Política

Asunción Nochixtlán

agosto 12, 2016

*19 de junio 2016, subrealismo e hiperrealismo

Diversos retrasos me agobian, el viaje de tres horas se ha convertido en uno de seis; paramos a desayunar o comer, ya no sé qué se hace a las 12 del día. Es un restaurante a dos horas de Nochixtlán, cinco docentes por prevención nos repartimos profesiones diferentes: ustedes dos son licenciados, yo agrónomo –propongo–, tú eres secretaria y ella contadora –comenta alguien más–. Cleo tiene tipo de contadora, reímos para disminuir la tensión, nos relajamos. Mi camioneta trae el logotipo de una promotora social, así es más creíble, más fácil que nos deje pasar el retén militar, de la policía o de quien, enemigo del pueblo y de los maestros, nos hostilice o retenga impidiendo la ayuda humanitaria. Poco después avanzamos otras dos horas y, de pronto, por fin llegamos a nuestro destino: Asunción Nochixtlán.

Cruzamos un primer grupo de personas, quizás 10 o 12, que no se entiende si están bloqueando o sólo permanecen en la entrada de la población, indiferentes a quien pase. Nos detenemos unos metros después del aparente pequeño contingente para descubrir que, en los flancos, hay cerca de 200 personas más; advertimos que son maestros como nosotros, es decir, aliados, resguardan a 10 o 12 tráileres de empresas trasnacionales enfilados que se les ha impedido salir del pueblo, al parecer desde hace varios días. Les ofrecemos y nos aceptan agua, levantamos la lona que cubre los víveres y se los entregamos. Continuamos el camino, nos han instruido para que lleguemos a la Escuela Primaria Abraham Castellanos que funciona como bodega, y que es ahí donde recibirán la ayuda. Comenta Montse que nos están monitoreando y que ya les avisaron de nuestra llegada, de pronto en la calle que transitamos nos cruza una camioneta blanca, nos hace señas y tras unos segundos de duda, alerta y confusión, reconocemos al vehículo como amigo, ahora nos escolta.

Sabemos que debe haber mucha tensión con los extraños, estamos en un lugar donde pocos días antes la policía disparó e hirió entre 50 y 100 nochixtlécos, mató a 11 de ellos, ocho en el momento y tres después de la confrontación. Entre los difuntos, dos docentes y los demás, gente del pueblo sin otra filiación, varios estudiantes, uno de ellos, un joven a pocos días de ordenarse sacerdote. En contraste a lo esperado al interior de la pequeña ciudad, las calles, comercios y gente caminan como si nada hubiera pasado, como en cualquier lugar en paz, no como el Estado de Sitio que imaginé. Cuando la policía federal, encargada de cuidarlo, dispara al pueblo desarmado, es que las cosas no están bien, para nadie; se evidencia que ha desaparecido la capacidad del gobierno, la política se ha esfumado y sobreviene la guerra, así que ello mismo imaginé: la devastación y tensión de una ciudad en guerra, y aunque al principio no lo vi, pocos minutos después se develaría ante mí.

De la tensión para llegar a Nochixtlán, a una barricada modesta, entramos a un pueblo en aparente calma, con actividad comercial cotidiana. La camioneta que nos interceptó, nos guía a la Escuela Primaria Abraham Castellanos; ahí, área resguardada, tres maestros vigilan la reja de entrada, nos abren para pasar después del carro que escolta, salen de los salones algunos otros maestros que nos indican que coloquemos los vehículo en un lugar estratégico para la descarga. Descendemos y nos saludamos con abrazos, les mencionamos que somos de la CNTE Veracruz, que traemos nuestros abrazos solidarios y nuestro cariño fraterno de las personas de Xalapa, que han cooperado en la plaza central de la ciudad para ofrecerles medicinas, artículos de curación, alimentos y dinero en efectivo. Les proponemos iniciar con la descarga y la entrega de los insumos. Ellos nos indican que antes debemos de escucharles y recibir los agradecimientos con la dignidad debida.

Ahí empiezo a entender que mi actitud moderna, eficiente y utilitaria no casa con las personas que acaban de perder a familiares y amigos, que precisamente por su duelo y dolor, no están dispuestos a recibir nada de nadie a no ser de expresar antes su sentir de tristeza, dignidad, y su convicción de resistencia. Escuchamos algunas palabras que nos remontan a la incomprensión y a la barbarie, casi nos hacen llorar; no es que se apele a la sensiblería humana corriente, sino que con valor y decisión nos expresan su lucha, su resistencia y su tesón, con parsimonia, como quien se sabe convocado a la desgracia y estoicamente asume la lucha que le toca librar como un deber por la salvaguarda de su cultura, su identidad y su ser histórico social.

