Política

Lo bueno, casi no se cuenta… ¡lo lamento mucho!

septiembre 05, 2016

La mala noticia comenzó cuando todas las columnas del primer día de septiembre, señalaban la visita del candidato Donald Trump a México como lo que terminó por sentenciar el pronóstico: el cuarto Informe del Presidente Peña Nieto, por más atractivo que sea su formato, estaba destinado a la opacidad, al descargo de la cólera social en tiempo real y la picardía de la opinión pública. Quienes seguimos toda la transmisión de este evento inédito, podemos constatar que la predicción fue acertada, sin embargo, considero que hubo puntos clave durante su desarrollo que merecen este espacio para su reflexión.

Peña Nieto protagonizó un encuentro con jóvenes provenientes de distintos puntos de la República. La cita se llevó a cabo en Palacio Nacional, donde fácilmente se percibía un mensaje de inclusión. Más allá de ver a un joven estudiante con discapacidad motriz, entre un teniente de la Armada de México y un futbolista adolescente del estado de Hidalgo, la expresión de los asistentes exhibía ansiedad. Una que respondía a un diálogo que, posiblemente, iba a desenvolverse con cierta sorpresa. Sin censura: de verdad incluyente.

¿El equipo del Presidente daría pauta a que eso fuera posible? ¿Estaría dispuesto a exponer al mandatario a las preguntas libres que los jóvenes depositaron en una urna? Según el moderador, así sería.

Pero antes de dar inicio con la dinámica, se reprodujo un video donde el Ejecutivo federal invitó a consultar el informe que unas horas antes, el secretario de Gobernación entregó al Congreso de la Unión, y que ya estaba disponible en el portal de Internet. En más de dos ocasiones, reiteró su intención de cambiar el monólogo por el diálogo, bajo la promesa de que no sería el último encuentro cercano con la ciudadanía. Finalmente, este acercamiento fue sólo una herramienta de apoyo a su obligación constitucional de enterar la labor de su administración al poder Legislativo.

Comenzó la ronda de preguntas. Ante el primer cuestionamiento sobre "qué otras buenas noticias puede dar el Presidente sobre el avance que tenemos como país", Peña Nieto ofreció más una apología de su administración que una rendición de cuentas respecto al cuarto año de su gestión. En efecto, la dinámica del ejercicio le permitió remitirse a un argumento que, por más razón que posea, tiene hastiada a la oposición: las promesas de las reformas estructurales.

Mientras avanzaban los minutos y las preguntas, el Presidente seguía acudiendo a lugares comunes: agotar el diálogo con la CNTE para atender el problema magisterial; más de las reformas; la disminución de los precios en algunos servicios de telecomunicaciones y su iniciativa frente al Congreso sobre matrimonio igualitario. Cuando creímos que todo estaba condenado a la monotonía, apareció la duda que todo mundo esperaba: ¿qué decir de la invitación del gobierno mexicano a uno de los contendientes por la presidencia de los Estados Unidos?

Ante esto, el Ejecutivo federal respondió que México como nunca antes, estaba presente en el debate que sostienen los candidatos a la presidencia de nuestro país vecino. Sin embargo, de manera muy especial, dijo que ante los agravios e insultos que ha tenido el Sr. Trump, en algunas ocasiones, en contra de los mexicanos, optó por la segunda opción: manifestarle que no vamos a pagar ni un solo ladrillo del muro que planea construir, además de reiterar la importancia que tiene México en la relación comercial, económica y política que sostienen ambos países. La primera opción era invitarlo para devolverle las ofensas, mentarle su madre en pocas palabras.

Aunque comparto la opinión de que el protocolo con el que se recibió al candidato Trump durante su estancia en nuestro país fue políticamente incorrecto, también lo habría sido el cerrarnos al diálogo con un actor que, digan lo que digan, aún tiene probabilidades de ser Presidente de los Estados Unidos. La idea no resulta descabellada si consideramos que, de acuerdo con la encuesta de Los Ángeles Times, el magnate se encontraba 2.6 puntos porcentuales arriba de Clinton el día de su reunión con Peña Nieto. Si bien hemos visto que, actualmente, las estadísticas no poseen palabra de honor, las casas de apuesta siguen abiertas y cualquier cosa puede pasar de aquí a noviembre. La posibilidad de que el republicano se quede con la Casa Blanca continúa vigente.

En resumen: la justificación fue correcta, la ejecución del discurso, pésima. Cualquiera que no haya escuchado al Presidente cuando nos visitó Trump, y sí lo hizo al día siguiente en su Informe de Gobierno, se la compraba. El mandatario se quedó a unas cuantas palabras de que la opinión pública no fuera tan severa con él. Bastaba con que el enérgico reclamo que le hizo a Trump en privado, lo llevara también frente a las cámaras. No sucedió. Peña Nieto no supo manejar la situación y le permitió al candidato estadounidense regresar a Phoenix impoluto, para continuar con su discurso racista, de odio y división.

Mientras tanto, en México explotaron de nuevo las redes sociales. De una reunión que pudo incluso traerle aciertos y contrarrestar su baja popularidad, el presidente Peña salió aún más perjudicado. Tal parece que se esfuerza en ser la prueba plena de la conocida frase: "Siempre podemos estar peor".

Por la noche, ya concluido el encuentro con jóvenes, seguía la lluvia de comentarios enardecidos contra el Presidente. No bastaron los más de 10 mil que se alcanzaban a leer durante la transmisión de Facebook Live. En un debate entre Héctor Aguilar Camín, el presidente nacional del PAN, Ricardo Anaya, el secretario de Hacienda, Luis Videgaray y el presidente nacional del PRI, Enrique Ochoa, continuaron discutiendo sobre los efectos que tuvo la visita de Trump a México. Por supuesto, los primeros dos no dejaron pasar la oportunidad de señalar a Peña como el único responsable de un completo desastre, el cual únicamente fortaleció a Trump en la contienda electoral estadounidense y dejó más ofendido al pueblo mexicano. Aún con argumentos extraordinarios, por su parte, los partidarios del Presidente hicieron lo que pudieron: aguantaron el golpe tras una jornada que, innegablemente, tuvo buenas intenciones, pero malos resultados.

Magnificar este suceso como el peor error político y diplomático de la historia, es caer a su vez en un exceso. Pienso que la gobernabilidad no depende directamente de la popularidad de un presidente, pues como dijo también Peña Nieto en su informe, no asumió el cargo con la intención de ser aplaudido. Sin embargo, también creo que las próximas decisiones que deba tomar el mandatario en materia de economía, de cara al próximo año, y sobre quién será el próximo candidato priísta para 2018, serán aún más difíciles con una desaprobación de su quehacer sin precedentes.

Todo se torna más adverso y, a no ser de que ocurra un milagro, tendremos que cambiar el slogan: lo bueno, casi no se cuenta… ¡lo lamento mucho!