Política

Misoginia y muerte

noviembre 26, 2017

Denuncian con razón varias organizaciones civiles de mujeres que la violencia en contra de las mujeres no cesa en el estado. Señalan, además, que los ministerios públicos les piden dinero para "agilizar" los casos cuando se presentan a denunciar. Inveterada y despreciable costumbre de los agentes del Ministerio Público que revictimizan una y otra vez a quienes tienen la desgracia de sufrir en sus personas o bienes algún delito. Piden, también con razón, resultados inmediatos respecto de la violencia y la muerte en contra de ellas. Pero eso es algo que no parece probable con la urgencia con que las mujeres lo necesitan. El gobierno está ocupado en otras cosas.

El problema es realmente grave. Al capítulo de la violencia derivada de la estúpida guerra contra el crimen organizado, y las pugnas entre bandas y organizaciones criminales rivales se suma la misoginia de un sistema de convivencia social que carga con la deformación de superposiciones religiosas e ideologías sociales bivalentes, que por un lado exaltan a las mujeres como dadoras de todo tipo de bondades, la vida, pero que, fuera de la madre y eventualmente las hermanas, el resto son todas putas. Una enseñanza esquizofrénica que sigue en reproducción pese a los indiscutibles avances en la participación de las mujeres en los procesos de decisión sociales.

Es cierto que de los años 50 a la fecha el papel social de las mujeres se ha redefinido casi radicalmente. Basta explorar un poco en la publicidad de la época para notar la diferencia.

Pero los espacios que han conquistado las mujeres son, fundamentalmente, espacios urbanos educados. No ocurre igual en todos lados. La diferencia no depende tanto del nivel económico y de ingreso como de la educación de la familia y los individuos que la integran.

Eso por un lado. Pero existe también un aspecto de patología social relacionado con el ambiente de violencia en la que gobiernos panistas y priístas han metido y mantenido a la sociedad mexicana desde hace casi 12 años.

El gobierno puede –o no– hacer lo necesario para cambiar los modos de corrupción en ministerios públicos y hacer de la atención a las mujeres víctimas de delito algo distinto en términos no sólo de trato sino de eficacia.

Pero la tarea de fondo depende de la sociedad y la forma y modelos a los que apela para educar. Algo que todo indica que hace, si nos atenemos a los espacios de decisión que ocupan hoy las mujeres, pero que topa con las malformaciones burocrático gubernamentales y con el peso que aún tienen las ideologías e interpretaciones religiosas misóginas. Como la del cardenal Sandoval Íñiguez, que hace apenas unos cuantos días dijo que a las mujeres las matan por imprudentes. Miserable.