Sociedad y Justicia

La otra pobreza que exhibió el sismo

septiembre 17, 2017

Me pregunto por dónde empezar. Bueno, primero mi reconocimiento a las fuerzas armadas porque una vez más, mostraron ser la institución con más entrega, orden y determinación ante una contingencia a gran escala. El sismo que el pasado jueves sacudió a la mitad del país, nos recordó una tercia de cosas: 1) que distamos aún de la posibilidad de impedir que la fuerza de la naturaleza, en cuestión de segundos, pueda arrebatar todo aquello preciado para el hombre, máxime cuando los peores estragos se los llevó la segunda entidad más pobre de México; 2) que la cultura de la organización civil desde el terremoto de 1985 ha sido el único progreso visible y continuo, digno de calificar como infalible; y 3) que siempre han existido (y existirán), en sus respectivas magnitudes, personas capaces de lucrar con el dolor de los demás. A continuación, algunas reflexiones sobre estos puntos.

Los números que arrojó un estudio preliminar minutos después del temblor, provocó que la mayoría de nosotros evocara la desgracia que invadió a la Ciudad de México. Tragedia que el próximo 19 de septiembre cumplirá 32 años. No obstante, esta ocasión las circunstancias determinaron que los peores daños se los llevara el Istmo de Tehuantepec, especialmente el estado de Oaxaca.

Y es que la pobreza ha sido un factor determinante en la crudeza de los movimientos telúricos. Basta mencionar el terremoto de 7.1 escala Richter que experimentó Haití el 12 de enero de 2010, el cual prácticamente desapareció a su capital, Puerto Príncipe. Los datos oficiales que se dieron a conocer un año después del sismo por el entonces primer ministro haitiano Jean-Max Bellerive fueron desoladores: 316 mil personas fallecidas; 350 mil personas heridas y 1.5 millones más se quedaron sin hogar. Los procesos de restauración del país caribeño han sido lentos. A pesar del apoyo internacional, ¿cómo llevar a cabo el proceso de reconstrucción cuando eres el país más pobre de América y posees la renta per cápita más baja del hemisferio occidental?

El mismo fenómeno se reproduce en la entidad oaxaqueña, pues su restauración no será nada fácil. El hecho de que los sismos son fenómenos impredecibles, deriva en la cultura de la prevención que consiste en la arquitectura de inmuebles resistentes, la entrega de estudios profesionales de diseño a las autoridades municipales antes de cualquier construcción y la designación de espacios para albergues. Cuestiones imposibles cuando, de acuerdo con el estudio sobre la evolución de pobreza y pobreza extrema nacional del Coneval en 2016, 70.4% de la población vive en condiciones de pobreza y otro 26.9% vive en pobreza extrema. Las prioridades de los oaxaqueños son sus carencias sociales: qué comer, qué vestir y qué diantres hacer si la enfermedad toca la puerta. Qué hacer antes y después de un posible temblor, es el último de sus pendientes.

Sobre esto último, no existe evidencia más clara que los municipios aledaños a Juchitán que no han tenido la suficiente atención mediática ni la presencia del gobierno federal. Localidades como Unión Hidalgo que, además de reportar pérdida de vidas y daños materiales, quedaron sin servicios de agua, luz y la única vía de entrada y salida quedó severamente dañada. Claro, no hay señal de internet ni para celulares en dicho municipio. Solo teléfonos fijos que quedaron inservibles.

¿Y qué decir de la clase gobernante? Nada relevante. El presidente Peña Nieto cumplió con el estricto protocolo de acudir junto a los damnificados y visitar los sitios devastados por el sismo. No resuelve mucho, ni siquiera sirve que él esté allí, pero está. El terremoto del 85 marcó la muerte política de los ejecutivos federales durante esta clase de sucesos. El estigma fue heredado por Miguel de la Madrid Hurtado, el primer presidente que jactaba de iniciar con la "brillante" generación de mandatarios tecnócratas, pero cuyo silencio e incapacidad de dirigir una nación aterrada y confundida, vio nacer a la nueva sociedad civil capaz de prescindir de las autoridades ante las catástrofes naturales.

Empero, fue otro cantar en Veracruz. Yo no creo en las coincidencias ni acciones aisladas. Menos en el ámbito político. La entrega de despensas con el slogan de Yúnete en las zonas marginadas y azotadas por el temblor en Coatzacoalcos, terminaron en la destitución de tres empleados de gobierno involucrados en esta aparente acción altruista. Muy bien, supongamos que sus intenciones carecían de cualquier trasfondo partidista, sin embargo, dentro de su sapiencia, ¿no se les ocurrió que emplear unidades vehiculares con etiquetas que aluden al apellido de la familia gobernante, cuando ya comenzó el proceso electoral de 2018, podía interpretarse como un vil acto de campaña? La pobreza intelectual, es igual de grave que la pobreza de valores. Máxime cuando se trata de funcionarios públicos.

Las enardecidas redes sociales evidenciaron este probable delito electoral. Al mismo tiempo, han sido los reflectores de quienes no entienden que la solidaridad deja de serlo cuando se hace pública. Me explico: los exponentes de la escuela funcionalista de la comunicación, establecen que dicha ciencia posee dos funciones sociales primordiales y una disfunción. Sobre las primeras dos, tenemos a la función de conferir prestigio y la función de reforzar las normas sociales; la tercera se le conoce como la disfunción narcotizante.

La función de conferir prestigio se ha trasladado de forma paulatina al campo de las redes sociales, abandonando así los medios tradicionales de comunicación, pero cumpliendo su cometido de enaltecer las individualidades a través de actividades colectivamente aceptadas. En un discurso más simple, las redes sociales son el albergue de miles de personas que esperan la aprobación de los demás tras dar a conocer los "actos de caridad" que realizan. ¿Es necesario publicar su foto en Facebook recolectando víveres para nuestros hermanos del Istmo de Tehuantepec? ¿Si no lo hace carece de valor su obra?

Hace unos días hablé de la crisis moral del Estado mexicano, pero da la impresión que existe también una pobreza de valores que infecta a ciertos actores de la clase política. Pobreza que ha quedado al desnudo con el evento del sismo y que a su vez se reproduce entre agentes de la población civil. El dolor de los demás fácilmente se transforma en un escenario donde salen a flote intereses personales y la empatía no es más que una actitud en espera de ser aplaudida. Y eso, estimado lector, también es alarmante.