Política

La violencia que persiste

octubre 13, 2017

Cuando analizamos los fenómenos de violencia en nuestro país, sobre todo aquellos que se han acentuado en los últimos dos sexenios federales y los últimos tres estatales, es decir, el homicidio y el secuestro (desaparición forzada), podemos notar que siguen un mismo hilo conductor: el aumento del narcopoder.

Este aumento va de la mano, sin duda, con la corrupción que ha caracterizado a nuestros políticos. Al respecto, Transparencia Mexicana informó que en 2016 México descendió 28 posiciones en el Índice de Percepción de la Corrupción: obtuvo una puntuación de 30 en una escala que va de 0 a 100. Esto lo ubica en la posición 123 de 176 países.

¿Cómo se acentuó este fenómeno? Además de la famosa "guerra contra el narcotráfico" que alentó más la violencia en general, en el periodo de Felipe Calderón se disputó un juego maquiavélico partidista donde el PRD parecía querer aprovechar la coyuntura y posicionarse a nivel nacional, el PAN hacía todo por dar la imagen positiva de su famoso "cambio" logrado por Fox, candidato que arrebató el trono al Rex; este último, entonces buscó a toda costa recuperarse, elaborando la telenovela más dramática de su historia que sensibilizó al pueblo mexicano y que lo regresó al poder con Peña Nieto.

Este juego pernicioso, a mi parecer, estableció la pauta para que el ejercicio de la política se abriera a los tratos y manejos donde el dinero fue esencial, con independencia de su origen. No es casual que en este periodo también naciera la figura del narcoempresario, forzado no sólo por la apertura de la corrupción sino, también, por el miedo provocado por el narco empoderado que comenzó a "cobrar piso".

Muchos diarios y semanarios, muchos periodistas en diferentes medios documentaron este fenómeno que se expandió no sólo por ciertos sectores sociales de alto escaño, sino que llegó hacia otros que funcionaron como materia prima para las actividades de distribución y venta de droga, secuestro y sicariado, cobro de piso y extorsión en general; además de la famosa actividad de halconería.

La crisis económica y el nivel de educación, el desempleo y la ideología dominante en un país como el nuestro, junto con este ascenso del narcopoder, hicieron a la mayoría de las ciudades susceptibles de la actividad delictiva, en muchos casos, y presas del miedo en la mayoría. Las instituciones policiacas, incluso el Ejército, fueron penetradas también por el narco. Los operativos que desde Fox se han hecho con estas instituciones han sido fallidos, en muchos casos, y otros que han sido exitosos (el último más famoso, la captura de La Barbie) han desembocado en el despliegue de fuerzas antaño sometidas por este tipo de líderes, lo que ha multiplicado el problema.

En Veracruz, esto ha sido muy claro: el papel de la policía estatal y municipal participando en secuestros. Recuérdese el caso de los cinco estudiantes de Playa Vicente que el año pasado fueron secuestrados por agentes de la SSP (de los que se han aprehendido a siete). Pero también está el desgarrador caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, que en 2014 fueron atacados y desaparecidos, por lo menos, con la intervención de la Policía Municipal y el Ejército Mexicano en Iguala. Existen, como sabemos, otros muchos casos ya documentados sobre esta violencia, y seguramente muchos más sin documentar, y que se recuerdan como historias de terror de una comunidad, un barrio o un pueblo que siguen sometidos a lo que parece ya una narcocultura nacional.

Todos estos fenómenos han dado la pauta para que ahora prácticamente ningún alcalde, gobernador o presidente aluda a una lucha frontal contra el narcotráfico, contra grupos esenciales ya identificados. Se ha configurado un ambiente de desesperanza que no tiene parangón.

Uno de los efectos más sentidos de este ambiente es el cambio de nuestra cotidianidad, donde ya no se puede confiar en nadie. Ni portarse bien, como exhortaba a los reporteros el sobrino más orondo del fidelismo, ha servido a muchos para salvar la vida. La recomendación de quienes se preocupan por nosotros es invariable: no hacer nada para provocar al otro, porque "no sabes con quién te metes". Parece estar en la esfera de nuestro accionar concreto la idea de que cualquiera puede ser narco, traer un arma y matarte.

En esto ha desembocado la política nacional desde hace ya 17 años. La violencia persiste y aumenta, y el partidismo parece seguir su antiquísima regla de oro que alude al valor del fin, es decir, el poder, sin importar los medios. De ese descuido voluntario sobre el origen de los medios el narcopoder seguirá amamantándose y eliminando su distancia con el poder político hasta el fin de los tiempos.

Por ello sigue siendo esencial para nuestro presente analizar, aclarar y atacar las causas de la violencia que vertical y horizontalmente nos involucran a todos y nos exigen otro tipo de acciones, otro tipo de pensamiento. Se trata de repensarnos y repensar nuestra circunstancia, a la luz de la realidad de la violencia y el ejercicio que se hace hoy en día del poder, en una búsqueda de renovación que tal vez ni el panismo, ni el perredismo, ni el morenismo, mucho menos el priísmo, entre otros "ismos", van a poder encabezar y materializar.

El Instituto de Filosofía UV invita a seguir la columna Pensar desde Hoy cada jueves y retroalimentar el diálogo enviando sus reflexiones al correo pensardesdehoy@gmail.com

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