Política

El Quijote contra el muro

septiembre 14, 2017

El mundo parece, a pesar de sus múltiples analogías y vasos comunicantes, y en plena época técnica de una mundialización de nuestras vías de comunicación e intercambio de ideas y productos comerciales, parece, no obstante, atacado de nuevo por lo que de forma simbólica podemos denominar "el muro".

El muro no sólo apunta a un hecho material patente: ladrillos y cemento que dividieron el Berlín Este del Berlín Oeste, o el supermuro que pretende la política de Donald Trump en la frontera sur de EU para dividir, diferenciar de forma exclusiva, a los americanos auténticos de los americanos mexicanos. También ha habido muros jurídicos como el de la Alemania nazi de 1935; año en el que se instauraron las Leyes de Núremberg, gracias a las cuales se levantaba un muro infranqueable entre los alemanes puros y los impuros (judíos). En fin, los Reyes Católicos de España levantaron otro muro al expulsar a los judíos de España en 1492.

Suele decirse en filosofía y en psicología que el muro es el estado fascista de la mente. Una forma de pensar basada en la diferencia contra los otros que no son como nosotros; una forma de actuar en la polis desde el punto de vista de una pretendida identidad cuyo último fundamento es la raza, la religión o la lengua. Desde este ángulo, se dividen a las personas en auténticas e inauténticas. Todo lo que es extraño a esa mitológica identidad nacional se percibe como una amenaza. El estado fascista de la mente es el origen de la construcción de los muros que enfrentan a unos seres contra otros. Y, desde el punto de vista de la filosofía política, representa la humillación de la libertad en aras de la seguridad en manos de un dictador.

Pues bien, ¿por qué El Quijote contra el muro? Porque la novela moderna que fundó cervantes se basa en la libertad de perspectivas o diferentes percepciones sobre el mundo. ¿Qué mundo? El mundo renacentista-moderno representado en la novela a través de su pluralidad lingüística. Es fácil de entender. El género literario de la épica era el representante de una sociedad monolingüísta y estrechamente jerarquizada en base a sus héroes que siempre son de sangre azul. Recuerden, por ejemplo, que Ulyses y sólo los compañeros de sangre azul son los únicos que cuentan en la narración; son ellos los únicos narradores de la Iliada y de la Odisea. Por lo tanto, la épica no dejaba de ser, para Cervantes, un muro entre la realidad cotidiana y los héroes. Algo parecido ocurría en aquellos libros de caballería contra los que se escribe El Quijote.

El paisaje, la circunstancia, de la novela moderna ya no es el monolingüísmo, una sola lengua, sino el plurilingüísmo. En el caso de El Quijote al menos tenemos ya tres lenguas: castellano, árabe y judío. Esta novela funda al género literario como tal (novela moderna) porque su estilo, su escritura, ha roto con los muros y fronteras identitarios para descubrirnos que una lengua, la que sea, solo se puede estudiar a la luz de otras lenguas. Y la genialidad cervantina fue llevar a la praxis esta nueva teoría lingüística que deja atrás lo premoderno o aislamiento de una cultura contra otra. El propio nacimiento novelístico de esta obra surge de un espacio histórico en el que confluyen tres lenguas, tres culturas y tres religiones. Y gracias a que no se levantan muros sino puentes entre las distintas orillas, es por lo que el nacimiento novelístico de esta trama narrativa se fundó en la traducción entre el árabe y el español. El menaje de la novela moderna es claro: no vivimos aislados; nuestra propia trama narrativa siempre depende de los otros.

No hay una sola historia, sino tantas como personajes o perspectivas. A unos Aldonza Lorenzo le puede parecer que es Dulcinea del Toboso; pero para otros, tal vez, sea la mejor mujer de la Mancha que sabía castrar cerdos. Puede que eso que se ve ahí, al borde del camino, sea una palangana en donde los barberos afeitan la barba; pero para otros ese objeto es, sin la menor, duda el yelmo de Mambrino, aquel héroe mítico de los libros de caballería.

El mensaje es obvio: el mundo no es o blanco o negro; sino que admite una pluralidad de interpretaciones. La libertad, la alegría del vivir, la felicidad y el ideal de justicia no pueden ser obras del estado fascista de la mente. ¿Qué le falta al muro que tanto le sobra a El Quijote? La ironía, la risa, nuestro buen humor ■

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