Política

Para que te desayunes

marzo 14, 2017

Echarle la culpa a Duarte de lo que nos pasa, equivale a dotar a esa persona de más poder del que realmente tiene. Duarte no está solo, en todo caso. Han sido todos los individuos que trabajaron al lado de él, bajo sus órdenes, dentro de su partido, a su servicio, bajo su gobierno, los que en el fondo merecen un juicio histórico y moral. De hecho, han sido todos los que lo apoyaron y sacaron raja de su gobierno, los que ameritan un repudio. Ahora que el barco se hunde, las ratas saltan, buscan refugio más allá de las fronteras, marcan sus distancias, piden su excomunión. Sin embargo, a lo largo de seis años, ahí estuvieron, disfrutando de buenos salarios, ingresos extraordinarios, ganancias espléndidas, empleos de escasa utilidad pública pero de inmenso beneficio privado. Ahí estuvieron: adulando al señor autoritario.

En realidad, Duarte es el símbolo de un modo de gobernar: el del PRI. Llegó al poder bajo el apoyo de este partido y de quien mandaba en ese partido: Fidel Herrera Beltrán. El mecanismo que permitió que éste —y los que le siguieron— utilizaran los bienes públicos para hacerse de una riqueza escandalosa, es el que merece toda nuestra atención en el momento actual. No es un problema solo de Veracruz, aunque aquí alcanzó magnitudes escandalosas. Ahí tenemos al líder nacional del PRI, con una declaración de ingresos que nos permite apreciar lo que ha sido el servicio público para estos personajes que se cobijan bajo el partido tricolor: un modo de aprovecharse de la función pública para hacer negocios a costa del bienestar de la colectividad. Ahí tenemos al señor presidente (de Peña ajena) acumulando fortunas cuyo origen no es inexplicable.

Los Yunes —azules y rojos— por supuesto que participan de ese modelo. Su modo de vida, su nivel de ingresos, su patrimonio y sus aspiraciones, indican que forman parte del mismo modelo: se trata de llegar al poder para hacer negocios y acumular fortunas. Se trata, hoy lo vemos, de una empresa familiar.

Aunque cada día pesan menos las ideas para distinguir a los partidos, es necesario que las ideologías se expresen. Sabemos que la derecha defiende cierto conservadurismo social y que incluso ahora se proclama neoliberal, y que la izquierda impulsa propuestas para acabar con la injusticia y por ello se pronuncia contra las propuestas neoliberales (que solo agudizan la desigualdad y la pobreza).

Sin embargo, llama la atención la capacidad que tienen algunos individuos para saltar de un partido a otro. Pareciera que su único propósito es depredar los fondos públicos (es decir, enriquecerse utilizando la función gubernamental). Así, los vemos pasar del PRI al PRD o al PAN o al VERDE, lo cual sólo indica que su verdadero interés es ese: acceder al poder no para defender un programa político específico sino para obtener nuevas oportunidades de enriquecimiento ilícito. Tal vez esa sea la ideología dominante que hoy, por fortuna, la sociedad empieza a repudiar, un modo de pensar donde se han erosionado los principios éticos y se ha diluido la función esencial de la política: defender los bienes comunes.