Política

ECP*

octubre 27, 2017

◗ Ignacianas

Mañana se cumplirán 110 años del natalicio de Sergio Méndez Arceo, obispo católico singular y doctor en historia, que dejó una impronta sustantiva en el país por sus aportaciones a la democratización y a los principios de justicia social. Michoacano, sobrino en segundo grado de Lázaro Cárdenas del Río y miembro de una familia sinceramente preocupada y ocupada por los pobres.

Fue nombrado obispo de Cuernavaca en 1952, aun siendo Papa el controversial Pio XII. La derecha mexicana le apodaba el Obispo Rojo.

Sergio Méndez Arceo dejó marca en el que hacer de la iglesia mexicana porque él mismo fue marcado por la realidad mexicana. Pocos obispos se involucran tanto en la realidad de sus diócesis como lo hizo el jesuita Méndez Arceo.

En 1970, en medio de la guerra sucia, en la segunda meca del conservadurismo católico mexicano, Puebla, frente a alumnos preparatorianos declaró rotundo que: "En Latinoamérica se piensa en un nivel de desarrollo dentro de la línea capitalista y resulta que mientras más avanzamos más lejos estamos del país que nos sirve de modelo, o sea, Estados Unidos, que progresa a pasos agigantados y aumenta cada vez más la enorme distancia existente entre ellos y nosotros (…) Sólo el socialismo podrá dar a Latinoamérica el verdadero desarrollo (…) Creo que un sistema socialista es más conforme con los principios cristianos de verdadera fraternidad, de justicia y de paz. No sé qué forma de socialismo, pero esa es la línea que debe seguir Latinoamérica. Por mi parte, creo que debe ser un socialismo democrático".

En esos días, la Iglesia católica mexicana era testigo mudo, pero las declaraciones del obispo hicieron saltar al gallinero.

Faltaban casi más de 10 años para el Concilio Vaticano II y el Obispo de Cuernavaca daba misas con música de mariachi de espalda al altar. Amigo e interlocutor de Felipe Teixidor, Alfonso Reyes, Ignacio Chávez, Jesús Silva Herzog y Silvio Zavala lo visitaban.

En 1966 defendió sin dobleces al cura colombiano Camilo Torres, comandante del Ejército de Liberación Nacional: "Las revoluciones violentas de los pueblos pueden estar en algunos momentos de la historia absolutamente justificadas y ser totalmente lícitas, porque la revolución en el propio sentido de renovación es finalizar lo inacabado o aquello que se puede perfeccionar". En 1968, poco antes de Tlatelolco y después del desalojo del Zócalo con tanquetas, diría en misa con claridad meridiana: "Me hace hervir la sangre la mentira, la deformación de la verdad, la ocultación de los hechos, la autocensura cobarde, la venalidad, la miopía de casi todos los medios de comunicación. Me indigna el aferramiento a sus riquezas, el ansia de poder, la ceguera afectada, el olvido de la historia, los pretextos de la salvaguardia del orden, la pantalla del progreso y del auge económico, la ostentación de sus fiestas religiosas y profanas, el abuso de la religión que hacen los privilegiados (…) No me sorprende, pero lamento la falta de continuidad en el diálogo no acertadamente iniciado, único escape para la crisis de autoridad y de obediencia. Se me entenebrece el porvenir de la libertad en la investigación, en la expresión, en la acción de ciudadanos responsables, consagrados aún con errores, al desarrollo integral de México, cuando miro los rostros adustos, inexpresivos, de nuestros soldados obligados a la represión."

Lo cierto es que la figura de Sergio Méndez Arceo es clave para aprehender la fractura de la Iglesia católica y su completo desfase de la realidad luego del larguísimo papado dedicado a desmontar los acuerdos y avances logrados en el Concilio segundo, del que derivaría la propuesta cristiana enfocada en la justicia social, la vocación preferencial por los pobres y en la unidad de los pueblos latinoamericanos. Idea de la que los últimos gobiernos mexicanos han enajenado al país en grados de abyección.

Hace poco más de seis años, el estamento conservador xalapeño y el obispo Hipólito Reyes expulsaron a dos sacerdotes jesuitas incómodos para la oligarquía por sus actividades y compromiso social.

Pero después de 20 años de zapa contra una visión eclesiástica comprometida con su credo de justicia social, ahora hay un Papa jesuita que, como dice el crítico del Vaticano, el ex franciscano Leonardo Boff: "Lo importante no es ser de la teología de la liberación sino de la liberación de los oprimidos, de los pobres y de los que sufren injusticia." Dicen que Francisco es de ésos.

Las instituciones se mueven despacio, pero hoy las circunstancias del país y del estado son tan críticas, que es posible que se vean cambios más antes que después.

*Es Cosa Pública