Política

La biblioteca pública

diciembre 03, 2017

El andar cotidiano encontró en las bibliotecas públicas un silencio para la rebelión, una escala para soñar y un espacio para aprender. El libro de todos y para todos, encuentra en la biblioteca pública la sede para el conocimiento sin importar que en plena era digital se crea que todo, absolutamente todo, sea un ciberespacio con la verdad eterna. En las bibliotecas se recrea el semillero para el debate y son el navío en el que navegamos con la ruta de nuestra imaginación. Ella dice hasta dónde queremos llegar.

La biblioteca pública es fiel reflejo del anhelo democrático de igualdad. Ante el libro no existe más mirada que cautivar las letras como regocijo del alma o como desafío a la razón para crear más conocimiento. Los espacios escolares de la llamada educación básica han mantenido sus bibliotecas pero, sin querer, son para la familia que hace a la escuela, sin importar si son escuelas privadas u oficiales. En cambio, la biblioteca pública enclavada en un polo urbano o en la lejanía rural, es el estandarte de inclusión y de libertad que asegura y complementa el derecho a la educación. Si los griegos en el ágora recreaban a la mayoría, en el siglo XXI y ante los millones de habitantes que imposibilita la asamblea, la biblioteca pública debe ser el ágora para construir los anhelos sociales de todos y eso pasa por la búsqueda de respuestas para resolver los desafíos que hoy tiene la humanidad. No es exageración decirlo.

Siempre he tenido una fascinación por las bibliotecas y más por las públicas. Agradezco los acervos que siendo privados, los propietarios decidieron hacerlos para todos. Una herencia que en vida o póstuma refrenda el proverbio hindú, que dice "lo que no se comparte, se pierde". Tuve la oportunidad de estar en tres bibliotecas de ex mandatarios mexicanos, que quizá algún día se conviertan en públicas o bien sean adoptadas por una biblioteca magna como la de la Universidad Nacional. ¿Qué lección aportan? Que la carrera por el poder presidencial tuvo en la elaboración de bibliotecas personales una mística de conocimiento y diálogo que se veía en el apoyo de libros editados, que desde el poder amalgaman un puente con especialistas e inclusive críticos al régimen. Esas bibliotecas retratan la frase de Gabriel Zaid, cuando decía: "De las aulas al poder" y son un recordatorio que parte de la controvertida clase política, por pocos que sean, son amantes de los libros y su colección.

Fue hasta que me enclaustré en la hoy Biblioteca Pública Carlos Fuentes en Xalapa, que entendí más el apostolado de los bibliotecarios, agentes del saber, que sin la pretensión odiosa de títulos de posgrado, son mucho más que el resguardo de un acervo. Una biblioteca pública fue mi refugio cuando fui expulsado de la preparatoria frente al sable de la torpeza totalitaria de la máxima autoridad de la escuela, se me condenó a llenar 20 cuartillas por trabajo final. Una insurgencia ante el costumbrismo que inmoviliza, me descubrió una sede para escribir y ver que las banderas de la libertad seguían ondeando.

El palpitar de toda biblioteca son sus trabajadores, todos, absolutamente todos, pero más quien ordena el fichero y atiende a los educandos como los hijos de una patria que busca verdades. No basta hacer la tarea del personaje histórico, conformar una investigación o en el oprobio del sistema que privilegió el "memorama sin razonar", hacer una copia del libro. El verdadero bibliotecario aconseja, hace grande la duda científica con mayores argumentos, confronta la generación literaria con el acontecer del mundo, sugiere más libros, es ante ello, otro educador. Ahogados en la burocracia y en la obsolescencia de un corporativismo que está más débil que el cartón mojado, algunos (o muchos) han desprestigiado el oficio del bibliotecario, pero las reservas morales vargallosianas de esa misión es un recordatorio que sensibiliza a la ciudadanía del conocimiento. No se restringe a dar el libro que encargó el maestro, ofrece opciones y confronta ideas sin temor. Juega con los tiempos de determinado movimiento, era, civilización o ruta. No da a Tolstoi sin también entender la profundidad histórica rusa con otros libros. No puede dar la biografía de Pío Baroja sin explicar el contexto de lo que fue la generación del 98. Es incapaz de dar un poema de Maples Arce, sin acompañarlo del futurismo de Marinetti, la misión diplomática del papanteco y el contexto del movimiento estridentista y su grupo. La biblioteca pública, es más que el refugio de la memoria, es una escala para volver a ganar el futuro.

La Biblioteca pública siempre será un faro que siembre e ilumine nuevas historias, caminos y vocaciones. Es constructora de ciudadanía por su pluralidad y tolerancia que incluye y no segrega. El quehacer de nuevas bibliotecas públicas es un homenaje a la tarea de divulgación cultural de hombres como José Vasconcelos o Jaime Torres Bodet. Mientras que en la geografía nacional no haya más y mejores bibliotecas, la tarea nos demanda y convoca a todos. Tal vez muchos crean que el Internet y el mapa digital eliminen las bibliotecas y el papel del libro como objeto de culto, pero esos críticos pierden de vista que la biblioteca no sólo es estantería de ejemplares, sino orientación permanente para descubrir diversos mundos y rutas. Las propias ediciones de clásicos o la impronta de traducciones no son una fuga para confrontar a la era digital. El nuevo reto de las bibliotecas públicas es estar interconectadas sin importar latitud, cultura, lejanía geográfica o idioma, para hacer una nueva red tal cual significó en un momento de la humanidad la grandeza de la Biblioteca de Alejandría en el antiguo Egipto.

capitanbalaju@gmail.com