Política

Mirador xalapeño

febrero 03, 2017

Enclave autoritario y transición

a la democracia en Veracruz

lo largo de la historia, de acuerdo con Andreas Schedler, los soportes básicos del dominio priísta dependieron de dos pilares fundamentales: un buen desempeño macroeconómico (altas tasas de crecimiento económico sostenido) y una suerte de clientelismo punitivo que canalizaba beneficios particulares a quienes apoyaban al gobierno y se los negaba a quienes se oponían a él ("régimen de castigo").

A juicio de este investigador adscrito al CIDE, ambas variables eran condiciones necesarias para mantener un "equilibrio autoritario auto sostenido". Si falta una o ambas, el equilibrio hegemónico se vuelve "inestable" o "autodestructivo". En consecuencia, de acuerdo con este punto de vista, sin buena economía y sin clientelismo punitivo, el equilibrio autoritario se acaba y con él la hegemonía. "Un régimen hegemónico, mientras siga siendo hegemónico, es un régimen en equilibrio. Cuando pierde el equilibrio, deja de ser hegemónico."

Sin embargo, para Schedler, el régimen autoritario también depende de otro elemento: la percepción que la población tiene de su capacidad de dominio y control. La estabilidad autoritaria depende de la percepción compartida (tanto por aliados como por adversarios) de la invencibilidad del régimen. Si esta percepción se debilita, entonces el régimen pierde uno de sus soportes fundamentales.

Al examinar la erosión que padece el autoritarismo priísta, es interesante observar lo que ocurre con su dinámica en el nivel regional. Hoy es evidente que en Veracruz, como en buena parte del país, el buen desempeño económico ha dejado de estar presente. La enorme corrupción que auspició el priísmo, solo agudizó el deterioro de la economía regional. Asimismo, es claro que el clientelismo punitivo, aunque se debilitó, no dejó de ser el principal mecanismo utilizado para contar con el apoyo popular.

Con todo, ante el creciente deterioro de esa bolsa de recursos, o más bien, ante la insuficiencia de esa bolsa para seguir comprando a todos los interesados, el clientelismo punitivo empieza a conocer severos trastornos. En las últimas elecciones, aunque se invirtieron fortunas para influir el voto, sus resultados empezaron a fallar.

Como todos sabemos, la base de recursos del clientelismo punitivo se encuentra en los fondos destinados a programas sociales. Si estos programas experimentaran una contracción, las poblaciones en condición de pobreza no tardarían en rebelarse. Su manejo discrecional por parte de las burocracias políticas (la mentada clase política), es lo que sostiene al régimen. No pueden dejar de otorgarlos.

De hecho, a pesar de las iniciativas para que estos programas sociales se atengan a reglas de operación que los aleje de su manipulación política, lo cierto es que siguen siendo utilizados como moneda para comprar el voto. Las poblaciones en condiciones de pobreza difícilmente tienen tiempo y apoyos para vigilar la forma en que se ejercen esos recursos. Las autocracias son los reinos de la opacidad y de la simulación.

El PAN, un partido que en el pasado impugnó al clientelismo punitivo, una vez que alcanzó el poder se incorporó con entusiasmo a su manejo. Tanto Fox como Calderón no pudieron resistirse a seguirlo empleando: utilizaron de modo sistemático los fondos de los programas sociales para sostenerse en el poder mediante la compra de la voluntad de los electores, entregando prestaciones y apoyos en las áreas donde la pobreza imperaba. Quien se negaba a apoyar, era amenazado de dejar de recibir apoyos.

De ahí que la decepción con ese partido no haya tardado en crecer. Su semejanza con el PRI nace de esa inclinación a utilizar los programas sociales como base de dominación. Y este fenómeno es la causa que origina la impugnación de muchos procesos electorales. El fraude no necesariamente se comete el día de las votaciones. Las elecciones se hayan vulneradas con anticipación mediante dispositivos muy bien planeados en los cuales la compra y la coacción del voto conviven con el condicionamiento de apoyos y el amedrentamiento de autoridades y poblaciones locales a través del uso discrecional de las políticas públicas.