Política

Referéndum colombiano, entre la metralla y la bandera blanca

septiembre 06, 2016

A Ana María Lara, amiga colombiana de excepción.

La vida de los hombres es un arroyo de dilemas y de entrecruces. Más que azarosos juegos el dilema que implica elección, es también una escala para discernir desde lo coloquial hasta el radicalismo del volado entre la vida y muerte. Si Borges decía que la patria somos todos, existe un río caudaloso que desemboca en el océano del dilema nacional, ni más ni menos. La decisión será tan profunda que las vidas de cada habitante pueden tener un nuevo derrotero, llevarlas a buen puerto es una misión entre sociedad y Estado, es pues, la hora de una nación. Colombia, se encontrará el próximo 2 de octubre ese dilema, esa puerta a una nueva historia.

La geografía política es una silueta que danza con el recorrer de los siglos. Sólo tiene un freno o por lo menos un paréntesis histórico que lo fija el Estado, esa creación de la modernidad política y bastión del deber, el hacer y proteger. Así fue la silueta que puso los límites en la antigua Nueva Granada, que después el libertador Simón Bolívar definiría a Colombia y con ello el derrotero de un Estado más en América Latina. Esa serpentina fronteriza extirpó en el Darién un nuevo Estado, brazo entre el Pacífico y el Atlántico, en el nacimiento de Panamá que literal se planearía en las pretensiones territoriales y de dominio de Estados Unidos.

Colombia, la patria donde no existen fronteras entre el realismo y la magia, el hogar de escritores que como su Nobel García Márquez, sabían trasmitir en sus anteojos del alma las letras del escenario colombiano, ha sido una patria de claroscuros: un país con una casi perfecta sintonía institucional democrática, envidia de otras naciones, pero con el drama de una guerra civil y la más longeva guerrilla del hemisferios. El país de las esmeraldas, pero el manto donde la cocaína tiene la principal base además de su elenco del poder de los cárteles, aunque fragmentados (hoy, esa "fuerza exportada a cárteles mexicanos); el país de un excelso café, pero con la deuda histórica de un magro reparto agrario; la nación de sectores progresistas y reformistas en la lucha democrática, pero también grupos de autodefensas vinculados a la ultraderecha terrateniente.

Quizá, Colombia sea de los países más dispares en un juego de luces y sombras, que en otras dimensiones otras naciones de la región tienen en otros campos. El referéndum será más que una votación, una prueba para los colombianos y sus siguientes generaciones. Una vez que las mesas de negociación en diversos países y con el marco de organismos internacionales, regionales y especializados, la gran responsabilidad la tiene el ciudadano colombiano. No es elegir a un hombre para un puesto temporal de poder, es la elección entre la metralla o la bandera blanca.

Cuesta trabajo pensar que existe un número importante de que le apuesta al conflicto o más bien al aniquilamiento de uno u otro bando. ¿No desgastan el alma tantas víctimas, refugiados, miles de desplazados y los crueles maridajes entre narcotráfico, guerrilla, resabios de autodefensas y el Estado que llegó a perder su legítima autoridad en cerca del 40% del territorio nacional? ¿Es válido pensar después de décadas de conflicto que la salida militar es una opción, cuando ha probado lo contrario?

En caso de que la buena fortuna haga que la paz gane, vendrá una interrogante mayor, ¿qué clase de paz? Las respuestas son múltiples, pero la fundamental es la legitimación por los hechos de la presencia del Estado en todo el territorio colombiano. La desmovilización de grupos de fuego no es menor, como otras experiencias hablan de ello. Las heridas de todos los bandos y los actos delictivos, son una frontera delicada por la responsabilidad ante la justicia.

Muy arriesgado sería con el paso de los años repetir la dramática experiencia de Centroamérica o de México. El istmo centroamericano fue pacificado por la guerra civil, pero hoy tiene el mayor índice de violencia delincuencial del orbe. México, aún sin el eco de una guerra civil, el combate al narcotráfico y el ramillete de grupos delincuenciales, ha hecho que haya más víctimas que incluso en un país en conflicto. Ambos ejemplos conviven o rivalizan en procesos democráticos que ponen en juicio su calidad y esencia.

Si existe una identidad recíproca entre dos países latinoamericanos, es la de México y Colombia, los dos bioceánicos, aliados en causas a favor de la paz como su papel en Contadora con la pacificación de América Central, y ambos con el flagelo a la seguridad nacional y regional que es el narco y su penetración en diversos polos de la sociedad. Curiosamente, Colombia fue refugio del satanizado López de Santa Ana y en contraportada, su Congreso Nacional es quien declara Benemérito de las Américas a Benito Juárez García. Si Colombia ha sido un actor importante en la pacificación de la región, el apoyo internacional y de países como México debiera ser una reciprocidad histórica para reconstruir y construir un nuevo entendimiento. Con apremio en sus más de 2 mil kilómetros de vecindad con una Venezuela en crisis, y que es necesario evitar que escale un posible conflicto interno.

Hoy, los 47 millones de colombianos con un país miembro de la Alianza del Pacífico, y en proceso de adhesión para ser el tercer país latinoamericano en ingresar a la OCDE, tienen una oportunidad para reconstruir y reconciliarse en los próximos años. Con las armas enterradas, un nuevo esquema partidario podría surgir en la competencia por el voto y diversos proyectos nacionales se debatirán en la arena democrática. Un voto por la paz estará reconquistando mayores espacios de soberanía, que no es entelequia en tiempos de globalización. El conflicto interno y la lucha antidrogas amarró vientos intervencionistas en diversas fases desde el Norte, esa nube gris estará más lejana con el nuevo acuerdo nacional que espera turno.

Las naciones siempre han logrado crear sus propios redentores. Colombia tiene a Jorge Eliécer Gaitán, quien más que alcalde de Bogotá, representó el prototipo del estadista que un revolver no le permitió continuar. Su sacrificio y el inicio del lamentable Bogotazo, desplegó la larga noche colombiana. Vale la pena recordarlo cuando escribió: "Nada más cruel e inhumano que una guerra. Nada más deseable que la paz. Pero la paz tiene sus causas, es un efecto. El efecto del respeto a los mutuos derechos".