Política

La Unesco, más que un "embajador"

octubre 20, 2016

La República tiene otro ejército, que es temporal y se especializa en los temas de momento, más que en los debates que exigiría una democracia en forma. Ya la prensa, la seria, más o menos seria, inclusive la de la farándula, emitió su "veredicto" al embajador. Un representante "a la carrera, que no de carrera", que violentó diversos artículos de la Ley del Servicio Exterior Mexicano, entre ellos, el de confidencialidad de las instrucciones que le giró el gobierno que representa y que le dio la chamba, viene de regreso. Un amigo del presidente que ilustró que sí existe la "telebancada" en el Congreso –también puede existir una "teledelegación diplomática"– es ya historia, claro, con minúscula. Debemos ampliar el horizonte más allá del personaje, de la coyuntura y del anecdotario lamentable.

México ha mantenido en su política exterior una mirada de Estado en cuanto se refiere a su vocación multilateral. Desde que fue uno de los 51 miembros fundadores de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en la Conferencia de San Francisco, cuando Octavio Paz redactaba la misión y el "sonido que hace la paz", México fue un actor del recién creado sistema de Naciones Unidas. Sistema que engloba un mensaje clave: la paz no puede ser la simple ausencia de guerra. Se debe de ir más allá con los instrumentos de la ciencia, la tecnología, la cultura, la alimentación, la salud, el medio ambiente, entre otros.

La búsqueda por la paz y seguridad internacionales, uno de los principios normativos de la política exterior mexicana, inscritos en la fracción X del artículo 89 de una constitución casi centenaria, transita también por la educación, la ciencia y la cultura, que se convierten en la mayor capacidad de la diplomacia, que es la prevención de conflicto. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) tiene en ello su principal tarea, ni más ni menos, desde que fue fundada en 1945.

Su segundo director general (y primero del mundo hispanoamericano) fue el mexicano universal Jaime Torres Bodet, escritor y diplomático, que venía de ser canciller y después de su misión allí regresaría a ser secretario de Estado en la Secretaría de Educación Pública (SEP), posición que había ocupado en la presidencia del último militar en el poder post revolucionario. El escritor había sentido la vibra bélica que se cerniría sobre Europa desde sus estancias en Madrid, París y Bruselas poco antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial y sabía del valor que tendría la Unesco una vez que como funcionario internacional imprimiera su sello.

México es un enclave civilizatorio donde más de 50 etnias y lenguas representan un eco histórico de una diversidad única. La exposición "México, esplendor de 30 siglos" que tuvo lugar en el Museo Metropolitano en Nueva York a inicios de los noventas (a México no llegó toda la exposición porque hubiera sido la confiscación inmediata de muchos tesoros nacionales) retrata nuestro bagaje cultural e histórico, donde sólo los dos últimos siglos hemos sido un Estado. Después, ser el mayor país con hispanoparlantes (con el español como una lengua oficial de la ONU) y uno de los primeros diez del mundo por tener patrimonios culturales de la humanidad decretados por la Unesco, por cierto, son enclaves que deberían reforzar el "poder suave" de una política exterior olvidadiza del tema cultural, científico y educativo, que hoy solo se administra a cuentagotas, sin ir más allá, al menos a lo que exigiría el tesoro cultural de los mexicanos.

Por fortuna el presidente Enrique Peña Nieto regresó a delegación diplomática con rango de embajador la representación en la dicha organización internacional. La administración anterior había eliminado esa figura esbozando razones presupuestales, argumentando que el embajador ante la república francesa podría atender también al máximo el órgano multilateral para la educación que tiene la ONU. La obviedad resultó cierta y por la importancia se le reasignó el rango de embajador donde inminentes embajadores mexicanos, algunos en el mundo de las letras y la academia, transitaron como ejemplifican Víctor Flores Olea, Miguel León-Portilla, Mario Ojeda, Eraclio Zepeda y Homero Aridjis. El traste lo da que teniendo a mexicanos con gran experiencia en el tema se haya decidido optar por el caído embajador, más conocido por sus apariciones en pantalla chica que por su oficio diplomático.

Hoy que la Administración Pública Federal recibió a la Secretaría de Cultura (Cultura) pareciera que dicha representación tendrá un canon entre la cancillería, la reciente secretaría, la SEP y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Frente a un presupuesto precario, entre las convulsiones financieras globales y los asegunes internos en la economía, pareciera que sólo se esperar administrar y nada más. Lo que no se puede posponer, y menos rumbo a la difícil elección presidencial del 2018, es cómo se le imprime un mayor dinamismo al peso de México en la Unesco y consecuentemente en la misión de este noble organismo que merece mexicanos eminentes y universales ■