Política

Pensar desde hoy

noviembre 02, 2017

◗ El día de los otros muertos: memoria y espiritualidad mexicana

Respecto a la tradición mexicana del Día de Muertos, es claro que éste expresa un sentido especial que lo separa de cualquier tradición o culto al respecto. Pienso, concretamente, en la concepción de la muerte que la cultura gringa expresa con la noche de brujas y sus expresiones diversas de los zombis.

En la tradición mexicana, independientemente de su origen, se manifiesta una absoluta consideración espiritual, de respeto y rememoración alegre de los muertos. La muerte del otro no es, en su singularidad, el adiós del olvido en el que comúnmente metemos a las cosas u objetos materiales. Es el adiós que se tensiona entre el aquí y la posibilidad del más allá, entre el recuerdo de la persona y la esperanza de volver a estar con ella.

Los altares y oraciones, las fiestas en los camposantos expresan la concepción mexicana de la muerte: es una condición del ser humano que se acepta y, por lo tanto, la muerte es una recurrencia que se espera y se abraza con la fuerza, el miedo y el dolor de la ausencia del fenecido.

Sin embargo, todo parece indicar que los muertos nunca están ausentes para nosotros. Su presencia se constata por un ejercicio de memoria y conexión físico-espiritual representada por los altares en su honor. Tomar alguno de esos alimentos dedicados a los muertos es una transgresión importante, ya sea porque ese dulce es del hermanito fallecido, del abuelo, la abuela, el tío, la mamá o el amigo que están a punto de llegar al encuentro.

El encuentro que el Día de Muertos representa es con el otro que ha muerto. Ese otro está demasiado lejos como para permanecer físicamente con nosotros, pero demasiado cercano como para olvidarlo y no reconocer su presencia por siempre y rendirle culto a su memoria.

Los muertos son los conocidos y los desconocidos, para quienes también existen alimentos en las ofrendas. Nunca es suficiente la memoria y el respeto para quienes, aún sin nombre, no dejan de ser niños, mujeres y hombres desaparecidos que son parte, tal vez no de la familia, pero sí de la humanidad.

La muerte, en ese sentido es para la cultura mexicana un fenómeno de ausencia y despedida, pero también de presencia y reconocimiento. No aparece aquí más que la inocencia del devenir de la existencia no angustiada. Triste, llorosa, arrepentida, buscando siempre la resignación, nuestra existencia queda siempre con marca o huella de la muerte del otro, pero no remite, sino que saca de ese estado de ánimo angustioso de quien, ya enfermizo, piensa en su propia muerte y se angustia.

También, exceptúa la condición traumática del regreso de los muertos. La muerte para los mexicanos es el adiós y el recuerdo, incluso la esperanza del encuentro en el ciclo natural de la vida que lleva a la muerte propia, pero jamás se abre a la posibilidad de la contradicción de los muertos-vivientes.

Los zombis, las brujas y los monstruos, y por tanto, el miedo a los muertos, sólo pueden reflejar la condición traumática y poco espiritual de una cultura, como si fuera expresión de su mala conciencia, su pasado sangriento, asesino, que imposibilita el autoperdón y la reconciliación. Esto refleja, a mi parecer, la historia de los países y la forma de someter a sus ciudadanos a eventos que ahondan el vacío espiritual que los conforma.

El miedo a los muertos, la idea de los muertos vivientes, no podría expresar la historia de un país que se ha conformado en la sencillez existencial y vulnerabilidad de sus ciudadanos, totalmente opuesta a la ambición y superficialidad de sus gobernantes. A pesar de las diferentes manifestaciones de la influencia gringa en las festividades de noviembre, esta historia hará ver de inmediato la falta de sonoridad y autenticidad del evento.

No es la originalidad de las festividades lo importante, sino aquello que es su objeto de conmemoración y el sentido que ella expresa. No es que una tradición sea mejor que la otra, sino la expresión de una auténtica espiritualidad que marca el sentido humano y amoroso de nuestra existencia.

Los muertos en México, especialmente los asesinados por nuestro Estado fallido (narcoestado empresarial), los que se fueron por la fatalidad de los eventos naturales, todos son nuestros muertos, recordados y respetados en su generalidad de muertos y en su particularidad de familiares, amigos, hijos, seres amados. Su concepción de muertos vivientes es una imposibilidad de su humanidad primera de niños, mujeres, hombres, quienes siempre estarán en nuestra memoria, sea o no el mes de noviembre.

El Instituto de Filosofía UV invita a seguir la columna Pensar desde Hoy cada jueves y retroalimentar el diálogo enviando sus reflexiones al correo pensardesdehoy@gmail.com

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