Política

Por qué la violencia contra las mujeres es cosa de hombres

marzo 11, 2017

A pesar de que los colectivos feministas han exigido que se declare una alerta de género, en Veracruz esta exigencia ha sido poco atendida. Las razones que subyacen a la sordera de las instancias gubernamentales, parecen encontrarse en la economía, pero en el fondo se trata de una insensibilidad asociada al patrón machista que domina a la sociedad actual.

El incremento de la violencia contra las mujeres que se registra en nuestro estado en los últimos meses, debiera originar un dispositivo especial para atender su seguridad. Sin embargo, no vemos que ese dispositivo se ponga en marcha. La crisis que dejó el gobierno priísta en la economía estatal pareciera explicar la carencia de recursos que debieran destinarse a implementar mecanismos que garanticen la protección de los derechos a una vida libre de violencia.

Se gasta en cosas que no son tan prioritarias y los feminicidios proliferan. Las autoridades no adoptan las medidas que de modo urgente solicitan múltiples asociaciones preocupadas por la inseguridad galopante. Pero más allá de las acciones que son requeridas para fortalecer la protección que ameritan las personas agredidas por la violencia machista, se hace necesario reflexionar sobre la matriz que origina ese incremento de los feminicidios. ¿Por qué hemos llegado como sociedad a este punto?

Las relaciones de género atraviesan por un periodo crítico. Si bien la economía moderna engendró desde hace mucho un escenario en el que el cuerpo de la mujer se cosifica, colocándolo en el escaparate de la publicidad, la etapa actual ha profundizado esa cosificación. Asistimos todos los días, en la publicidad de cualquier mercancía, a la presentación del cuerpo femenino como un objeto, una cosa que, desposeída de voluntad, inteligencia y emoción, se ofrece como carne al apetito sexual. El erotismo queda despojado de sus atributos culturales, y la belleza se reduce a una serie de aspectos visuales que la publicidad manipula a discreción. Los videoclips en los que se difunden las canciones de moda suelen estar plagados de imágenes grotescas en las que el cuerpo femenino se contonea como un animal despojado de espiritualidad. Los anuncios de todo tipo de mercancías apelan a ese mecanismo psicológico cada vez más burdo de atraer la atención del consumidor colocando a la mujer en calidad de gancho seductor.

La violencia de género atraviesa entonces múltiples dimensiones de nuestra vida cotidiana. La mujer recibe baja estima en el mundo laboral, pues a pesar de realizar el mismo esfuerzo y ofrecer productos de la misma o mejor calidad, sus remuneraciones suelen ser inferiores a las del hombre. La falta de reconocimiento a sus aportaciones se extiende al mundo de la actividad científica y de la política. Incluso en el mundo del espectáculo, sus contribuciones artísticas se subordinan a su figura o apariencia física. Una cantante no triunfa por sus méritos musicales sino por la belleza de su cuerpo.

La resistencia a esa cosificación ha logrado detener los abusos en múltiples arenas, pero el hecho real es que el código machista y la publicidad han impuesto un patrón cultural que domina la percepción de las relaciones de género en todos los estratos de la vida social. La mujer es tratada como menor de edad, como sexo débil, como entidad subordinada.

Frente a ese modelo de relaciones, las sociedades modernas registran diversas movilizaciones orientadas a refrenar la dominación masculina. Paulatinamente, se reconocen derechos y se auspician medidas que garanticen la equidad de oportunidades y el respeto a las diferencias. Con todo, nuestro país y, en particular, nuestra región, padece un rezago inaceptable en la construcción de un espacio que brinde a las mujeres las mismas posibilidades de las que disfrutan los hombres. El hecho de que haya crecido la vulnerabilidad a la violencia, debiera suscitar una política de Estado dirigida a educar a todos y todas en todas las esferas de nuestra vida colectiva. No puede ser que solo dediquemos un día a reconocer la grave problemática en que nos hemos hundido al cabo de años de abandono. Es urgente que además de dar recursos a la alerta de género, se implemente un programa que eduque a todos los varones, de todas las edades, en el respeto a la equidad de género.