Política

House of Cards y la democracia mexicana

junio 09, 2017

Existen muchas lecturas sobre lo que sucedió este domingo. La virtual (e inminente) victoria del PRI en estados clave como Estado de México y Coahuila, representa el punto de partida para cuantos análisis queramos hacer de cara a la sucesión presidencial del próximo año. Otra evaluación que vale la pena mencionar, es la victoria material de muchos actores y partidos políticos que protagonizarán el, aún con demasiados elementos y espacios rellenados, todavía incierto escenario llamado 2018.

No obstante, esta ocasión me gustaría dar un paso atrás y dejar para futuras líneas estos temas tan socorridos. Hoy, estimado lector, me gustaría enfocarme, más que en los jugadores, en su estilo para jugar. Voy a explicar esto último.

En primer término, sin ánimo de un acto de publicidad, le recomiendo mirar la serie de televisión House of cards. Este drama político versa sobre un congresista estadounidense de origen humilde que utiliza cualquier medio, ya sea lícito o fuera de la ley, incluso inhumano, para ejercer el poder y conquistar la Casa Blanca. La forma en que lidia con otros políticos, Jefes de Estado y consigo mismo, hacen de este programa una entretenida y seria crítica al mundo jurídico y a la clase política de Estados Unidos de América.

¿Le recuerda a algo? Sí, yo también pensé en la democracia mexicana. Y es que al menos en nuestro país, la democracia es un juego de naipes en el que algunos les interesa más su permanencia que llevarse la victoria, sintiéndose lo suficientemente influyente para llevar a cabo el papel de kingmaker (hacedor de reyes).

El ejemplo más fresco de esto último, es el del PRD en el Estado de México. Juan Zepeda no sólo garantizó que el Sol Azteca mantuviera el registro, además le inyectó un importante capital político a la carta de presentación de su partido. Sin lugar a dudas, la serie de ultimátums que dio el dirigente nacional de Morena, Andrés Manuel López Obrador, para que el candidato del PRD declinara a favor de su candidata Delfina Gómez, fue una estrategia poco convencional para lograr una alianza. Algunos políticos no entienden a patadas, hay que darles mejor un palmadita en la espalda. Finalmente, después de alcanzar poco más de un millón de votos en esta jornada electoral, el PRD puede sentirse ganador, y quien desee aliarse con él en las próximas elecciones, tendrá que ofrecerle mucho más que sólo migajas.

La realidad de nuestra democracia es que cada proceso electoral trae consigo un diagnóstico aún más preocupante. Pareciera que la única forma de ser competitivo y obtener la mayoría en las urnas es transgrediendo la ley y sus instituciones. El aparente triunfo de Alfredo Del Mazo y el modus operandi del Revolucionario Institucional en esta jornada electoral, son una de las tantas evidencias de ello.

De un extraordinario artículo de René Torres, profesor investigador de ciencia política de la Universidad Iberoamericana, extraigo los siguientes datos: más del cuarenta por ciento de la población del Estado de México (tres millones de personas) gozan de los beneficios de un programa social. El aún gobernador Eruviel Ávila, grita a los cuatro vientos esta cifra. No obstante, tampoco es un secreto la exorbitante cantidad de tarjetas que obsequió la campaña de Del Mazo al electorado para que éste tuviera fácil acceso a los programas sociales. Claro, esto como estímulo para recibir su voto a cambio. Hasta se preocuparon por darle nombre a las tarjetas: la rosa, la fuerte y la efectiva. Aparentemente no es suficiente cometer un delito electoral; el ingenio y la picardía deben ser accesorios.

Desafortunadamente, existen antecedentes de que las autoridades electorales, después de muchas semanas, terminarán por sancionar sin eco ni efecto alguno esta práctica. Lo más lamentable es que tanto el INE como sus Oples, organizan elecciones de una forma impecable. Pero cuando se trata de atender toda esta ola de trampas, delitos y simulaciones electorales, como los sobregastos o irregularidades durante las campañas, consejeros y magistrados se cruzan de brazos para verse superados por los partidos políticos. No hay nada más triste y penoso que ver cómo los jugadores se pitorrean de los árbitros. Bueno, sí hay algo peor: los árbitros siguen cobrando miles de millones de pesos por no hacer nada n

Hasta resulta natural que ciertos actores políticos descalifiquen y pongan en jaque a las instituciones. Si no les favorece el resultado en las urnas, recurren a la cultura de la desconfianza y a la descalificación. Por si faltaba más, inyectan en la ciudadanía el virus mortal de la duda y la incertidumbre hasta de lo que sí se está haciendo correctamente.

La gente está harta de la retórica de la clase gobernante y de quienes aspiran a gobernar; está cansada del sistema de partidos y, sobre todo, de no ver una plataforma que ponga solución real a las necesidades elementales de la población ni un proyecto viable de desarrollo nacional. A estas alturas, para la gran cantidad de dinero que hemos invertido en mejorar la calidad de nuestra democracia, el tiempo que ha tomado hacerlo y el sinnúmero de reformas a la normatividad que le da vida, no deberíamos estar en las circunstancias de que gana el que mejor sabe hacer mal las cosas.

Ya están sobre la mesa muchas propuestas que se discuten para regular la competencia democrática. La segunda vuelta, por ejemplo, ayudaría a transparentar y limpiar el pantano que son las campañas. Ya ni hablemos de la legitimidad que tendría el candidato electo. Reformar el sistema de fiscalización de las autoridades electorales para que los topes de campaña se respeten, es también otra alternativa.

Que haya soluciones y que éstas se implementen, dependerá en mayor medida de la voluntad de la clase política. Más bien, dependerá de si a sus intereses conviene. Por el momento, para realizar un balance final del asunto, habrá que esperar a que el último medio de impugnación sea resuelto para dar por concluido este proceso electoral tan importante. La primera impresión siempre cuenta, y a como vamos, nuestra realidad es más asombrosa y desalentadora que cualquier telenovela política de Netflix.