Política

Mujer contra mujer

octubre 26, 2017

Una activista guerrerense que apoya a mujeres víctimas de violencia de género fue agredida sexualmente hace unos días en el municipio de Tlalpa cuando salía de dar una plática preventiva sobre este tema. Elementos de la policía la metieron a la fuerza a una patrulla y la llevaron a la cárcel por unas horas para "prevenirla" de seguir con sus actividades a favor de las mujeres para lo cual, una mujer policía, a la par de agredirla sexualmente se burló de ella diciéndole que con esta demostración de fuerza le recordaba cuán inútil era su labor en defensa de los derechos de las mujeres no sólo porque los derechos humanos valen muy poco en este país sino, sobre todo porque como ella misma lo estaba experimentando, muchas mujeres, incluyendo las que pertenecen a elementos policiacos, son capaces de agredir a otras mujeres si se los ordenan.

Después de la agresión, la activista usó los mismos protocolos de denuncia que ha aconsejado a otras víctimas de violencia, experimentando, a su vez, la re-victimización que significa para cualquier mujer atreverse a denunciar estos abusos, es decir, a autoridades que la hicieron sentir culpable de su situación y le recordaron una y otra vez las consecuencias que tendría para ella el no ser capaz de comprobar los hechos denunciados contra la policía. Al final, ella también decidió dar a conocer su situación a la prensa manifestando su desconcierto por haber sido víctima de violencia de género por otra mujer.

¿Qué podemos reflexionar ante este hecho? ¿No es precisamente éste el mandato que las fuerzas de autoridad quieren hacernos explícito mediante su vocera policia? Es decir, que reconozcamos que no vale la pena luchar por nuestros derechos porque al fin de cuentas no sólo vivimos en un país de impunidad sino porque, además, la solidaridad entre mujeres no existe?

No me parece nada gratuito el hecho de que las fuerzas de autoridad solicitaran a una de sus mujeres el llevar a cabo la agresión contra la activista porque ella, como siempre, únicamente obedecía órdenes. No es pues nada nuevo el hecho de que las mujeres maltraten a otras mujeres en contextos de autoritarismo cuando se les solicita que lo hagan. Pasó en la Alemania Nazi, en Sudamérica durante la época de las dictaduras y pasa ahora en nuestro país cuando la violencia arrecia en todas sus formas. Sabemos bien cuáles son los mecanismos para el ejercicio de la violencia en contextos de corrupción e impunidad como el que estamos viviendo en el país y es por ello de suma importancia que no nos confundan si ahora otras mujeres pueden también, mediante el abuso del poder, violentarnos. Recordemos que la violencia llama siempre a nuevas formas de ejercerla, que los mecanismos que el Estado y los grupos de poder aplican para la sujeción de las y los activistas sociales se reinventan constantemente a fin de persuadir a las personas para no continuar con sus luchas, sea mediante mecanismos de vigilancia, control o la fuerza como en este caso, incluyendo ahora la coacción contra quienes luchan por la defensa de los derechos de las mujeres.

Violencia de género puede ejercerla cualquiera, ciertamente, hombres contra mujeres, hombres contra hombres o mujeres contra mujeres pues el fundamento de una vida libre de violencia es precisamente lo contrario, es decir el respeto entre las personas. De lo que se trata entonces es de establecer relaciones humanizadas donde el o la otra sean reconocidos en su calidad de sujetos y no convertidos en objetos de dominación, así como el reconocimiento por parte del Estado de la relevancia de la ciudadanía plena de todos y todas, frente a lo cual es imprescindible que todos nuestros derechos sean respetados. Aplaudo entonces el valor de nuestra compañera guerrerense, le recordamos que no está sola y que seguiremos concientizando a hombres y mujeres por igual, incluyendo desde luego a nuestras mujeres policías, sobre la importancia de hacer valer los derechos humanos.

Más notas de Maria José García Oramas