Política

Szep Szo

septiembre 07, 2016

La piñata nacional

Medio de propaganda para enraizar la fe católica, las piñatas, afirman, servían para destrozar los demonios, los vicios, los pecados, en fin, las desviaciones del buen comportamiento cristiano. Los nuevos creyentes descargaban su furia en contra de las representaciones del mal. Recurso hábil por su fácil pedagogía, pero en el fondo un tanto infantil, como lo demuestra el uso de las piñatas en nuestros días.

Un reportaje de los años setenta dio cuenta del método lopezportillista de enfrentar los problemas: el presidente de la república, entusiasmado en mantenerse en forma, practicaba algunos ejercicios de defensa personal. Como parte de sus rutinas, hacía que le colgaran sacos de arena para golpearlos. José López Portillo ponía en cada punching-bag los nombres de los problemas que más le inquietaban: inflación, pobreza, protestas sociales… Y sobre ellos descargaba su furia. Ya sabemos que nunca pudo resolver esos problemas. Peor aún: que le llegó la riqueza petrolera que no supo administrar y que en cambio sí se esfumó, en buena medida, por la corrupción de él, de sus familiares, amigos y miembros de la clase gobernante.

Juan María Alponte era entonces asesor presidencial. Sugería al "último presidente de la Revolución Mexicana" que mejor se dedicara a reflexionar sobre esos mismos problemas y que cuidara su salud de otra forma, más conforme con su edad. Por supuesto que el presidente no lo escuchó. Y con su energía incontenible provocó el quiebre más profundo del llamado "Sistema Político Mexicano", con forzadas mayúsculas, sólo para significar la importancia concedida al modelo priista de gobierno por todos los analistas. La quiebra nacional destrozó en unos meses la estabilidad que le daban las clases medias formadas durante decenios de priismo: la proletarización del país se inició de manera abrupta y desde entonces no ha sido detenida.

La referencia es importante no sólo para significar la inútil demonización de los problemas y de las personas. Ese sistema, enriquecido hasta la saciedad, es el que sigue imperando en muchas regiones del país, en muchas esferas o sectores económicos, sobre todo, y esto es fundamental, en las mentalidades de muchos mexicanos, que son priistas sin saberlo o reconocerlo. López Portillo rompió de facto, aunque no de discurso, el pacto social del régimen priista al lanzar a las calles, a la economía de la informalidad y a los mercados del trabajo precario a millones de mexicanos. A pesar de todos los esfuerzos, esta crisis estructural o del sistema no ha podido ser resuelta.

Como el sistema era irrecuperable por la quiebra nacional de 1982 y por el cambio radical del funcionamiento internacional de las economías, el gobierno de Miguel de la Madrid inició el desmantelamiento de sus partes más corrompidas, como las instituciones de seguridad pública. Ese grupo estaba al tanto de un cambio profundo que arrasaría al mundo: la influencia de la llamada "revolución conservadora" iniciada por Margaret Tatcher y secundada por Ronald Reagan, "revolución" concebida para adecuar a sus sociedades con las nuevas condiciones de vida creadas por el cambio tecnológico, en la producción y uso de las energías, y por el cambio en la concepción del trabajo asalariado y las relaciones obrero-patronales. Pero esa concepción, con un Estado menos interventor en la producción económica, se extendió a todo el mundo.

Desde entonces, los mexicanos estamos en las mismas: en la obligación de cambiar la excesiva y por lo tanto perniciosa influencia del Estado en los mercados de la producción de bienes y servicios y en la obligación, contradictoria en apariencia, del diseño del mismo Estado para cumplir con sus obligaciones en las tareas ahora más competitivas de seguridad social, de salud y educación a toda la población. Y por lo tanto dar paso a una nueva generación de empresarios regidos por la competencia y competitividad de los mercados, incluido el nuevo mercado laboral inherente e insustituible a las acciones empresariales.

Esta fácil enunciación ha costado al país, en su compleja realidad, enormes cantidades de dinero que ha sido gastado de manera improductiva y que ha impedido construir un auténtico desarrollo capitalista. También le ha costado divisiones políticas profundas que han determinado la lenta marcha del sistema democrático. Y finalmente, estas dos cuestiones han sobre determinado el bloqueo de la modernización exitosa de los seres humanos que llamamos mexicanos.

