Política

Szep Szo

octubre 12, 2016

◗ La República Electrónica

La novedad científica que está cambiando los métodos de investigación, de aprendizaje y de trabajo la llaman Big Data. Una explicación grosera de esta novedad indica que ahora el dilema ya no es sólo generar información. El asunto de fondo es tener la capacidad de manejar e interpretar millones de datos. Informaciones que en tiempo real son producidas y en tiempo real deben ser entendidas. Es una tarea que escapa a las posibilidades individuales de cualquier persona e inclusive de un grupo de profesionales. Son necesarios individuos con formación súper especializada, potentes computadoras y el diseño y uso de algoritmos ingeniosos, novedosos, robustos en su diseño y capacidad de manejo de los datos.

Por ejemplo. Anteriormente eran insustituibles las investigaciones de mercado mediante encuestas para conocer los gustos de los clientes para determinados productos. Ahora es posible acompañar el diseño de productos y la definición de sus mercados mediante el uso inteligente de Big Data. Los resultados se presumen más precisos, más certeros, más confiables. Se pueden manejar datos recientes de millones de personas, informaciones sobre diversas actitudes, posturas y conductas provenientes de las cuentas de Twitter, Facebook, Instagram, de correos electrónicos y de toda la cadena de redes sociales. Se trata de información que los propios usuarios proporcionan.

El Big Data (estudiado en Xalapa en el laboratorio LANIA, dirigido por la doctora Cristina Loyo Varela) ofrece la posibilidad de tener mayor y mejor precisión en sus resultados, que las encuestas de opinión pública, hoy tan devaluadas por su imprecisión en dar a conocer estados de opinión de una sociedad o de grupos especiales, acordes con las realidades observadas. Medir el humor social o las fluctuantes corrientes de opinión es uno de sus ofrecimientos. Diseñar el auto ideal para determinado sector de la población es otra de sus utilidades. Y pronto sabremos de sus aplicaciones en el terreno político. Si es posible "medir sentimientos" y "medir gustos" con las encuestas, ahora las sociedades caminan sobre las vías de los algoritmos para determinar con mayor precisión sus preferencias políticas a través de la medición de la fórmula deseos-opciones-candidatos-opiniones.

No se trata de una formalización total de la realidad humana y social. No es el determinismo de las élites que convierten la realidad en un simple escenario a su antojo. Sin embargo el Big Data es un arma que otorgará al Estado moderno de nuevos mecanismos de gobernanza, al tiempo que constituye una amenaza para la democracia, para el "libre ejercicio de la libertad de elegir". Cuestión que permite hablar de la república electrónica (el título lo tomo del artículo de Eduardo Torreblanca, "El sentimiento de la república electrónica" que da cuenta de una Pyme dedicada al manejo de Big Data. El Financiero, Empresas Mexicanas, 10/10/2016) que en teoría deberá integrar los dos elementos de la sociedad deseable, según Francis Fukuyama: un Estado moderno, estable y que brinde estabilidad, sin corrupción; y un régimen democrático liberal.

Según este reputado pensador liberal (Letras Libres, "El desafío más importante de nuestro tiempo es lograr un estado moderno", entrevista de Ángel Jaramillo, octubre 2016) la creación del Estado moderno (en China) antecede a la creación griega de la democracia. Y yo agregaría que más tardíamente aparece la noción de modernidad para complementar la relación que asocia de manera complementaria y contradictoria a la política, el desarrollo y a la cultura, sobre todo la de la individualidad solidaria. El mercado es indispensable para la democracia, a la vez que constituye una amenaza para ésta. El Estado marca límites a la democracia en su desenvolvimiento plural, pero ésta no puede expandirse, en términos modernos, sin el cuidado tutelar de un Estado centralizador y promotor de orden. El mercado exige de la libertad democrática pero debe tener límites que provienen del mismo sistema democrático y del ejercicio de estabilidad y orden del Estado: es un bucle con ascensos y descensos, con avances y retrocesos que florece en el contexto de una nación que es la cuna del ejercicio del Estado, de la democracia y de la identidad arcaica y moderna que tiene toda sociedad.

