Política

Szep Szo

septiembre 21, 2016

Democracia e impacientes e irresponsables

Para nadie es un secreto que "La democracia en México" del año 2016 tiene poco que ver con la descrita en el libro del título encomillado de Pablo González Casanova escrito en los años sesentas del siglo pasado. A pesar de "La enorme distancia" (homenaje a José Alfredo Jiménez) la democracia de nuestros días todavía la aquejan sus defectos de nacimiento: salió del vientre de un sistema de Partido Único, maternidad y paternidad que dejaron sus herencias bien marcadas.

La más importante es la cultura. El presidencialismo idolatrado y vilipendiado al mismo tiempo. La creencia de que efectivamente el cambio social puede gestarse de manera súbita, mediante un pase mágico. La propensión a negociar cualquier cosa antes que someterse a las estipulaciones legales. La creencia de que basta el cambio de una persona (el titular del ejecutivo) para que los males se remedien. El ocultamiento de la responsabilidad del poder legislativo en la conducción de los asuntos nacionales. La indiferencia frente al funcionamiento cotidiano del sistema de procuración e impartición de justicia. La defensa férrea del sistema de privilegios creados y repartidos desde el poder público, en todos los niveles, poderes y demás instituciones públicas, generador de rentas de viudas en todos los niveles sociales. La lista de actitudes es más extensa. Pero estas ejemplifican el problema.

La asociación de la idea de que los responsables de los problemas nacionales son siempre los otros con la idea de que el proyecto de cada político debe estar permeado de aires caciquiles y caudillescos para que las masas puedan ser conducidas ha dado por resultado que a los últimos presidentes de la república les sean adjudicados todos los males del país. En la "opinión del pueblo" el personaje que provoca nuestros sufrimientos es el mismo que años antes concitó nuestras mejores opiniones. Es cierto que no todos los ciudadanos votan de manera unánime por el ganador, sino apenas un tercio. Pero lo notable es que cuando perdimos las certezas falsas de que los presidentes eran elegidos por unanimidad (en el clímax de esta creencia figura José López Portillo) entonces el gusto por el elegido apenas duras unos cuantos meses.

La insatisfacción por el desempeño de los gobernantes es acaso mundial. Lo que no significa que nos conformemos con esta situación. Pero el problema mexicano es que esta insatisfacción raya en lo patológico. Por lo menos en ciertos grupos inconformes porque no han tenido la capacidad de ganar la elección presidencial, pero sí acumulan "victorias pírricas" en la descalificación de los presidentes de Carlos Salinas a la fecha. Por cierto: es necesario reconocer que cada uno de estos presidentes ha cometido equivocaciones monumentales que han contribuido a cavar la tumba de su desprestigio, unos más, otros menos.

Y si nuestra democracia nació con taras y conserva vestigios del absolutismo, del autoritarismo y la irresponsabilidad del régimen anterior lo cierto es que de parte de la sociedad también prefiere la placenta del trato como pueblo, de la hegemonía del pensamiento único, de la creencia en el páter familia como protector de todos los males y solucionador de todos los problemas. Pocos mexicanos asumen su condición de auténticos ciudadanos, defensores de sus libertades y también férreos defensores del cumplimiento de las leyes. La mayoría quiere derechos y más derechos, menos y menos responsabilidades.

A este tipo de mexicanos, más pueblo y menos ciudadanos, les encanta la manifestación de sus descontentos en las redes sociales. Ése es su reino. Descalifican, despotrican, amenazan y descargan sus emociones sin responsabilidad alguna. Sueñan ahora con su "primavera mexicana" sin tener la más mínima idea del contexto real de las instituciones creadas por mexicanos que llevan años tratando de corregir los defectos de nacimiento de nuestra democracia. Mal que bien, las instituciones políticas de un régimen democrático funcionan en México. Todas provocan insatisfacciones en el grupo de ciudadanos modernos y realmente prodemocráticos. Pero eso no significa que no cumplan con su cometido.

Y si tenemos instituciones con cierta confiabilidad, no debería asombrar que la marcha para exigir la renuncia de Peña Nieto apenas juntara a cerca de cinco mil personas. Cifra decepcionante para la incandescencia de las hogueras de las redes sociales. Los apoyos a la gestión del presidente serán todavía más reducidos una vez que se conozcan las encuestas de opinión que medirán el "efecto Trump". Pero esa baja, aún mayor, no debe interpretarse como que toda la sociedad desea la renuncia del presidente Enrique Peña Nieto. Son fenómenos distintos el de las percepciones y el de los procesos de la Real politik.

Es cierto que el señor Peña requiere hacer una serie de acciones políticas para recobrar, menos que su buena imagen, el poder real para conducir el país con el apoyo de los grupos de poder de todo el país: gobernadores, intelectuales, artistas, líderes sindicales, empresarios y líderes de su diversas cámaras, presidentes de partidos políticos. Con ellos debe dialogar sobre la situación real del país, conocer su puntos de vista, aceptar sugerencias que quepan en su visión y proyecto. Y después debe reiniciar sus diálogos con la sociedad en general y algunos grupos en particular.

Resulta ocioso ocuparse de temas como la renuncia del presidente pero es imposible sustraerse de este tema de opinión pública. Los diputados, líderes de partido y otros actores, excepto López Obrador y sus seguidores, están en otros temas de mayor relevancia para la marcha del país. Y qué bueno pues los problemas que enfrenta la sociedad mexicana son enormes. La calidad del peso como la moneda de mayores transacciones internacionales, entre las monedas de economías emergentes, coloca al peso en las turbulencias de la libre especulación financiera. Y las percepciones de los especuladores sobre el posible triunfo de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos les sirven de pretexto para producir embates sobre la moneda mexicana.

Este sí es un problema real que incide sobre la vida de millones de mexicanos. Y sí, también, es un problema teñido de percepciones, uno de los factores primordiales del mundo financiero. El problema también real de las conductas políticas de la CNTE que perjudican a millones de estudiantes no merece en las redes ninguna hoguera, porque en las redes predomina la mano experta de los apoyadores de AMLO. Problemas ficticios como los enunciados arriba sí perjudican al país, porque no son soluciones al funcionamiento institucional de un régimen democrático.

Todo lo cual no significa que la crítica a la equivocada gestión de problemas del gobierno de Enrique Peña Nieto deba ser cancelada. Forma parte de las libertades democráticas. Sus equivocaciones merecen ser señaladas con toda firmeza y rechazadas con la fuerza de la argumentación política. Dialogar sobre los problemas es una función ciudadana que todavía no arraiga en nuestra sociedad. Si ningún mexicano desea el triunfo de Trump por su irresponsable actitud, su racismo, xenofobia y más defectos, entonces es necesario dialogar sobre las condiciones que han hecho posible su encumbramiento.

Esclarecer los hechos es fundamental para que nosotros no cometamos el mismo error y hagamos presidente a un irascible, endiosado, salvavidas del pueblo, generador del pensamiento único. No entronicemos a nuestro Trump. Aclaremos el asunto y no perdamos el tiempo en tareas inútiles como la posible renuncia de Peña Nieto. La sociedad mexicana exige solucionar sus verdaderos problemas que son muchos: exclusión, marginalidad, pobrezas, desigualdad, quiebra del sistema de pensiones, creación de empresas y empleos y muchos más.