Política

¡Empaquen todo! Nos mudamos de régimen

junio 22, 2017

Aún no se agota la tinta sobre lo que sucedió el 4 de junio. Día a día aparecen nuevos análisis sobre lo que podemos esperar para las elecciones presidenciales de 2018 e incluso algunos nos hemos atrevido a asumir el rol de médicos: diagnosticamos y damos posibles tratamientos para los síntomas de una democracia resfriada (pálida y sin vigor). Sobre esto, muchas personas bien intencionadas han cuestionado mi último artículo sobre la segunda vuelta y volver el voto obligatorio como alternativas para las deficiencias del sistema electoral mexicano. Me preguntan que si estas dos medidas bastarían realmente para contrarrestar la fragmentación política en nuestro país y de esta forma generar un buen gobierno. Les contesto que reparar una casa es menos costoso que mudarse a otra. Me explico.

Todo lo que se ha dicho y escrito para tratar de contestar esta interrogante es en atención a nuestra realidad, es decir, un presidencialismo defectuoso que, al menos en México, se caracteriza últimamente por tener gobiernos sin mayoría legislativa. Como bien dicen, hacemos lo que podemos con lo que tenemos. No obstante, en suma a las propuestas que he planteado, me parece que otra alternativa para evitarnos más dolores de cabeza en la búsqueda de reformas para contrarrestar esta descomposición política sería dar el paso hacia la conformación de un régimen parlamentario. Así es, borrón y cuenta nueva.

Existen muchos argumentos para sostener esto último. Entre los más atractivos sobresalen algunas estadísticas que relacionan la estabilidad democrática y progreso socioeconómico de algunos países con su forma parlamentaria de gobierno. Claro, no hay que dejar de lado las demás posturas que tachan de espejismo a este dato, pues pierde de vista que la crisis democrática en Europa que se desarrolló entre la primera y la segunda guerra mundial, consistió en el derrocamiento de sistemas parlamentarios.

Antes de continuar, conviene puntualizar que la esencia del parlamentarismo es que el poder Ejecutivo-Legislativo se comparte. No existe una separación entre gobierno y parlamento. Además, sobre la línea de Giovanni Sartori existen dos variedades principales de sistemas parlamentarios: en un extremo está el sistema de primer ministro o de gabinete y del otro lado se encuentra el tipo francés de gobierno por asamblea. No ignoro la existencia del parlamentarismo controlado por los partidos políticos, pero esta ocasión me referiré únicamente a los primeros dos.

Respecto al primer tipo, el sistema de gabinete por antonomasia es el inglés. Éste consiste en que el parlamento designa a un primer ministro que se posiciona por encima de éste. El primer ministro británico dirige el gobierno y tiene una libertad absoluta sobre los integrantes del parlamento y sobre los miembros de su gabinete. Al mismo tiempo, este modelo supone el gobierno de un solo partido sin ningún tipo de gobierno de coalición, siendo el primer ministro líder del partido gobernante.

Ahora bien, el parlamento por asamblea es totalmente lo contrario. Su característica primordial es que el gabinete no dirige la legislatura, ya que el poder no radica en un solo partido debido a la multiplicidad de estos. Además, se aprecia una falta de disciplina partidista, la cual se traduce en que a la hora de una votación, existe la posibilidad de que los miembros de los partidos vayan en contra de los lineamientos de su plataforma, lo que provoca que los ministros y sus gabinetes no puedan actuar de forma rápida y decisivamente por la falta de apoyo legislativo.

Si transitáramos al régimen de parlamento, indudablemente nos ubicaríamos en la segunda variante. La significativa cantidad de partidos políticos que existen en el país daría pauta a ello. Asimismo, en los últimos años se ha dado una discusión doctrinal interesante sobre las ventajas del sistema parlamentario sobre el régimen presidencial. A este debate se han sumados tratadistas que argumentan principalmente que mientras diversas democracias de sistema presidencial fracasaron, como el caso de Chile con el golpe de Estado encabezado por Pinochet, las de sistema parlamentario mantuvieron su estabilidad. No estoy de acuerdo porque, como mencioné líneas arriba, se pierde de vista que ambos sistemas han sido objeto de perversiones que tumbaron la estabilidad del propio gobierno y, en consecuencia, derrumbaron la democracia.

Otros argumentos que resultan un tanto más convincentes son los mecanismos que se crearían para formar un gobierno parlamentario, ya que la condición para erigirlos es que haya una mayoría previa, negociada o ganada en las urnas por parte de quienes van a gobernar. En relación a esto, los gobiernos de coalición que necesariamente deben existir en los parlamentos de asamblea serían producto de un pacto entre dos o más partidos que, además de obtener la mayoría de las curules, dé paso a una agenda pública que supere cualquier desacuerdo y tenga ante la sociedad una voz clara y legítima. Para lograrlo, quien aspire a ser electo ministro, debe ser la mismísima personalización del liderazgo.

Finalmente, reitero que para atender los estragos de la turbulencia democrática por la que atravesamos, no debemos cerrarnos a ninguna idea. Eso sí, el simple hecho de pensar en transitar a un nuevo sistema de gobierno, sería admitir que lo hecho hasta el momento no nos salió bien. Como dije en un inicio, es más fácil parchar, reparar o inclusive remodelar una casa que mudarnos a otra. La casa es nuestra democracia, pero con tantas grietas y agujeros, no duden que más gente en el futuro gritará: ¡Empaquen todo! Nos mudamos.