Política

Szep Szo

octubre 06, 2016

Otoño en la memoria

Para el más lúcido de los líderes del 68. Luis González de Alba: ha vivido

on los dorados replicados en una variedad de tonos entremezclados casi al infinito, como olas sobre nuestras cabezas movidas por los vientos, los árboles defienden sus coronas. Terminarán cediendo al tiempo, y se verán casi desnudos, regadas sus hojas en el suelo, con muchos de nuestros recuerdos. Estación de la nostalgia, del spleen de los poetas románticos, el otoño reúne episodios de nuestra historia reciente que han permanecido como referentes de nuestros deseos de construir una vida común de mejor calidad.

Resalta por supuesto la conmemoración del Movimiento del 68. Referente estudiantil de una rebeldía casi inocente, comparada con los deseos de cambio violento que marcaron su entorno. Contra la idea de revolución, entre julio y octubre de ese año imperaron a frescura de la participación de sus miembros, la continua expresión de conductas de contagiosa alegría como sostén de la camaradería solidaria, el gozo de descubrir la manera en que los "otros" ayudaban a construir un yo, una individualidad fruto de la ruptura de la figura paterna, ya familiar, ya representada por las autoridades de todo tipo. Las canciones, las consignas, la elaboración de mantas, de cartulinas, las asambleas sin dirección de "líderes prestablecidos", sino por nuevos liderazgos surgidos en el calor de los debates: cada acción reafirmaba un sentido de lucha y de pertenencia a una nueva generación, a una libertad que animaba nuevas relaciones amorosas, heterosexuales u homosexuales, que rompían tabúes, que modificaban conductas entre parejas y en comportamientos fraternos, vínculos recién descubiertos que inyectaban energías renovadoras entre hijos y padres, amigos de siempre y nuevas amistades, maestros y alumnos.

La fuerza social del Movimiento Estudiantil de 1968 resulta incomprensible sin tomar en cuenta el ambiente de ruptura generacional de esos años. La espontaneidad para participar, sin antecedentes de militancia política; la incomprensión de la mayoría de sus integrantes de la naturaleza del régimen y por ende su valentía franca para hacer y sostener la huelga, tomar las calles, construir consignas y cantarlas, gritarlas y vivirlas; las sorpresas convertidas en reforzamiento de ideales de cambio, todos los ideales y todos los cambios imaginables en todos los ámbitos porque nunca tuvo, este movimiento social de las juventudes, un fin claramente preestablecido, una consigna única o una identidad partidista o ideológica previa. Tampoco perteneció a marginales y excluidos sociales. Nada tiene que ver con las manifestaciones de hoy en día que rememoran su aniversario.

A Heberto Castillo, por ejemplo, lo respetábamos por ser maestro universitario, no por ser comunista o pertenecer al Movimiento de Liberación Nacional, ni más tarde miembro del Consejo de Huelga. Los lidercillos tradicionales que utilizaba el gobierno para canalizar las protestas, nunca pudieron encabezar la inconformidad juvenil del 68. Cierto, desde aquél se movieron múltiples fuerzas para alentar la infiltración de agentes, sobre todo en el Instituto Politécnico Nacional. Es cierto que, por partes iguales, tanto los Burros Blancos como los Pumas, aportaron dos traidores que adquirieron fama, desde su denuncia en El Móndrigo, publicación famosa en ese momento. Pero tampoco ninguna revista o periódico fue vocero del movimiento. Las células de militancia tenían que ver más con la proximidad de las relaciones escolares, amistosas, amorosas, de residencia, que con una ideología en particular. Existieron muchísimas de éstas que ellas mismas elaboraban su propaganda, sus folletos, sus cartones, sus volantes. Pluralidad de voces, de ideas, de expresiones sin límites: no existía nadie que nos prohibiera hacer alguna acción. Un movimiento más cerca de Rimbaud (cambiar la vida) que de Marx (hacer la revolución).

En las manifestaciones fue común ver a familias enteras marchando, grupos de estudiantes por cada facultad o escuela, adherentes espontáneos en cada marcha que se sumaban de manera disciplinada para mantener el prestigio de éste: obreros, burócratas, desempleados, directivos de empresas, autoridades escolares. Las fotos sobre el Movimiento del 68 demuestran la variedad de los manifestantes y de condiciones sociales. Tanto su integración como sus conductas nada tienen que ver con otros anteriores y posteriores, ni en sus fines, ni en sus conductas, ni en su carácter festivo que hacía pensar en que cada manifestación o mitin o asamblea eran únicamente la oportunidad para sus participantes de sentirse libres, vivos, alegres, felices, importantes sin someterse a consignas políticas o a los fines absurdos que el gobierno le adjudicaba.

