Política

De mujeres, días y dobles jornadas

marzo 09, 2017

Pese a dos guerras mundiales que incorporaron masivamente a las mujeres primero a la línea de producción en a las fábricas y luego en las muchas tareas de la guerra; pese a que la historia política del siglo XX no podría entenderse a cabalidad sin la lucha de las sufragistas por el voto femenino y la posterior incorporación plena de las mujeres a la guerra, cosa sobre la que las mujeres-soldado de la Revolución dieron lecciones sobradas tanto en el nivel raso como de la oficialidad. Pese a la presencia definitoria de las mujeres en la historia del país, el mexicano sigue siendo un sistema de convivencia y una sociedad esencialmente misóginos que desvalora a las mujeres en automático a pesar de los muchos, muchísimos discursos gazmoños que proclaman lo contrario.

De otra forma no se explica la abrumadora impunidad y sofocante indiferencia de gobiernos como los de Chihuahua o Veracruz, además del federal, desde luego, con la brutal secuencia de asesinatos de mujeres por años y que en su mayoría permanecen impunes.

Con todo y las luchas y los pasos hacia delante de la sociedad que han podido ser por el impulso definitorio que dieron las mujeres para ello, la sociedad mexicana es básicamente misógina.

Siglos de discursos manipuladores desde el púlpito crearon un ideal de lo femenino del que se espera que la mujer sea madre y esposa, cuidadora del bienestar físico y emocional de su familia mientras que para los hombres se reserva el mundo público, del saber, las ciencias, el trabajo y la política. Preconcepción y práctica que se trasmite en los procesos de socialización de una estructura patriarcal que alienta –ahora con más disimulo– la desigualdad de las mujeres.

Bajo los supuestos de las leyes de la naturaleza, a las mujeres se les conculcan sus derechos como personas, del de decisión sobre su propio cuerpo, a su sexualidad, a su salud, a su bienestar, a su participación social y política. Antes obligándolas a recluirse en el hogar, hoy a la doble jornada en el hogar y en el trabajo.

Y cuando son cuidadoras, educadoras, sanadoras y garantes de la trasmisión de valores sociales y culturales, a las mujeres se les escamotea el valor simbólico y económico de su trabajo.

Y sin embargo se mueven. Se rebelan mediante múltiples formas a cumplir con la obligatoriedad de un mandato injusto y arbitrario. Cuestionan lo incuestionable y con ofensiva frecuencia sufren consecuencias por ello.

Entre reflejos patriarcales y la religión, se incorporan inconscientemente los esquemas de dominación-sumisión que solamente ofrecen relaciones de poder como forma de vinculación entre varones y mujeres. Implican desigualdad de origen y siempre son violentas porque suponen el predominio y la valoración de los deseos, necesidades, intereses, creencias de los varones sobre las mujeres. La violencia masculina consiste en colocar a las mujeres bajo su poder real y simbólico. Todos los discursos y todas las religiones legitiman que las mujeres deben estar en manos de los varones al igual que sus destinos, pues ellos saben lo que es justo y legítimo.

Dicho en breve, se ha hecho mucho pero falta mucho más: hasta que todas las relaciones de pareja entre hombre y mujer se den sobre una base de igualdad.