en Córdoba, los comensales y empleados del Asadero Bar fueron asaltados.

De pronto, un par de sujetos armados, con tenis de color blanco, gorras y chamarras oscuras, interrumpieron en el local y se adueñaron de la paz y la tranquilidad de todos.

Fue en la noche en la avenida 23, entre las calles 18 y 20 del fraccionamiento San Dimas.

Por fortuna, ningún herido, ningún muerto.

Pero más allá de la leyenda azul de que la población civil es intocada e intocable, el asalto a los clientes del asadero, y también a los empleados, manifiesta el Estado Delincuencial que todos estamos padeciendo.

Y más, en Córdoba y/o en la región de Córdoba.

Por ejemplo: días anteriores, en el mismo tenor fueron asaltados los comensales de una taquería.

Y también, los feligreses de una parroquia.

Y de igual manera, en un balneario, delante de todos, unos sicarios llegaron y asesinaron a una persona.

Simple y llanamente, los carteles y cartelitos, quizá la delincuencia común, ha recrudecido su estrategia.

Sembrar el horror. El miedo. El pánico. La incertidumbre. La zozobra… en la población.

Estrategia del terror

Los malandros están recurriendo a la misma estrategia de la guerra de Estados Unidos contra Vietnam, cuando colgaban de los árboles a la orilla del camino a los adversarios, todos civiles, para intimidar y aterrorizar a la población.

Fue la misma estrategia que antes, en 1800, los realistas aplicaban cuando colgaban de los árboles a los campesinos que estaban con Miguel Hidalgo para desistirlos de unirse a su tropa independiente.

Fue la misma estrategia cuando luego de que lo fusilaran, decapitaran a Miguel Hidalgo y su cabeza fuera exhibida durante mucho tiempo en la Alhóndiga de Granaditas.

Es la misma estrategia que en el sexenio de Felipe Calderón empezaron a utilizar los malandros de colgar cadáveres de los puentes en las ciudades y en las carreteras para intimidar a la población.

Y la misma de cuando los malandros comenzaron a tirar cadáveres, incluso, decapitados, en la vía pública.

Y/o como aquellos 10 cadáveres tendidos como ropa recién lavada en el techo de una casa en Boca del Río en el duartazgo.

Y/o los 43 cadáveres arrojados en el paso a desnivel de Boca del Río sobre la avenida Ruiz Cortines en el sexenio anterior.

Y es que por todos lados donde se vea, se padece el peor infierno del mundo cuando los malosos asaltan a los comensales en un asadero o en una taquería.

Si se recuerda bien, nunca en el duartazgo los comensales fueron asaltados.

Significa, entonces, que ahora en la yunicidad, los barones de la droga se han recrudecido.

El centro del infierno

El mismo día del asalto a los clientes del asadero en Córdoba, tres taxistas más fueron asesinados.

Dos, en Tecolutla, y uno, en Coatzacoalcos.

Ese mismo día una señora fue detenida en Coatzacoalcos porque vendía a su hija de 12 años de edad para seguir sus parrandas, de igual modo como "La triste y cándida historia de Eréndira y su abuela desalmada", de Gabriel García Márquez.

Fue el mismo día cuando en Tihuatlán, otro taxista, José Luis Manzo, secuestró a su hija de 6 años debido a los problemas maritales, la mató, la colgó de un árbol y luego se suicidó.

Pero de las tragedias anteriores que expresan la desintegración social y familiar, la más grave fue el asalto a los comensales en el asadero cordobés.

Se afirmaba que Coatzacoalcos era el centro del infierno, el peor lugar de Veracruz para vivir dado el alto volumen de incertidumbre, zozobra e inseguridad.

Y luego le seguía Córdoba.

Ahora, todo indica, es al revés.

Mínimo, un empate.

Y es que cuando asaltan un asadero, una taquería, un balneario y a los feligreses de una iglesia, son palabras mayores de la delincuencia desafiando con todo a la yunicidad.

Nadie está a salvo

Los carteles desafían a la yunicidad porque en el duartazgo eran cuatro los barones de la droga disputando la jugosa plaza Veracruz y ahora son 7.

Y en la rebatinga van por la población civil.

En el tiempo de George W. Bush como presidente de Estados Unidos llamaba "daños colaterales" a los civiles asesinados en la guerra en el Medio Oriente.

El panista Felipe Calderón Hinojosa adoptó el término y denominaba "daños colaterales" a la población asesinada en el tiempo cuando lanzó a los soldados y marinos a pelear contra los malandros.

Ahora sólo falta que en Veracruz se reproduzca la terminología criminalística de "daños colaterales" a los asaltos a los feligreses en las iglesias y a los comensales en los restaurantes.

Los malandros siguen mostrando el puño y el músculo al gobernador Yunes.

Y cuando estamos a seis meses y medio del fin de su bienio, está claro que su política de seguridad ha sido insuficiente y rebasada.

Los malos han sido, o parece que han sido, más poderosos.

Si creemos en el reporte oficial de que el índice delincuencial va a la baja, significaría, entonces, que los malandros se están multiplicando como la humedad, los ácaros y los conejos.

Vivir en Veracruz está costando demasiado. De hecho y derecho, se vive en el infierno. Nadie está seguro. Nadie puede cantar victoria. Nadie puede alardear que ya la libró. Todos estamos expuestos a que un día la familia esté comiendo tacos o carnes en un asadero y los malandros lleguen y asalten a todos.

Y como siempre, la policía llega cuando le avisan y llega demasiado tarde, cuando los malosos ya cometieron la fechoría y huyeron tan campantes.

Y lo peor, nunca, jamás, se sabe de ellos.