Política

Testimonio de Veracruz

octubre 28, 2016

Veracruz era una fiesta

Qué lejano aquel primer día de diciembre de 2010, la élite política priísta se congregó en Xalapa. Llegaba a la gubernatura de Veracruz Javier Duarte de Ochoa, uno de los mandatarios más jóvenes en la historia del Estado. Ya tenía el alemanismo, que parió a Fidel Herrera Beltrán, un digno agente del continuismo depredador. En el relevo del gobierno estatal, reseñaba la nota de El Universal del 2 de diciembre, estuvieron los gobernadores de Coahuila, Humberto Moreira; de Quintana Roo, Roberto Borge; de Hidalgo, Francisco Olvera; Chihuahua, César Duarte; Tlaxcala, Mariano González; Yucatán, Ivonne Ortega; Nuevo León, Rodrigo Medina; de San Luis Potosí, Fernando Toranzo; del Estado de México, Enrique Peña Nieto; Roberto Madrazo, el líder petrolero Romero Deschamps; el ferrocarrilero Víctor Flores y la poderosa lideresa del magisterio nacional Elba Esther Gordillo, que ufana, feliz, en plenitud, dijo: "Vine por dos razones: la importancia del magisterio veracruzano y porque Duarte es mi amigo". Veracruz era una fiesta.

Duarte estuvo cobijado, decía la crónica periodística, por la presidenta del PRI, Beatriz Paredes; el coordinador del PRI en el Senado, Manlio Fabio Beltrones; de la Cámara de Diputados, Francisco Rojas, además del ex candidato presidencial Roberto Madrazo. Eufórico, Duarte llamó a la unidad, que "debe estar fincada en el diálogo, el respeto franco y en la unidad de los propósitos, que nos lleve a todos a un mejor destino". Todo era regocijo, la plutocracia encaramaba en el poder de la gubernatura de Veracruz a uno de los suyos, uno de los cachorros forjado en la escuela fidelista, prolífica en la generación de políticos de muy bajo y sórdido nivel.

Sabedor de su valía como facilitador de sumas millonarias de dinero del erario público, se sintió seguro y protegido de sus trapacerías. Y maquinó el robo más grande de que se tenga memoria en la historia en México. Seguramente alguien, superior en inteligencia y maldad, lo asesoró en su criminal cometido: dejar a Veracruz postrado, casi al punto de la quiebra social y económica. Ensalzado por el presidente Peña Nieto como parte de "nueva generación de priístas", el gobernador Duarte fue, desde el primer momento de su gobierno, parte del entramado de la corrupción que ahoga al país.

Remontémonos en el tiempo y recordemos aquellas crónicas periodísticas de finales de 2010. Para empezar desde el origen. "Duarte promete desterrar corrupción en Veracruz", decía la cabeza de la nota de José Gerardo Mejía, enviado de El Universal. Y agregaba la crónica: "El gobernador de Veracruz para el periodo 2006-2010, Javier Duarte de Ochoa, afirmó que desterrará prácticas de corrupción con un gobierno que rinda cuentas y una actuación apegada a la legalidad. En su toma de protesta, ante la presencia de la maestra Elba Esther Gordillo y del ex candidato presidencial Roberto Madrazo, el mandatario admitió que su administración no será ajena a las condiciones de pobreza y desigualdad que aún privan en varias regiones de la entidad, así como al desempleo y ausencia de oportunidades". Algo sonaba hueco y falso en esas palabras, sobre todo ante el dudoso triunfo en las urnas del joven mandatario tricolor, maquinado por su padre putativo y antecesor en el gobierno, su maestro Fidel Herrera Beltrán.

Llamaba la atención lo que anunciaba en el rubro de seguridad, asentaba la información de El Universal, "En su estrategia de seguridad destacó que fortalecerá la Policía Estatal, con base en el nuevo Modelo Policial de Mando Único, al igual que con los sistemas de inteligencia, para contar con personal confiable y profesional con participación ciudadana". Hoy nos damos cuenta, después de seis años de pesadilla, que lo que preparaban Duarte y sus cómplices era una agrupación policiaca al mando de criminales, que se avocaron a forjar una sólida alianza con los cárteles del crimen organizado. El resultado, miles de muertos y desaparecidos, cientos de fosas clandestinas en todo el estado, donde yacen los restos de los que se atravesaron en su paso criminal. El jefe de la banda se dio a la fuga, pero quedan aún en libertad sus esbirros, que lucen y presumen el lujo del botín agenciado a sangre fría. Sin misericordia por las víctimas.

Se leía en la nota de referencia del 2 de diciembre de 2010: En el acto, Duarte de Ochoa presentó una iniciativa de reforma constitucional para establecer "el necesario marco jurídico que dé fundamento y legalidad al sistema de oralidad en Veracruz", que calificó como la más relevante que el sistema penal veracruzano haya tenido en su historia. "Tenemos que prepararnos mejor para vencer las amenazas, para poder dar respuesta con acciones eficaces a aquello que requiere nuestra atención". El mandatario estatal, seguía la nota, indicó que la seguridad pública será una responsabilidad ineludible de su mandato, porque en esta materia "se sientan las bases para conseguir un desarrollo perdurable y es la esencia de la armonía social". Pero no hubo logros, ni desarrollo, mucho menos armonía, montado en el corcel de la impunidad, convirtió el Estado en un cementerio y en un espacio de saqueo de los recursos públicos, sin freno, sin límite, sin la menor observación de la autoridad federal. Y, lo más triste, ante la complicidad, la sumisión y la protección de la mayoría del Congreso local.

Destacó el gobernador Duarte, decía la información del enviado especial de El Universal, "que la transmisión del poder en la entidad se lleva en paz y orden, ya que su antecesor, Fidel Herrera, actuó siempre con energía y entrega a favor de los veracruzanos. Se comprometió, Duarte, a encabezar un gobierno capaz de atender las necesidades de la gente, sustentado en principios sociales, en valores y siempre respetuoso de la ley. Duarte de Ochoa dijo que tiene el compromiso de encabezar un gobierno honesto y firme con acciones dentro de la legalidad, eficaz, donde se privilegie la transparencia y la rendición de cuentas". No pudo faltar el reconocimiento a su mentor, al que maquinó el genocidio: enviar a un pequeño tirano, mediocre, soberbio, incapaz y muy corto de talento para gobernar a unos de los estados más importantes del país. ¿Qué afrenta le hicimos los veracruzanos a Fidel Herrera, para que nos dejara tan maldita herencia?

Ya tiene varios días que la joven promesa del nuevo PRI, hoy vergonzosamente expulsado de sus filas, se dio a la fuga. Guardan silencio Fidel Herrera, el presidente Peña Nieto, la amiga Elba Esther está confinada en un penal, calla Miguel Alemán. Callan, también, los medios aliados. Callan todos, incluso los que le agarraron la pata a la vaca… dormida. ¡Uta madre!, qué lástima, no lo prepararon adecuadamente para ejercer, a plenitud, "el pinche poder". Se terminó la fiesta. Veremos y diremos, casual lector.