Errar es de humanos
abril 05, 2018 | Andros Ulises Saldaña Rodríguez

Como seres humanos, somos capaces de calcular las consecuencias de nuestros actos, de pensar nuestro futuro, de pensar cómo mantener las comodidades con las que ya contamos e incluso obtener nuevas. A partir de las nociones de tiempo y finitud, ya sea consciente o inconscientemente, elaboramos proyectos cuyo objeto es alcanzar un fin específico u obtener ciertos resultados a través de diversas acciones o cadenas de actos. Para esto atendemos a una moral que viene dada por lo externo, y nos construimos sobre la marcha una ética un tanto personal, un tanto intersubjetiva. Todo esto para que en algún punto nos encontremos ante la posibilidad de cometer grandes aciertos o catastróficos errores.

Normalmente procuramos que cometer errores no sea la norma y así evitar perder las comodidades que nos han costado trabajo conseguir. De ahí que decidimos optar por ciertas conductas en vez de otras, pues a partir de calcular las posibles consecuencias de ciertos actos determinantes prevemos posibles riesgos que son demasiado altos e inaceptables para conservar el curso de las cosas como nos conviene. Ahora, decimos que hemos cometido un error cuando a pesar de haber hecho todo lo que era adecuado, razonable y lógico, el resultado genera el efecto contrario al que queríamos. Hemos empeorado, entorpecido o arruinado una situación que queríamos a nuestro placer, comodidad y conveniencia. Sin embargo, para mitigar el peso ético y moral de haber cometido un error hay que tener en cuenta que también generan experiencia.

Muchos errores son contingentes, aquéllos que a pesar de que hemos decidimos actuar de una manera adecuada para lograr consecuencias convenientes a nuestro interés obtuvimos lo opuesto, no por nuestra voluntad, sino por factores externos que simplemente fuimos incapaces de considerar, prever o calcular. No hay culpa, pero sí somos responsables de lidiar con ello, son "cosas de la vida" que hay que resolver. Un ejemplo muy claro y simple es el cuento Amor y pedagogía de Miguel de Unamuno, donde aún con un plan de vida perfecto y premeditado para formar un genio desde el nacimiento, el producto resultó en un joven incapaz de resolver las problemáticas más comunes de la existencia humana. Padres e hijo tienen que resolver o llevar a cuestas aciertos y errores de la educación en casa.

Otras acciones que comúnmente se denominan errores son actos deliberadamente opuestos a lo adecuado, a lo correcto, a lo convenido, realizados por necedad, por terquedad, por orgullo, etc. Es bastante extraño que un rasgo del ser humano es su capacidad de cometer errores, y más extraño aún, que haya quien encuentra el gusto por la vida en cometerlos. Como decía al principio, tenemos la capacidad de planear, calcular, prever y razonar nuestros actos, y aún así incluso llegamos a provocar situaciones incómodas o adversas a propósito, y estas acciones se podrían justificar por la incertidumbre de las consecuencias, de que ciertas cosas "valen la pena el riesgo". A veces actuar contra toda lógica y aún con el riesgo de perderlo todo optamos por una carrera, por confiar en una persona, por hacer un viaje, y los resultados, lo que arriesgamos y obtuvimos, hizo que valiera la pena.

Cualquiera que sea el caso, con o sin riesgo de por medio, también aprendemos. Se le atribuye a Oscar Wilde haber dicho que: "la única ventaja de jugar con fuego es que uno aprende a no quemarse". Es inhumano no querer cometer errores, no desear cometerlos. Cada cicatriz, cada sinsabor, es lo que lleva a la persona a ser alguien maduro, alguien que incluso puede sentirse satisfecho de haber sobrevivido al error que le puso en la encrucijada. Perderle el miedo al error tampoco implica ser un cínico mal encausado, pues no habría sabiduría en entender el error que uno ha cometido. Errar es de humanos, es parte de serlo. Son nuestros mayores aciertos junto con nuestros peores desatinos los que nos forman como personas, los que nos definen como irrepetibles. Es la combinación exacta de acierto y error lo que nos hace quienes somos. Cambiar o borrar nuestros aciertos o nuestros errores es querer borrarnos. De esto nos advierte Nietzsche al hablarnos del eterno retorno. Tan importantes son los momentos de gloria como esos momentos ridículos y angustiosos.

Pudo haber sido un error llegar tarde a algún sitio, pero ese error condujo los pasos a conocer el amor de la vida; "me equivoqué de nombre al comprar un disco y descubrí mi banda favorita"; nos equivocamos al ordenar y descubrimos nuestro platillo favorito; tal vez la lógica indicaba que ese negocio era un riesgo, un terrible error, sin embargo, hubo éxito contra todo pronóstico; pudo ser un error la causa del despido, pero ese despido condujo a su vocación al artista, y así la vida... También los errores forman parte del puñado de momentos verdaderamente importantes, y buena parte de ellos forman el sentido al cual se dirigieron las cosas, el "valió la pena haberlo hecho". El error es parte de la condición humana, de la existencia y sólo equivocándonos es como nos volvemos experimentados. El Instituto de Filosofía UV los invita a seguir la columna Pensar desde Hoy cada jueves y retro alimentar el diálogo enviando sus reflexiones al correo.

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