Política

Elecciones transnacionales

noviembre 10, 2016

Los procesos de conquista de un pueblo sobre otro han cambiado la faz de la tierra, y más precisamente, la geografía política. Civilizaciones enteras han desaparecido por aniquilación, absorción o mestizaje. Pueblos que han dejado herencias valiosas, a pesar de su importancia histórica, hoy no existen. En el largo periodo de los imperios premodernos dejaron su huella las civilizaciones del Mesopotamia, del Nilo, los asombrosos griegos clásicos, los desempeños deslumbrantes de los imperios prehispánicos de Perú y de México. Y también el Imperio Romano, tan lejano y tan próximo en el mundo occidental. O los imperios de España y Portugal, que redefinieron inclusive las relaciones de las civilizaciones conquistadas con el más allá, su cosmogonía, su particular Olimpo.

Los procesos de conquista modernos, frutos de la expansión de naciones-Estado, también lograron cambiar las relaciones de poder en las sociedades colonizadas. Pueblos de África y Asia vivieron esta expansión europea. Los nuevos imperios coloniales buscaban extender sus territorios, considerados como el bien más preciado para alimentar su crecimiento económico. Apoderarse de las materias primas y producirlas con mano de obra casi esclavizada les reportaba enormes ganancias. Lo hicieron hasta que este modelo de expansión económica resultó contraproducente para sus propios intereses.

Sin embargo, las relaciones de poder ya no fueron estrictamente unilaterales. Los pueblos colonizados llegaron a influir decisivamente en las relaciones de poder de los países centrales o colonizadores. Algunas elecciones en Francia, por ejemplo, han sido determinadas por los territorios conquistados, en los ahora llamados departamentos de otros mares. Y las migraciones de las excolonias hacia las grandes capitales también influyen sobre la suerte de los gobiernos conquistadores.

Con la globalización las relaciones transnacionales cerraron brechas de entre países centrales y periféricos. La geo estrategia política cobra nuevas formas de dominio después del hundimiento de la URSS, último gran imperio de colonización militar. Ahora caminamos sobre sendas de dominio basadas en las relaciones económicas sustentadas, éstas, principalmente en el complejo de I&D. La sociedad del conocimiento determina de manera más sutil pero no menos evidente las relaciones de poder entre naciones dominantes del capitalismo digital y sus territorios dominados formados por naciones Estado, con gobiernos propios.

En América Latina, por ejemplo, los golpes de Estado, prolíficos durante el siglo pasado, para terminar con propuestas de gobierno nacionalistas más eficaces, más preocupados por la situación de las mayorías de marginados, parecen relegados como medidas últimas, de extrema urgencia, como última salida. Lo que no significa que naciones como los Estados Unidos o China o Inglaterra e inclusive Rusia no influyan, en ocasiones de manera determinantes, sobre la orientación ideológica y planes de gobierno de las burguesías locales.

Sin embargo la relación no es unidireccional. Es el caso de México, por lo menos. Siempre se ha acusado al "Imperialismo Yanqui" de injerencista en los asuntos internos de nuestro país. Y existen muestras que evidencian su influencia. Pero ahora en el actual proceso electoral estadunidense la injerencia de los mexicanos es evidente y tal vez la sea determinante en los resultados electorales. Inauguramos la era de las elecciones transnacionales: el activismo de mexicanos de aquí y de allá es visible y representa una modalidad política novedosa.

La influencia de México sobre el proceso electoral de nuestros vecinos y principales socios comerciales no es bélica ni sólo de espionaje. Es abierta, directa, emocional y racional (hasta donde la política puede serlo). Utiliza formas de influencia moderna y democrática, basadas en el marketing político, el cabildeo y las relaciones diplomáticas. No son encubiertas. Y en Estados Unidos no se han quejado de la febril actividad de artistas, líderes de opinión, asociaciones de connacionales que viven en Estados Unidos. Aceptan las muestras de apoyo de mexicanos famosos a los candidatos a la presidencia como parte del juego democrático.

Las elecciones en Estados Unidos ya no interesan exclusivamente a los "gringólogos" como Jorge Castañeda o Gabriel Guerra, o expertos en relaciones internacionales del CIDE, el COLMEX, o la UNAM. Los pormenores de este proceso electoral entre Hilary Clinton y Donald Trump interesan a millones de mexicanos en el país y a radicados en aquel país. Forman parte de las pláticas entre vecinos, de mujeres promotoras de la igualdad de género, de asociaciones de migrantes por todo México. Ya no es tema exclusivamente de quienes habitan la frontera con el poderoso vecino.

Ya se preparan programas especiales en las cadenas nacionales para seguir paso a paso la jornada electoral del martes 8 de noviembre, jornada con millones de velas prendidas en México para impulsar la victoria de la candidata demócrata, por muy diversas razones y sinrazones. Casi que millones de mexicanos quisieran votar para asegurar la derrota del republicano. De cualquier manera, la elección es vista como determinante para la suerte próxima de nuestra nación y no dudamos en tomar partido en algo que, si bien nos incumbe como vecinos y socios, es un asunto que sólo pertenece en realidad a los electores estadunidenses.

Y lo que sigue es o debiera ser objeto de nuestra reflexión: ¿aceptaríamos una injerencia tan directa de los estadunidenses en nuestras próximas elecciones presidenciales? ¿Estaríamos en condiciones de rechazar actos de proselitismo como el que muchos mexicanos realizan a favor o en contra de alguno de los candidatos gringos? La cuestión no es trivial. Afectará el nacionalismo mexicano que se expresó con vehemencia a raíz de la visita de Donald Trump, a invitación del presidente Enrique Peña Nieto. No fueron expresiones amigables precisamente las que escuchó y leyó el presidente. Desde la condena visceral en las redes sociales hasta artículos razonados y sustentados, excelentes como el de Jesús Silva-Herzog y otros intelectuales mexicanos.

¿Qué tanto pesará esta decisión de Enrique Peña Nieto en el ánimo de los electores mexicanos para decidir sobre la continuidad o no del PRI en el poder presidencial en 2018? ¿La exaltación del nacionalismo mexicano fue espontáneo o tan sólo un exabrupto circunstancial? ¿Es sostenible un nacionalismo de gritos anti yanquis en la era de la globalización de las aspiraciones democráticas a escala del mundo? ¿No ha llegado el momento de repensar las bases de nuestro nacionalismo, es decir, de los ideales y proyectos de convivencia en el espacio de nuestro Estado-nación? ¿Cómo defenderemos la tesis de la No-injerencia en asuntos internos después de las maniobras del presidente y de líderes de opinión o figuras nacionales respecto de la elección presidencial estadunidense? Cualquiera que sea el candidato ganador (escribo antes de que se den a conocer los resultados), tanto demócratas como republicanos tomarán en cuenta las opiniones de su socio más importante en América Latina. Sabrán que los mexicanos influyeron en sus procesos internos. ¿Acaso ellos podrían detener estas expresiones políticas en su ágora, expuestas por sus ciudadanos? No lo creo. Tampoco creo que nosotros podremos impedir, si así lo deciden, su propaganda abierta o encubierta a favor del candidato presidencial de los Estados Unidos… Mexicanos.

México y los mexicanos decidieron abrirse al mundo y ser un actor importante en el mundo de la economía global. Entra en escena cuando la mayor amenaza para el mundo pende sobre nuestras cabezas. El triunfo de Donald Trump será una catástrofe porque representa el triunfo de los resentidos y los "héroes anti sistema", de esos en donde milita López Obrador y sus seguidores, que nunca proponen nada positivo, sino demoler lo ya construido.