Política

Lastres

febrero 26, 2017

Hace apenas unos días el papa Francisco hizo una declaración de profundo calado. Dijo que era preferible ser ateo que ser un mal cristiano. La afirmación tiene profundas implicaciones de todo tipo, político y filosóficas. Implica, por ejemplo, reconocer en el ateo la posibilidad una ética y un comportamiento compasivos y amables para con sus semejantes, algo que la cristiandad consistentemente se ha empecinado en contradecir y violentar amparándose en las más impensadas racionalizaciones. Eso fue la persecución a los filósofos, y curiosos de la naturaleza, los alquimistas, en el oscurantismo y o los múltiples avales que La Iglesia ha hecho de regímenes asesinos. Videla y Pinochet, para no ir lejos. Más el régimen franquista, más el régimen nazi al que Pío XII tanto se cuidó de no criticar en plena pesadilla europea.

La ultramontana iglesia mexicana, protectora contumaz de sacerdotes pederastas, reaccionaria y antipática, en el sentido de su completa carencia de empatía por sus semejantes, se opone sin ninguna razón y fundamento racional, y menos aun científico, a aceptar el reconocimiento civil y legal de las relaciones de pareja homosexuales y, por extensión, se opone también a aceptar que tales parejas adopten algún niño.

Así el gobierno del estado ha cedido a la presión del clero para echar abajo la Carta Matrimonial del Estado que evita hablar de hombre y mujer y define llanamente a los contrayentes como personas. Lo que permite el matrimonio homosexual. Una Iglesia empecinada en frenar la civilidad y a la sociedad antes que ocuparse del borbotón de injusticias que sufren los gobernados. Una Iglesia que ha guardado un sospechoso silencio durante la pesadilla del duartismo y sus secuelas.

Es un error hacer caso del clero cuando éste va en contra de los intereses de la sociedad y de la civilidad. Es verdad que la sociedad veracruzana es de mentalidad conservadora, pero sobre todo es verdad el doble y hasta triple discurso que por un lado reprueba y por el otro hace uso de eso que condena.

El Estado no tiene porqué calificar y reprobar las decisiones de adultos en ninguna materia, sea sexual o de hábitos de consumo de sustancias con fines lúdicos. Tiene, eso sí, la responsabilidad de proveer de orientación y tratamientos de desintoxicación para aquellos consumidores que lo deseen y requieran. Mucho menos tiene el Estado por qué sancionar y prohibir de derechos a las personas que desean formalizar su relación sólo por el hecho de ser homosexuales. Conculcar sus derechos es violarlos y es, esto sí, anticonstitucional. Mala cosa ceder a la presión de quienes hace nada en el estado, excepto lastrarlo.