Política

Distopía yunista

agosto 25, 2017

El gobierno panista-perredista de Miguel Ángel Yunes Linares sigue deslizándose en una amorfa y continua línea distópica en la que la impudicia, la opacidad y el ocultamiento de la realidad con fines claramente electorales sólo prolongará muchos años más la crisis institucional que dejó como herencia el régimen de la cleptocracia, encabezado por Javier Duarte de Ochoa.

Es la política ficción de un gobierno que para satisfacer a sus seguidores se reconoce en supuestos logros sólo visibles para el núcleo duro de la burocracia gubernamental, pero ajenos para el resto de la sociedad que observa descorazonada cómo se diluye la esperanza puesta en una alternancia política, que además discurre hacia la constitución de un régimen hereditario en el que el derecho de sangre es mucho más importante y valioso que cualquier valor democrático y civil.

Lo peor del caso es que las instituciones partidistas que en suma poco heterodoxa lograron acabar con la hegemonía priísta, colaboran en desvirtuar el innegable logro de la alternancia al asumir una actitud de sumisión ante el gobierno autocrático de Veracruz que vela armas para tomar por asalto nuevamente el poder en las elecciones masivas del año entrante.

Es el de Yunes Linares un gobierno gris y opaco, inmóvil frente a la crítica ciudadana e incapaz de dar respuesta coherente a la demanda social por empleo y seguridad, pero al mismo tiempo enormemente contradictorio al retomar las peores prácticas del odiado duartismo referente al manejo del erario, su visión facciosa de la realidad, la insensibilidad frente al drama de los grupos ciudadanos en busca de sus desaparecidos o el desinterés por mejorar las condiciones de seguridad en el ejercicio del periodismo.

Pero más allá de que el gobierno incumple con sus obligaciones más elementales para con la sociedad, entre otras, el deber de informar puntualmente y rendir cuentas de sus actos, pues la administración pública no es gozosa empresa particular ni su ejercicio se da por derecho divino, resulta verdaderamente lamentable cómo es que a pesar de la muerte de 22 periodistas, el exilio y la persecución de otros más y que denotaron al gobierno duartista en el nivel internacional, se siguen utilizando los mismos esquemas argumentativos para explicar institucionalmente ese deleznable hecho delictivo al que al parecer le ha gustado anidar en Veracruz.

De la mano del subsecretario de Derechos Humanos, Roberto Campa Cifrián, por cierto, amigo cercano de Yunes Linares cuando ambos formaban parte de la cuadra de políticos beneficiados por la prestación de sus servicios a la profesora Elba Esther Gordillo Morales, al gobernador veracruzano le vinieron a sacar las castañas del fuego cuando el funcionario federal dictaminó que el asesinato de Cándido Díaz Vázquez nada tuvo que ver con el análisis de riesgo del periodista, tiene que ver con otros riesgos vinculados con las personas que perdieron la vida en el evento.

Así de tajo, sin mayor información que la proporcionada por el gobierno estatal, Campa Cifrián se apresuró a apagar la hoguera que se le viene encima al gobernador cuando Veracruz se pone nuevamente en la mira internacional por ser la región más peligrosa del mundo para el ejercicio del periodismo. Así ayuda a Yunes Linares a aceptar sin dilación la certeza de que a Cándido lo mataron no por ser periodista sino por estar parado en el lugar equivocado.

Eso, subsecretario, no ayuda a la familia del periodista asesinado, ni mucho menos al resto de reporteros veracruzanos que nuevamente pueden estar, según sus palabras, en el sitio equivocado; eso ayuda, y mucho, a su amigo, el gobernador.