Política

Anatomía de la oposición: el llamado del PAN y PRD

julio 06, 2017

Una alianza anti PRI no es nueva. Lo novedoso en realidad del recientemente anunciado frente amplio opositor, es que también lo fundamenta un propósito anti Morena, o lo que es lo mismo, la finalidad de que Andrés Manuel López Obrador no gane en 2018. La fragmentación política en nuestro país, a la que ya he dedicado varias líneas, es lo que permite esta convocatoria para que de un esfuerzo entre partidos, candidatos independientes y ciudadanos sin partido, se elabore una agenda y se elija un candidato común que convenza y alcance poco más del 35% de la votación total en las próximas elecciones presidenciales. El porcentaje suficiente para obtener la victoria.

Aunque la fórmula en apariencia es sencilla, desarrollarla será complicado. Hay al menos tres obstáculos a vencer para que esta nueva mayoría sea posible: 1) Los partidos políticos que la integran; 2) La desconfianza ciudadana y 3) Los actores que llevan años poniendo en marcha su proyecto presidencial. Compartiré a continuación algunas notas sobre estos tres puntos.

En primer término, no hay que perder de vista que los partidos que convocan este frente democrático, son el PAN y el PRD. Aunque es bien conocido que en México las diferencias ideológicas de los partidos no son un impedimento para que estos formen alianzas, sus particulares aspiraciones políticas significan un lastre. Esto es así porque las plataformas políticas no la integran únicamente sus dirigentes nacionales ni tampoco una decena de individuos, existen fracciones y grupos dentro de ellos que pueden provocar la ruptura y posterior fracaso del frente.

Si bien es cierto que la alianza PAN-PRD fue de las más exitosas durante el pasado proceso electoral, la inclusión de un tercer o hasta un cuarto partido, cambia por completo el panorama. En un escenario donde el frente estuviese integrado únicamente por Acción Nacional y el sol azteca, el posicionamiento político del partido dirigido por Ricardo Anaya, daría pauta a que éste llevara la voz cantante durante las negociaciones. Con Movimiento Ciudadano y la virtual incorporación del Partido Verde Ecologista por México a la mesa, se debe encontrar la manera en que todos participen equitativamente y las reglas operativas tanto de elección de candidato como de elaboración del plan de trabajo, no estén cargadas hacia ningún partido. A su vez, que las minorías internas no frustren ningún acuerdo pactado.

Sinceramente, la sola idea de que el PVEM forme parte del frente amplio democrático, lo infesta de dudas, pues este partido además de inclinarse históricamente hacia el mejor postor, ha sido un aliado natural de PRI, justo como lo señaló el presidente del senado y senador por el Verde Ecologista, Pablo Escudero. Está bien que la política mexicana no es el ejercicio coherente por excelencia, pero sí queremos que esto funcione, deben existir ciertos límites. Una posible integración del Partido Verde sería, por el momento, una contradicción a los fines de este llamamiento opositor.

Ahora bien, el escepticismo ciudadano es el segundo obstáculo por superar. Cualquier tema relacionado con partidos políticos provoca ipso facto un destello de incredulidad en la psique de los mexicanos. Las propuestas para que este movimiento de oposición al establishment no se reduzca a un tradicional reparto de poder en lo oscurito entre personajes aún más tradicionales, han surgido en los últimos días. A propósito, Héctor Aguilar Camín sugiere que después de elaborar una agenda de gobierno de cinco puntos, ésta se convierta en la materia de debate entre quienes sean aspirantes a ser el candidato del frente. El debate será organizado por un consejo ciudadano de moral inobjetable; los precandidatos, que pueden o no pertenecer a un partido, deben cumplir con los requisitos que exige la norma así como tener antecedentes de intención de voto a su favor en alguna encuesta pública.

Posteriormente al primer debate, se levantaría una encuesta a nivel nacional para evaluar el desempeño de los participantes y así determinar quiénes continuarán en la competencia. La misma lógica se repetiría dos veces más hasta determinar un primer lugar que se convertiría en el candidato presidencial común. Estas propuestas son impecables, sin embargo, tengo mis reservas.

La primera de ellas es la complejidad de la planeación de este proceso y el alcance mediático que pueda haber entre la población. Los precandidatos independientes tendrían una clara desventaja frente a los aspirantes partidistas que tal vez puedan poseer un desempeño menor durante el debate pero que gozan de mayor popularidad entre los encuestados. Garantizar la igualdad de oportunidades y que los puntajes sean acorde a la calidad de participación durante los debates, dejando de lado otros aspectos, es un verdadero reto.

Por otra parte, la segunda observación a esta metodología es el instrumento que asegure el respeto por parte de todos los precandidatos al resultado final. Si el objeto de este frente es evitar la fragmentación del voto, debe pensarse en la forma de que todo aspirante no favorecido renuncie a sus aspiraciones presidenciales. No es nada fácil porque se encuentra de por medio el derecho humano a ser votado reconocido en diversos tratados internacionales y en nuestra Constitución Política.

Sobre esto último versa el tercer punto. Realmente es poco probable que las personas con largos proyectos para ser consideradas candidatos presidenciales, se atrevan a arriesgar su futuro en un volado. Mucho menos si, en efecto, el anverso de la moneda es un proceso plural y el reverso un proceso cien por ciento democrático. Gran parte de la presión que reciben Alejandra Barrales y Ricardo Anaya para que de plano este frente democrático no se concrete y opten por otra vía para que el PRI abandone los Pinos y al mismo tiempo se impida que AMLO se convierta en presidente, es cortesía de los posibles candidatos que no reservan muchas esperanzas para sí en un proceso interno con más competencia.

No habría mejor acierto para nuestra democracia que este frente se concrete bajo los principios de transparencia y participación ciudadana. No obstante, una vez más, la pelota está en cancha de la clase política y sus intereses. El tiempo continúa su carrera y ya es para que existiera un manifiesto que formalizara este llamado de la oposición. Ojalá todo este alboroto y altas expectativas no sean para nada y sea el comienzo de una nueva etapa en la vida pública de México ■