Este trabalenguas conceptual tiene ahora el componente de un nuevo termómetro psicosocial: las redes sociales. En ellas está sustentada la República Electrónica que marca la temperatura de la sociedad mexicana sobre diversos temas, hechos y actores de la vida política y social de México. Es cuna de odios sociales alimentados en especial y de manera infame por una fuerza política resentida. Es el moisés de aniquilación de un funcionario universitario que se atrevió a calificar de marica y naca la vestimenta de Juanga (Nicolás Alvarado, exdirector de TV-UNAM). Es el tribunal de consciencia que aniquila a cualquiera que rompa con ciertas normas, no escritas, pero perceptibles, en la sociedad mexicana: sus críticas a los actos de corrupción y a sus actores, sin duda ha contribuido a airear el asunto central de la construcción de un Estado verdaderamente moderno, es decir, estable y sin corrupción, como lo define Fukuyama.

No cabe duda que la incorporación de la democracia en el sistema electoral mexicano y algunas de sus cualidades en el resto de las instituciones públicas debilitaron el Estado surgido y creado de un modelo autoritario de gobierno, que forjó la identidad social en su etapa superior (la primera había sido construida por mexicanos excepcionales del siglo XIX, con su idea de Patria) gracias a su proyecto de nación, organización especial para hacer surgir un Estado, una república, una democracia, una idea de modernidad: una sociedad nacional con su cultura específica, una sociedad con su propia burguesía.

Esta debilidad se ha profundizado por un defecto enorme: la corrupción convertida en sistema político, organización estable, de arreglos ilegales para evitar las asonadas, los golpes de Estado, la violencia guerrera entre facciones, por la transmisión y el ejercicio del poder. Las leyes y las elecciones surgidas de las guerras civiles llamadas Revolución Mexicana fueron la máscara del dominio autoritario y absolutista de los grupos detrás de la tríada PNR/PRM/PRI que constituyeron un sistema político de Partido Único para todo efecto práctico.

Acrecentar la fuerza y los espacios de la democracia siempre se hará a costa del Estado absolutista que dominó el siglo XX mexicano. Una tarea titánica que supone no tirar al niño con la bañera, es decir, que desmontar los grupos corporativos que apoyaron el régimen autoritario no debe significar el desmantelamiento del Estado mexicano. Éste debe no sólo sobrevivir, sino debe ser fortalecido con nuevas organizaciones, con nuevas prácticas y sobre todo con nuevas instituciones públicas que abran sus límites a grupos nuevos y más grandes que representan las grandes mayorías excluidas del desarrollo nacional real, aunque no de los discursos políticos.

Por eso, en esta etapa obligada de modernización, nada resultará más peligroso que un retorno a las épocas doradas del nacionalismo revolucionario y sus organizaciones de base, con un gran salvador en la cúspide de la pirámide, rey absolutista, autocrático, autoritario, redentor y absolutista que vea en las leyes un estorbo. La República Mexicana necesita de un nuevo Estado, fuerte y que imponga orden, que resista los embates del sistema político democrático y los efectos de la modernización (convivir con la república electrónica) y que haga todo esto sobre el respeto estricto de las leyes y actúe con profesionalismo en la producción y distribución de bienes y servicios de manera profesional y universal.

Desafío mayúsculo que requiere, para empezar, de una sociedad que no se achicopale, que crea en sus propias capacidades, que saque la casta y se olvide de los "malos humores sociales" y críticas autodestructivas, que tenga fe en sí misma y valore realmente todos los capitales que posee y los dones de sus gentes. Claro que por el momento, lo más difícil es encontrar la manera de salir de la depresión anímica que corroe a la sociedad mexicana.