Desentrañar la comprensión y entretejido de estas dificultades es también la tarea intelectual inconclusa de casi tres generaciones. Estamos, más grave aún, ante un enorme problema colectivo y frente a la renuncia de responsabilidades ciudadanas más escandalosa en la breve historia democrática del país. Cambiar el sistema de privilegios por uno de meritocracia y responsabilidades no es tarea de un solo hombre, ni siquiera de todo un gobierno o un partido. Es una acción colectiva que debe ser esclarecida y correctamente enunciada para involucrar al mayor número de ciudadanos en sus soluciones.

Pegarle a la piñata llamada Enrique Peña Nieto sirve para descargar frustraciones personales o de grupo. Estas campañas de descrédito florecen en las iras provocadas por el numeroso grupo de resentidos antisistema: perdedores de elecciones, perdedores de privilegios por las reformas emprendidas especialmente desde 1989: los amloístas y priistas "revolucionarios"; los burócratas de los sindicatos nacionales de la educación y los petroleros; los dueños de los monopolios de la televisión y la telefonía; los empresarios que ya no son favorecidos con las fáciles ganancias en sus negocios con Pemex o que ya no reciben los contratos de las grandes obras de infraestructura, por mencionar sólo algunos.

Enrique Peña Nieto ha cometido equivocaciones inexcusables. La más costosa para él y su gobierno ha sido la invitación a Donald Trump. Son equivocaciones que nacen de un error conceptual, político y cultural. Los gobiernos podrán hacer muchas obras de infraestructura, cambios estructurales en sectores claves, nuevas formas de operar la administración pública. El mexiquense pensó que así podía gobernar el país. Grave error. Nada de estos éxitos será de gran utilidad política si no es capaz de generar expectativas sociales y de cumplirlas; si no construye nuevas bases sociales de apoyo a sus cambios y, también, si no genera corrientes de opinión pública favorables a sus causas. La imagen o concepto que se llega a tener sobre un gobernante radica, ahora más que antes, en el discurso y en la propaganda efectiva. Porque ahora las realidades que viven las sociedades no son favorables para ningún gobernante, en ningún país, en ninguna nación. En todos lados la buena imagen de políticos y gobernantes va a la baja. En México está en la ruina.

La tarea de la sociedad mexicana debería consistir en pensar cómo exigir a sus gobernantes cambios en su concepto mismo de gobierno. Esto va más allá de la autocalificación de "honestidad valiente". La realidad es mucho más compleja. Y esto sin olvidar que tenemos un régimen presidencial deformado, que ha acotado el poder ejecutivo, que carece de un poder judicial independiente y altamente competitivo y cuyo poder legislativo resulta en muchas ocasiones disfuncional a la gobernabilidad del sistema gubernamental y político. Pegarle al titular del poder ejecutivo es tarea fácil. Simplemente debemos comparar sexenios y personajes y tendremos un resultado evidente: que a Salinas de Gortari los dueños del privilegium le tendieron la misma cama que a Enrique Peña. Con una diferencia: el primero se rodeó de gente muy capaz y su propia inteligencia y olfato político le ayudaron a crearse una imagen irrefutable de benefactor de la sociedad mexicana… hasta que llego el punto de quiebre. Y entonces fue convertido en el Primer Demonio del país.

Ahora lo sustituye Enrique Peña Nieto. Éste con equivocaciones inconmensurables. Quienes le tienden la cama (o brasero) de la impopularidad son los mismos: los restos de los privilegiados del sistema corporativo, quienes suspiran con la vuelta a un pasado supuestamente idílico en el cual el Estado de la Revolución Mexicana hizo crecer la economía, dio sustento al pobre y riquezas a los intelectuales y estabilidad al sistema. Añoran una realidad irrepetible (por fortuna) en tiempos de la globalización, de la innovación y de la creación incesante de conocimientos, de la lucha a muerte por los mercados sobre la base del conocimiento hecho bienes y servicios y con personas educadas en exigencias máximas y de alta competitividad profesional. Un mundo de meritócratas, cierto, pero, por el momento histórico, un mundo inevitable. Si no busca explicaciones refinadas para entender esta realidad y se conforma con desprestigiar y pegarle a Peña Nieto está en su derecho. Obtendrá el mismo resultado que José López Portillo.