Los comunistas y socialistas no contaban: eran, como son hoy, completamente marginales. Si bien algunos líderes tenían esa orientación ideológica, en las masas del estruendo juvenil, esas ideas eran extravagantes. Los militantes contaban con deseos que fueron más auténticos por francos, concretos, de corto plazo: modificar las conductas represivas de los granaderos, cambiar autoridades policíacas y derogar artículos de leyes que atentaban contra la libertad. Agenda mínima y desconcertante para un sistema monolítico que por primera vez no entendió la naturaleza de las protestas ni sus reivindicaciones: para contenerlos eran inservibles sus dos poderosas armas o elementos: la corrupción o la represión.

Si el gobierno optó por ésta, a un nivel inaudito, fue no solo por su esencia autoritaria. También contó, y mucho, que carecía de reflexiones para entender las causas de la protesta, su incapacidad negociadora ante la novedad cultural, lo multitudinario de la participación, la rebeldía y su esencia apolítica, en términos de la concepción de política del sistema priista de gobierno. El 68 es el encuentro incomprensible de dos culturas, la novedad de una ruptura profunda en extremo, pues constituyó la aparición de un fenómeno sociocultural que ahora forma parte, inclusive, del modelo de consumo y reproducción del sistema a escala del mundo: fue el surgimiento formal, doloroso, en el país, de la cultura juvenil como identidad propia, aunque determinada por el carácter efímero de sus participantes (su edad), pero que ha permanecido y ahora forma parte de la política, en tanto factor de reproducción de los sistemas culturales de cada nación.

La generación que inició su participación política en esos años está por salir de la escena de la vida misma. Fue la impulsora de la llamada "transición democrática mexicana", un proceso político que, ahora sabemos, tuvo una corta visión de lo que en verdad necesitaba el país. Fue una que leyó mucho a Carlos Marx y muy poco a autores mexicanos que vieron con mayor lucidez la esencia del también incomprendido "sistema político mexicano". Octavio Paz y Gabriel Zaid explicaron mejor la esencia del sistema priísta. El ogro filantrópico era la expresión casi benévola de su mal congénito. Gabriel Zaid lo formuló claramente: la corrupción no es un parásito del sistema: la corrupción es el sistema. Fue el mecanismo de construcción del régimen surgido de los golpes de estado que desestabilizaban al país.

La corrupción sustituyó la violencia militar y policíaca, o mejor, la apaciguó, porque el absolutismo y el autoritarismo sobre bases represoras no desaparecieron. Los años de estabilidad política fueron más el fruto de la corrupción que del cumplimiento de las leyes. El mal no sólo era el monopolio político del poder por parte del PRI, que controlaba el sistema electoral. El gran mal nacional es la ausencia de un auténtico Estado de derecho que sostenga instituciones inclusivas y no extractivas como las que construyó el PRI. Si la corrupción es el sistema, entonces se entiende mejor la deformación conceptual que encarna el pensamiento del presidente de la república, Enrique Peña Nieto. Por eso para él, priísta de pura cepa, la corrupción es un mal cultural que afecta a todos los mexicanos y que, por lo mismo, resulta imposible erradicarla.

Si el Movimiento del 68 marca el inicio de la ruptura cultural con el "sistema político mexicano" es decir, con el priísmo, es porque "arrojó la primera piedra" en contra del sistema del nacionalismo revolucionario. Por su parte, la transición democrática resulta el comienzo del fin de la repetición y de la transmisión automática del poder, e inicia la rotación ampliada de las élites políticas, pero con base en las mismas instituciones que determinan el carácter excluyente del sistema actual. La desigualdad que produce sus millonarios endémicos con la marginación y pobrezas de las mayorías son producto de las mismas instituciones, las creadas desde el priísmo: por su funcionamiento promueven la extracción de rentas del presupuesto nacional, para realizar negocios privados con dineros públicos, o para succionar rentas mediante plazas y sueldos con los empleos gubernamentales.

Ojalá este otoño, tan nostálgico como todos, nos permita rememorar qué fue la espontaneidad de la participación incluyente, el surgimiento de la ruptura cultural y su cultura juvenil y la lucha por las libertades, los alimentos principales de los integrantes y los mártires del Movimiento del 68: estudiantil, sí, pero también apoyado por miles de ciudadanos que vieron la oportunidad de un cambio en las dinámicas del absolutismo, el autoritarismo y la corrupción sin freno que alimentaban, por su parte, el sistema priísta que se niega a morir, como lo demuestra el gobierno de Javier Duarte. ¡Ah, la terca memoria!