Sociedad y Justicia

Por una ética de la convicción

noviembre 26, 2017

A mi madre:

En el atardecer, en la aurora, para siempre…

(17/12/1932-25/8/2017)

Su completa nomenclatura cívica fue la de Ricardo Emilio Piglia Renzi; a veces fue solo Ricardo Piglia y otras veces Emilio Renzi. Como Ricardo Piglia produjo obras de sólido entramado; una, al azar: Respiración artificial; otras de fulgurante trama, una al azar también: El camino de Ida o, en su caso, los cuentos de Nombre falso.

Como Emilio Renzi produjo los tres tomos de un dietario a través del cual puede seguirse el origen, la formación y el desarrollo de un escritor que no desaprovecha oportunidad de reivindicar una ética de la convicción que privilegia la vocación y la posibilidad de escribir, "porque escribir es un modo de vivir…", antes que pensar en meramente publicar.

Hay en esta convicción una paradoja y una afirmación, la de una ética, la de una insobornable ética que resume lo que ha de entenderse como un escritor de tiempo completo.

La paradoja, por lo demás resulta incomprensible para "el Gil que sentado en un McDonald escribe" o cree escribir o supone que lo hace. El Gil del McDonald quiere publicar pues da por hecho que escribe y porque confunde escribir con publicar; Piglia pensaba y así es posible deducirlo de los diarios de Emilio Renzi, que la clave está en escribir, en tener una convicción sobre las propias posibilidades; escribir es una decisión íntima, personal, "un modo de vivir, como cualquier otro" dice Renzi por mano de Piglia. Lo ha dicho Rubém Fonseca: "Escribir es comenzar", pero la incógnita a despejar de la ecuación fonsequiana es: ¿en qué momento realmente se comienza a escribir? La respuesta la ha dado antes que la formulación del decano brasileño surgiera, Ricardo Piglia.

Escribir es, en Piglia –y en no pocos autores– un acto de supervivencia personal e intelectual. Personal en tanto que escribir es una pulsión inagotable, continua, que permite sobrevivir a las vicisitudes del mundo sin importar la gravedad de éstas: el dolor –o la alegría, para el caso es lo mismo– solo es mensurable individualmente: lo que para unos es mucho para otros es poco y viceversa y en todo caso: ¿cuánto es mucho? ¿Cuánto es poco? Entenderlo es escribir y escribir es, sí, comenzar.

De la incomodidad de la vida se escapa escribiendo pero en el caso de Piglia la escritura está inserta en los tonos de una reflexión intelectual producto de su vocación lectora que redunda en un sentido de la oportunidad asentado en cuestiones a las que hay que volver una y otra vez y que suponen una reflexión ética fundada en una trama de largo alcance que es, a la par una larga reflexión sobre la historia y los hechos que la conforman fundidos en una peculiar amalgama en tanto que "El secreto de la Verdad es el siguiente: no existen hechos, sólo existen historias" –la idea es de Joao Ubaldo Ribeiro– y que en el caso de Piglia se transforman en historias del calibre de Blanco nocturno, esa maravillosa ficción pigliana que narra mucho más que el largo y casi escandaloso flirteo de Tony Duran con las hermanas Belladona mientras la economía de una región funciona o decae en el marco de un crimen –el homicidio de Durán– una encerrona, un trepador profesional que –faltaba más– ejerce de abogado y un inocente a quien sus más elementales derechos le son arrebatados para crear así un culpable a modo mientras el Inspector Croce, némesis del fiscal, habita los pabellones de la sinrazón de la razón buscando con y a través del joven periodista Emilio Renzi la tuerca a la que hay que dar vuelta para probar que la inocencia no es un pobre argumento.

El predicado intelectual –esto es, la conclusión de la ficción en sentido axiológico– solo es dable a partir de entender a Piglia como un lector privilegiado que tenía claro lo que como escritor buscaba, lo que le permitía crear universos valorales a partir de las conductas de los personajes y los hechos en que la escala de valores de éstos entra en juego. Lo logra cabalmente en, por ejemplo, Plata quemada o El camino de Ida.

No es, por supuesto, un predicador que a partir de opuestos tácitos o expresos quiere ideologizar moralmente a una grey; es un escritor que, valido de las mejores herramientas de un oficio ejercido con suficiencia, cuenta historias de trama fulgurante y sólido entramado narrativo. Las conclusiones, lo sabía bien Piglia, eran del lector. Lector de tiempo completo, tenía claro que una vez puesta en las vitrinas y ordenadas en los anaqueles de las librerías la obra era ya de los lectores como de ellos serían las conclusiones y los eventuales vasos comunicantes con las obras de otros: Pienso, por ejemplo, En la noche de la usina, de Eduardo Sacheri, o Una misma noche, de Leopoldo Brizuela.

Suele decirse que el mejor homenaje a un escritor ausente es leerlo. Si estas pinceladas logran que un lector se acerque a la obra narrativa de Ricardo Piglia y a lo que me parece es una ética de la convicción desplegada a lo largo de los tres tomos de Los diarios de Emilio Renzi, estas notas habrán cumplido su cometido. Nacido en Adrogué, ciudad cabecera de Almirante Brown a menos de 30 kilómetros de Buenos Aires el 24 de noviembre de 1941, Piglia habría celebrado su cumpleaños 76 este viernes. El 6 de enero de este año 2017 Ricardo Piglia se introdujo en las páginas de la inmortalidad para seguir leyendo y escribiendo porque escribir, ya se sabe, es "un modo de vivir…".