Política

Pensar desde hoy

marzo 08, 2018

◗ Del odio

En su escrito de 1935, "Ensayo sobre el odio", el filósofo húngaro Aurel Kolnai entregó una de las más notables reflexiones sobre la naturaleza y especificidad propiamente humana del estar dirigido con hostilidad hacia algo. El odio, a diferencia de otros sentimientos de aversión, como el asco, se dirige de forma explícita hacia su objeto (ya se trate de cosas o personas) como algo dotado de una significatividad personal, y en esa medida, por paradójico que resulte, el odio también es fuente de valor, incluso de sentido para la vida. Con todo, el discurso moralizante se apresura a condenar el odio, con más atención a sus efectos, muchas veces reprobables con justa razón, en lugar de ponderar sus causas o analizar su propia naturaleza. Por desencaminados que en apariencia resulten los motivos del odio hay algo en su raíz que puede ser indicación de una indignación legítima, o por contraste, la prueba de formas positivas de lo que nos importa: como el amor.

En ese sentido, tal vez valga la pena primero detenerse en una mínima exploración de lo que es el odio. En su ensayo Kolnai nos sugiere una serie de distinciones orientadas a destacar el odio en su especificidad, y señala: "no se odia a las olas de una marea, aun cuando se las combata enconadamente; tampoco es precisamente odio lo que se siente en contra de un animal depredador". El odio que siente Ahab por la ballena en la obra clásica de Hermann Melville, "Moby Dick", no es un odio contra todas las ballenas, sino contra una en concreto y por razones más o menos específicas. En este sentido, el odio no se confunde ni con la agresividad, ni con la ira, y en cambio otorga, en este caso, a la ballena una especie de personalidad particular y la distingue de todas las demás. Ahab no odia a las ballenas, sino a una en particular: odia y desea la destrucción de Moby Dick. El odio, por tanto, dota a lo odiado de una significatividad individual, irremplazable, y al mismo tiempo proyecta sobre lo que se odia, rasgos singulares, individuales, y es expresión, aunque negativa, de los valores con los que se compromete cada persona.

Por otra parte, parece que un aspecto peculiar de la vivencia del odio es la suerte de fascinación que a un tiempo produce lo odiado, y que conserva la atención, más o menos explícita, durante un periodo prolongado. El odio no es la ira que resulta de una situación molesta, o de la indignación, sino un sentimiento sostenido que mantiene asido su objeto, siempre en relación con un valor. Esa relación peculiar que guarda con el tiempo es precisamente lo que da lugar al relativo olvido o ceguera sobre sus motivos efectivos. En ese mismo sentido, su relación con el amor, según recuerda Kolnai, no es de mera oposición. Para Kolnai es posible un amor libre de odio, pero en el odio siempre anida, paradójicamente, un cierto sentimiento amoroso respecto de lo odiado. Por otro lado, dado que el odio supone, tanto la aspiración a la destrucción de lo odiado, así como su secreto sostenimiento, la recurrencia de la atención a lo odiado es, en alguna medida y de forma paradójica, semejante a la del amor. El que odia no desprecia, no se olvida de lo que odia, por el contrario, inclina su atención hacia lo odiado, lo mantiene en la mira: la menor oportunidad es ocasión para recordarlo y el recuerdo intensifica el sentir. Así como los amantes que constantemente se anhelan, el que odia recuerda de variadas formas lo que cree que son las razones por las que odia, y fantasea con la destrucción de su objeto.

El odio, por otra parte, guarda a su vez una peculiar relación con el rencor en la medida en que ambos sentimientos se dirigen a un objeto y sostienen la emoción a lo largo del tiempo. En ese sentido, y a lo que me refiero con la fascinación que produce el objeto del odio es que, si bien hay una abierta tendencia a la destrucción de lo que se odia, el que odia sostiene al mismo tiempo su objeto, casi al punto de necesitarlo como justificación de su vida en el mundo. No son pocos los que, embebidos por el odio, asumen su aversión como un motivo final, la misión por la que vinieron al mundo. Kolnai señala, por otra parte, que el odio no se manifiesta en el objeto como tal, no hay algo así como lo odiable u odioso en sí; no obstante, para el que odia es como si no hubiera otra posibilidad: el odio, en la mayor parte de los casos, justifica una decisión que no quiere reconocer.

Pocos asumen los objetos de odio como asumen las cosas que aman, y sin embargo se entregan al odio apasionado, violento, se les va la vida en el vituperio y en el escarnio de lo que odian, pero normalmente no se comprometen con ello: no eligen lo que odian, más bien lo padecen; el odio les surge como una suerte de huida ante la responsabilidad de afrontar lo que disgusta, incomoda o molesta. Una reflexión atenta sobre las cosas que odiamos, o creemos odiar, sobre sus motivos y nuestro compromiso con ellas, no sólo iluminaría, por extraño que resulte, lo que hay de positivo en el odio. Al mismo tiempo, se desplazaría nuestra atención del impulso destructivo y violento que nos motiva lo odiado. Sentir odio es natural, el odio también revela la significatividad de lo que nos importa, y en ello destaca su rasgo de positividad para la vida humana, pero las formas en las que se entrelaza con la tristeza, el miedo y el rencor, así como sus efectos violentos, son más el resultado de una forma de entregarse irreflexivamente al odio, que los efectos del odio mismo, o sus causas. Lejos de ser un talante vital, es posible que el odio no sea sino un amor confundido que busca afirmarse por los caminos equivocados.

El Instituto de Filosofía UV los invita a seguir la columna Pensar desde Hoy cada jueves y retroalimentar el diálogo enviando sus reflexiones al correo pensardesdehoy@gmail.com

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