Política

Aguántese como hombrecito

marzo 26, 2018

Si de algo se tratan las campañas electorales es de construir un relato. Hilvanar una narrativa, al margen de los hechos, que apele a la emoción del elector. Votar con la víscera, con el estómago. Es así que, cual producto de la generación espontánea, algunos candidatos se asumen como prístinos e inmaculados; buscando personificar virtudes más que experiencias. Ajenos a sus propias trayectorias, o la ausencia de ellas, se dibujan a sí mismos en una página en blanco, con el oneroso auxilio de asesores y expertos en marketing. Fieles escuderos del régimen, usufructuarios del pacto impunidad, son capaces de presentarse hoy como auspiciadores del cambio. Audaces contrincantes del estado actual de las cosas.

Estas muestras de grosero cinismo, más que evidenciar la indigencia moral de muchos de nuestros políticos, son claro testimonio de la pobre densidad de la masa crítica en México, la ausencia de auténticos mecanismos de rendición de cuentas y un generalizado desinterés por lo público. Lo común, lo de todos. Es además uno de los muchos costos que pagamos por no involucrarnos en el acontecer político de nuestro país; cuando llega el momento de depositar el voto en la urna, cada tres o seis años, nuestra inteligencia es insultada flagrantemente a partir relatos arbitrarios, sesgados y plagados de falsedades. Sólo desde este absoluto menosprecio al ciudadano, donde se nos ubica como una suerte de infante mental, es que Ricardo Anaya puede intentar arrogarse el rol de candidato anti-régimen; de opositor al sistema.

Las acusaciones en contra de Ricardo Anaya por lavado de dinero, a partir de la sospechosa compra-venta de una nave industrial en su natal Querétaro, son sin duda alguna la última manifestación pública de un jaloneo cupular entre el PRI y el PAN. Después de una placentera y fructífera luna de miel, la última de muchas, el Grupo Atlacomulco se encuentra agraviado; uno de los suyos, una joven promesa, busca cariño en otra parte. Rompiendo acuerdos, desconociendo su ascendencia. Por tres años, en la Cámara de Diputados, el PRI y el PAN –con el eventual socorro de un bastoncito llamado PRD–, dieron cabal muestra de lo bien que saben armonizar agendas legislativas en beneficio de sus patrocinadores y de ellos mismos. La agenda del Pacto por México, el eje programático de la administración de Peña, transitó en San Lázaro sin gran problema.

Ahí, controlando las votaciones, trabajando para el señor Presidente, estaban Manlio Fabio Beltrones y Silvano Aureoles. Gustavo Madero lo hacía desde la presidencia del PAN. Estos tres rápidamente encontraron en Ricardo Anaya a un diputado muy comprometido y hacendoso. Una cara fresca, bien vista por los medios, para intentar oxigenar el trapicheo institucionalizado. Como auténtico alfil de los dueños de la Cámara de Diputados, Anaya operó desde la presidencia de la Mesa Directiva y la coordinación de su grupo parlamentario la aprobación de las llamadas reformas estructurales, incluyendo la joya de la corona: la reforma energética. También fueron muy eficientes, Anaya y sus padrinos legislativos, para instrumentar los famosos moches. Cada diputado recibía, en el Presupuesto de Egresos de la Federación, 50 millones de pesos anuales para supuestas obras y gestiones en sus distritos. Este fondo no era más que un pago en abierto por sus valiosos votos en favor de las reformas del Pacto por México. En Los Pinos supieron retribuir la faena. Silvano Aureoles ganó la gubernatura de Michoacán por el PRD, con el apoyo total del gobierno federal; Beltrones se fue a la presidencia nacional del PRI y Ricardo Anaya a la del PAN. Todos contentos, hasta que Anaya se autonomizó, queriendo construir su campaña presidencial al margen de Atlacomulco.

La administración de Enrique Peña Nieto construyó a Ricardo Anaya. Son sus progenitores políticos, los artífices de su meteórico ascenso en la arena pública nacional. Hoy que el "Chico Maravilla", un absoluto desconocido en 2014, amenaza con pavimentar su ruta a Los Pinos traicionando acuerdos cupulares previos, la PGR y el SAT sin duda tienen algo que decir. Es así que los siempre acostumbrados a empuñar la espada, los verdugos del pasado, sienten ahora el filo de sus propias instituciones facciosas en carne propia.

Desesperados, a Anaya y al PAN sólo les queda el chantaje. Una muestra más del poco respeto que nos tienen como electores. Piden que defendamos a Ricardo Anaya porque defenderlo es, según su disparatada lógica, defender a la democracia. Ante tal desvergüenza no podemos más que recordar a Santiago Creel, hoy asesor estrella de Anaya, cuando ante la crítica por el ilegal y antidemocrático proceso de desafuero en contra de López Obrador, fungiendo él como secretario de Gobernación, le recomendó a AMLO que se "aguantara como hombrecito".

La gran diferencia es que en aquel lejano 2005 el desafuero se consumó, con la intervención comprobada del gobierno federal y la votación abrumadora del PRI y el PAN. Sólo una movilización social sin precedentes pudo frenar la intentona facciosa y antidemocrática de ese gobierno. Por Anaya, y creo no equivocarme, no se moviliza ni su equipo de campaña. Bien haría el "Chico maravilla" en hacerle caso a su consejero Creel n

@Gonznave