Política

Cambiar al régimen de la mano del régimen

octubre 18, 2017

El México democrático es un Estado menor, reducido y débil. Un Estado que ha cedido parcelas de poder legítimamente constituido en favor de diversos actores sociales, tanto estatales como no estatales. Por actores estatales me refiero a aquellos que en un principio se gestaron dentro de un contexto de normalidad política-democrática en ciernes, cimentando cierto grado de estabilidad institucional dentro del sistema político a partir de la articulación de diversos valores e intereses (tales como partidos políticos, medios de comunicación, empresas, movimientos sociales y sindicatos). Por actores no estatales me refiero única y exclusivamente a grupos delincuenciales cuya irrupción en el contexto social nacional se sustenta en la ejecución de actividades tipificadas como delictivas por la normatividad vigente.

Son estos actores sociales, tanto los primeros como los segundos, quienes en los hechos ejercen una relación de dominación sobre el resto del cuerpo social mexicano; los primeros, cediendo cierto grado de representación política a otros actores en la constitución de la montura institucional, en pos de legitimidad, pero arrogándose siempre amplias prerrogativas y un margen de acción suficiente para continuar ejerciendo una relación de poder que beneficie a sus propios intereses; los segundos, logrando cooptar al aparato administrativo del Estado, particularmente a su vertiente coercitiva, con el claro objetivo de extender la maximización de sus réditos al margen de la ley.

El México Democrático es un Estado débil, más no fallido, como desde la ignorancia se asevera con pasmosa ligereza. Esto nos lleva, por añadidura, a una segunda afirmación: no existe tal cosa como un vacío de poder. El poder que un actor pierde, es el poder que otro actor gana, simultáneamente. Este acto, enmarcado dentro de un contexto de constante conflicto y pugna entre distintos jugadores por el poder, ya sea en un escenario democrático o no, es el elemento que desde siempre ha definido nuestras estructuras sociales. El andamiaje institucional de un Estado no es más que la cristalización de la relación de poder imperante en una sociedad, manifestándose ésta en las reglas del juego que habrán de regir la convivencia de un cuerpo social. El poder es relacional, la dominación es institucional.

En este sentido, coincido con quienes avizoran el agotamiento de aquellas inercias de convivencia política que por décadas les han garantizado a los actores empoderados del país un marco estable para negociar sus propios intereses. Crisis de régimen, dicen algunos. Más allá de discutir sobre si el término es adecuado o no, lo interesante es que son los principales representantes del régimen quienes hablan de esta supuesta crisis, siendo incluso el sustento programático del Frente Ciudadano, vehículo electorero de moda donde actualmente enlazan intereses y miserias el PAN y el PRD. Esclarecedor, sin duda alguna, que los personajes de siempre se erijan hoy, en plena coyuntura electoral, como agentes del cambio; transformadores y abnegados representantes de los intereses ciudadanos.

Urge entender que ellos, quienes hoy se alían en supuesto beneficio de nosotros los ciudadanos, realmente vislumbran la configuración de un momento o coyuntura política que modifique el tablero y las reglas de juego. Sienten que pueden perder poder. Los une, literalmente, el espanto. Al decir crisis de régimen, a lo que realmente se refieren es a que los pactos y marcos de negociación que por años han construido al margen de la ley y, por supuesto, de la soberanía popular, ya no alcanzan para garantizarles continuidad y sobrevivencia política. Por eso es que ahora, sin reparo alguno, se deshacen en malabares argumentativos con tal de generar empatía e identidad, sin mayor objetivo que el de seguir ocupando espacios y ejerciendo presupuestos. Hay que cambiar al régimen, sí, aprovechando las dislocaciones y desencuentros del propio régimen. Sin embargo, no se puede cambiar al régimen de la mano del propio régimen. Para cambiarlo, primero hay que deshacernos de ellos.

Adenda: El ridículo espectáculo con el que gobernador Yunes nos ha entretenido esta semana debería de llamarnos –después de las bien merecidas carcajadas que sus explicaciones ocasionan– a la más profunda reflexión. El Estado está en manos de un mal actor, cuyas puestas en escena se asemejan cada vez más a esas tristes zarzuelas callejeras donde los diálogos son bravuconerías y mentadas de madre. Tenemos un gobernador que negocia impunidad al margen de la ley, que se reúne con delincuentes para extorsionarlos, garantizándoles libertad, y luego además viene a presumírnoslo. Que mala obra de teatro se ha vuelto Veracruz, donde usted y yo pagamos las entradas y además nos toca garrote si no nos gusta la trama.