Política

Szep Szo

septiembre 14, 2016

Y ahora: ¿quién podrá gobernarnos?

La críticas más certeras sobre la actuación del presidente Enrique Peña Nieto han sido formuladas. Con el buen uso del lenguaje y la solidez teórica que el caso ameritaba, Enrique Krauze y Jesús Silva-Herzog Márquez enfatizaron sus explicaciones sobre las conductas del ejecutivo y sus repercusiones. Estupidez, cobardía y traición a la patria encierran la trilogía infernal de las acusaciones que habrá de acompañar a este presidente por lo menos hasta el fin de su mandato.

De ahí mi propuesta de no continuar con el desahogo del coraje en contra del presidente. Más columnas de culpabilidades, más epítetos, más burlas no permiten avanzar en la crítica. La descarga emocional es mala consejera cuando de analizar las cuestiones políticas se trata. Las equivocaciones presidenciales permitieron conocer qué tan vivo estaba el sentimiento nacionalista de los mexicanos. La sobre reacción demostró que sigue tan vivo como en los mejores momentos del sistema de partido único. No está nada mal para hacer evidente que en el juego de la globalización las identidades locales pesan todavía más que la categoría ciudadanos del mundo.

Pero el nacionalismo es un sentimiento y por muy patrio que sea no puede ni debe sustituir el diálogo de las razones para explicar las causas del deterioro en la conducción de los asuntos del país. El manejo de los asuntos internos y los externos, cada día más entrelazados, son tan firmes como sólido es el régimen institucional que los respalda. El sentimiento nacional convertido en ideología es útil como elemento de dominio interno y como fortaleza para enfrenar desafíos realizados por otros Estados, pero no ayuda a resolver la complejidad de la conducción de las sociedades modernas.

Ahora México enfrenta el problema de que un presidente surgido del partido que hizo del nacionalismo revolucionario su identidad y su ideología de dominio, carece de la legitimidad precisamente por haber realizado acciones que contradicen no sólo su ideología sino en realidad, también, el sentimiento de dignidad de los mexicanos. El partido y su presidente quedaron desnudos políticamente por las equivocaciones presidenciales y han hundido al país en un mar de confusiones e inseguridades.

Es casi seguro que la visita de Donald Trump sea considerado el hecho central por el cual el PRI perdió la presidencia del país, un poder que apenas había recuperado seis años antes. La desgracia de este momento es que todavía no se cumplen los seis años y todavía nos faltan dos de ejercicio presidencial peñista. Y tenemos la certeza de que por el momento no basta con la renuncia del poderoso y engreído exsecretario de hacienda Luis Videgaray para que la tempestad amaine. La conjunción de diversos problemas hace del momento actual una encrucijada para el presidente Enrique Peña.

Y en la propuesta de explicar el problema y encontrar soluciones más que descargar las furias y frustraciones en contra del titular del ejecutivo requerimos preguntarnos sin falsa retórica ¿quién podrá gobernarnos? Porque el señor Videgaray era el cerebro del proyecto del grupo peñista, su intelectual, su hombre de mayor influencia, que tomaba las decisiones más delicadas, en todo caso conjuntamente con el presidente, y en algunos problemas de manera individual.

Es inevitable pensar en la propuesta alentada principalmente por el político y el teórico Porfirio Muñoz Ledo sobre el cambio de régimen. Ahora más que en ningún otro momento salta a la vista la necesidad de encontrar un sistema de gobierno que permita la renovación de la gobernanza para solucionar crisis como la actual. Si fuera posible disolver un equipo de gobierno y convocar a elecciones anticipadas en este momento no estaríamos ante la duda de cómo terminara su sexenio el actual presidente. Porque los poco más de dos años que le restan serán de pesadilla para el mexiquense.

El régimen semi presidencialista tipo francés encaja bien con nuestra tradición de contar con un rey disfrazado de republicanos presidente. Y el conjunto con el sistema parlamentario daría la solidez a las relaciones entre los poderes ejecutivo y legislativo permitiendo una mayor autonomía del poder judicial. Esta sería la manera de descompresurizar la carga emocional de la sociedad, la debilidad de la legitimidad del presidente, las luchas por el poder que se avecinan bajo los signos peligrosos de la ingobernabilidad. Encontrar las salidas a la crisis actual en la que se entremezclan percepciones de riesgos excesivos inclusive en una economía que funciona, a pesar de todo, aceptablemente bien, dadas las condiciones internacionales y las carencias de mayores fortalezas nacionales, es tarea obligada de todos.

Nuestro problema no es ayudar o criticar a Enrique Peña Nieto. El desafío nacional es construir sin prisas pero sin pausas, a la voz de ya, las instituciones que nos conduzcan a nuevas formas de legitimidad y legalidad. Vivir respetando las leyes no es sólo una cuestión de deseos. Requerimos de incentivos, positivos y negativos, o de un sistema de premios y castigos, para que las conductas sociales e individuales sean llevadas a cabo conforme a las leyes y que exista la posibilidad de introducir grandes correctivos en momentos apremiantes como los de ahora. Nos esperan más de dos años de gritos, descalificaciones, desencuentros. Ojalá sólo sean gritos y sombrerazos. Malo que lleguemos a los golpes.