Política

Fauna de compañía

octubre 02, 2017

El régimen mexicano pre transición era un sólido ejemplo del Estado como instrumento de dominación, ajeno a su naturaleza representativa. La obliteración del espacio público; los valores e intereses del partido oficial como guía y eje de acción del ente colectivo. Esta dinámica, en la medida en que otros actores sociales demandaban una mayor representación en el ejercicio del poder, se presentaba insostenible. Recurrir incesantemente al ejercicio de la fuerza física no sólo habría abonado al déficit de legitimidad del sistema, aglutinando una base robusta de actores en su contra (tanto los que desde adentro demandaban autonomía, como los que desde afuera exigían su inclusión), sino que también habría puesto en entredicho la ulterior permanencia del partido oficial como actor dominante.

Es así que se inicia la ruta hacia la definición de nuevos arreglos institucionales, de nuevas estructuras de dominación. El actor hegemónico, el PRI-Gobierno, entendido como ente indisoluble, accedió pues a flexibilizar el régimen autoritario en aras de desactivar la creciente presión de diferentes actores, reconociendo ciertos derechos políticos y civiles a los individuos para conservar, e incluso aumentar, su legitimidad. Se abocó también a la construcción de mecanismos de acompañamiento, que simularan la participación política de actores testimoniales con la clara intención de otorgarle cierta solidez democrática a los relevos presidenciales del PRI.

Esta participación política acotada, esta pluralidad simulada, que beneficiaba enormemente al partido hegemónico por la imagen internacional que lograba proyectar, como un partido político que de hecho ganaba elecciones, centraba su éxito en la participación de aquellos proyectos políticos débiles y diminutos a los que se les permitía existir siempre a capricho del régimen. Estos acompañantes eran la fauna de compañía del sistema.

Así, el PRI-Gobierno se presentaba como una señora muy elegante, con joyas despampanantes, que caminaba altiva por la plaza de la república con sus perritos falderos. Nunca ya sola, acompañada siempre por animalitos dóciles a los que acariciaba con ternura, a sabiendas de que nunca morderían la mano que los alimenta.

Hoy, en el México pseudo democrático, donde la alternancia en el poder no ha significado más que la negociación y reparto de facultades meta constitucionales entre distintos actores, los partidos políticos en primerísimo lugar, y sin auténticos mecanismos de empoderamiento ciudadano, vemos que estos comportamientos indignos se repiten no ya como resultado de un diseño institucional que privilegia los intereses de un actor sobre el otro, sino como producto del cálculo político de los involucrados. Es decir, hay quienes buscan deliberadamente la servidumbre, por los enormes beneficios que esto les significa.

Veracruz, por supuesto, es clara muestra de ello. Aquí, un gobernador que se presume demócrata ha conseguido un perrito que le brinde compañía. Se llama PRD, es muy dócil y cariñoso. Al buscar fauna de compañía, lo dicen quienes saben, importa mucho el comportamiento y la adaptabilidad del sujeto; se solicita sumisión absoluta. El gobernador ha elegido bien, ni quien lo dude. Ahora puede decir nosotros en lugar de yo, cuestión muy importante al justificar alianzas y coaliciones, particularmente cuando estas se diseñan para imponer proyectos hereditarios de corte monárquico. Le sirve también para dar golpes de estado y violentar la soberanía legislativa, además de criminalizar a las mujeres que piden decidir sobre su propio cuerpo.

Menudo perrito faldero acabó siendo el PRD. Y sin embargo, su actuar demanda de nosotros la mayor claridad posible; el PRD no es un parásito, como algunos equivocadamente afirman. El parasitismo en última instancia le implica un daño al participante huésped, del cual el parásito depende. No, el PRD es fauna de compañía porque a su dueño, el gobernador Yunes, le significa un beneficio personal, y nada más. Y ellos también ganan. En el sistema del saqueo y el latrocinio institucionalizado, el despojillo, las sobras, también valen. De eso se vive, y se vive bien ■