Política

Academia y soluciones

octubre 26, 2017

Se ha dicho con frecuencia que México es un país de débil institucionalidad, un problema de origen que persiste a pesar de las varias reconfiguraciones del Estado mexicano. La causas que lo explican son diversas, con todo, el país ha vivido momentos de indiscutible progreso, particularmente en el periodo conocido como el Desarrollo Estabilizador (1940-1976), pero hace más de 40 años que el régimen autoritario decidió abandonar la concepción de un estado benefactor fuerte, promotor del desarrollo y de una distribución razonablemente equitativa de la riqueza, y cambiar a los dogmas monetaristas por el abandono del patrón oro en 1971. A partir de allí el desastre, la multiplicación geométrica de la pobreza y un crisis económica sin precedentes que amenaza como guadaña en ristre desde 2008. Cosas del multicitado y manoseado neoliberalismo.

Los gobiernos mexicanos se han plegado al dogma neoliberal desde que Miguel de la Madrid ascendió a la presidencia en 1982 y la crisis estructural dejada por López Portillo fue encarada con un cambio radical de paradigma. Las consecuencias un crecimiento geométrico de la pobreza, el completo estancamiento de la economía, la concentración obscena de la riqueza y socavamiento de las instituciones que ya de origen han sido débiles.

El debilitamiento institucional se ha exacerbado a partir de las decisiones de un gobierno ilegítimo que declaró una guerra interna ficticia que ha costado muertes por centenas de miles y exhibido al sistema en su corrupción impune y completa incompetencia.

Hoy, la mayoría de los gobiernos que administran al Estado mexicano y a las entidades federativas no tienen idea de dónde están parados. Reaccionan con límites y mal a los estímulos de una realidad viciosamente violenta y complicada, pero no tienen ni el método ni los conocimientos para hacer frente a la urdimbre de problemas que hacen de México un Estado fallido. O punto menos.

Si las cosas se sostienen con relativa estabilidad y rangos de certidumbre manejables, no obedece a las instituciones ni a las burocracias que las manejan, sino a la sociedad civil que se hace cargo de los que los gobiernos no pueden y paralizan y enferman al Estado. Y por sociedad civil no debe entenderse sólo a las organizaciones no gubernamentales más o menos formalizadas, sino a la convergencia de éstas muchas y los trabajos de aproximación y explicación metódica de la realidad que se hacen en la academia, en las universidades.

Este es el sentido y la importancia de la información contenida en la segunda nota de la página 3 de esta edición.