Política

Fantoches

abril 06, 2018

Tres días después de que el presidente norteamericano anunciara el despliegue de la Guardia Nacional en la frontera con México, reacciona el presidente Peña Nieto con un discurso de apariencias en el que asegura que no se permitirá que la retórica defina las relaciones entre los dos países. Al gobierno norteamericano no le hace falta apelar a ningún tipo de retórica para determinar el tono de la relación con México. Éste, junto con los dos gobiernos federales anteriores, ha aceptado un tono servicial y sumiso frente a las agendas norteamericanas, tanto la gubernamental como la de las corporaciones. Esas han sido las reformas llamadas estructurales votadas por los partidos polacos.

La ralentizada respuesta a la decisión de despegar la Guardia Nacional en la frontera sur de los Estados Unidos es precisamente lo que el presidente Peña Nieto dice que no permitirá, y que ha permitido a lo largo de toda su administración.

La administración norteamericana ha usado a México y a los migrantes como catarsis, el gobierno federal lo ha permitido sin reaccionar. Por el contrario, ha tratado de acordar en privado por la vía del secretario Videgaray y el yerno del presidente estadounidense.

Dice el retórico presidente que "nada ni nadie está por encima de la dignidad de México". Es discutible. Basta recordar la ridícula, por penosa, invitación al entonces candidato republicano Trump a visitar el país mientras se encontraba en campaña. Visita en la que el único beneficiario fue Trump con el electorado mexicano-norteamericano en Estados Unidos.

El gobierno mexicano hace un intento por salvar cara frente a los discursos y acciones hostiles estadunidenses, pero evita mencionar siempre el motivo esencial de la provocación: el despliegue de la Guardia Nacional en la frontera. Lo que, por lo demás, es un auténtico acto de hostilidad.

Dice el Presidente coincidir con el Senado en su condena. Muy bien, que diga por qué razón específica. Que cite las ofensas en lugar de mencionarlas en abstracto.

Coincide con Anaya, el candidato del PAN a la presidencia, en una indefinida unidad nacional pero no menciona ni una sola acción de respuesta. Llamar al embajador mexicano para consultas, por ejemplo. Luego, una larga retahíla de lugares comunes repetidos ad náuseas desde la escuela primaria. Si nada ni nadie está por encima de la dignidad de México, ¿por qué el gobierno aceptó invitar a un candidato en la cresta de sus críticas contra México en plena campaña electoral? ¿Por qué sigue insistiendo en tratar de hacer acuerdos informales con el gobierno estadounidense, basado en la relación personal de un funcionario improvisado en el puesto con el yerno del presidente de aquel país? ¿Por qué apenas unas horas después de que Estados Unidos pidiera parar la caravana de centroamericanos, un grupo aislado de éstos fueron detenidos en Veracruz con fines de extradición?

Al gobierno norteamericano le tiene sin cuidado la reacción tardía del gobierno mexicano, el discurso del presidente mexicano está dirigido más a un auditorio mexicano en tiempos electorales que a al gobierno Estados Unidos.