Terminamos de hablar y juntos descargamos los víveres, en un momento, llega diversa gente al recinto, tienen actividades variadas, la chef de la Universidad de la Ciudad de México, o UCM, junto con los coordinadores del lugar, nos invitan a comer, y los últimos nos expresan que a las 4 de la tarde de ese día habrá una "barricada cultural", donde con música y discursos se reivindicará ante el pueblo la lucha librada. A nuestro alrededor, la actividad es ferviente, hay muchos alumnos de la UCM, un autobús cerca de la entrada indica que han llegado más de 40 muchachos, varios extranjeros parecen hospedados ahí, también alumnos de la UNAM, de la Universidad de Oaxaca. Parece que nacionales y extranjeros, incluidos nosotros, queremos aprender, queremos comprender qué está pasando, queremos oír, queremos hablar, queremos formar parte, tener un lugar en esta rebeldía que huele a muerte pero igual a héroes, queremos ser parte de la protesta, del dolor y de la resistencia.

No sólo se trata de un acto de solidaridad, sino de arrancar, al lugar, las entrañas de la barbarie vivida así como la respuesta valiente y digna que corresponde a estos hechos. De obtener un porqué del antes y del después. Un equipo de prensa regional busca la red de Internet para trasmitir su programa de radio comunitaria, que emite en frecuencia modelada. Nos piden que hablemos en una entrevista en vivo acerca de nuestra perspectiva, ya nos hicieron otra entrevista para un programa pregrabado. Aunque aparentemente no pasa nada, en la escuela pasa todo. Un nuevo vehículo hace su entrada en la zona de descarga, dentro una familia inclusive con un bebé, abre la cajuela del compacto y varias cajas han sido marcadas ayuda de la familia Rosas García para las personas de Nochixtlán. La actividad es ferviente y fructífera hacia donde se voltee la vista.

Poco a poco, minutos después de aparentar estar vacía, la Escuela Primaria Abraham Castellanos se parece cada vez más a un mercadillo o a un área de campamento militar. Por lo menos es claro que es un almacén de pertrechos: descubro en el auditorio de la escuela dormitorios para los campañistas. Temo mucho ser indiscreto, pero también es importante preguntar, así que cuestiono sobre la zona de conflicto donde se dieron los hechos violentos, donde se derramó la sangre; me responden que se encuentra a apenas 200 metros de la escuela en la que estamos y que en unos momentos irán a dejar agua a medio millar de personas que mantienen las barricadas resguardadas. En la entrevista pregrabada declaro que llegamos ahí trayendo nuestra admiración y respeto por las personas que están defendiendo a México, que admiro la dignidad del pueblo y declaro que esa sangre derramada no puede significar poco, que Nochixtlán quedará en la historia como quien primero enfrentó con la sangre de sus hijos al poder ilegítimo que no gobierna, que ese pseudogobierno responde a la voracidad de empresas nacionales y trasnacionales que pugnan por privatizar la educación y vender al país al mejor postor, dejando en la miseria al pueblo.

Una camioneta cargada con unas 500 botellas de agua está por salir, nos invitan a ir y los cinco compañeros xalapeños la abordamos, tomamos dos o tres calles y llegamos a lo que debió haber sido el infierno, vehículos, camiones y autobuses quemados; algunos volteados, la carretera llena de manchas negras de fuegos en el centro de la carpeta asfáltica, entre ellos el tenebroso esqueleto metálico de un autobús tipo ADO, quemado, es otro escalofriante testigo de los hechos ocurridos: en uno de sus costados cuelga una manta blanca con letras negras, es una imagen de Peña Nieto y Nuño con la leyenda "Asesino del Pueblo". De pronto, en la carretera, casi un kilómetro de heridos, muertos y velas pintadas en el suelo. Es impresionante el trabajo plástico, es una alegoría a la vida y a la muerte, a la barbarie y a la resistencia; se graba el recorrido, es impresionante cómo convoca al dolor la cantidad de cuerpos retorcidos en el pavimento. Es un catálogo de heridos y muertos, siempre vivo en la carretera. El símbolo perene de la muerte en la consciencia de los asesinos.

De pronto llegamos al tramo carretero donde dos vías se cruzan con un puente, abajo, en los extremos, dos barricadas con fuego y tierra, ahí mil maestros resguardan, ahí muchas fogatas extinguidas, ahí están cerca las pinturas de los policías federales apostados en la tristemente célebre, vulcanizadora Ramos, disparando al pueblo. Ahí, en el centro de todo el escenario de guerra, de pronto, entre el mundo de imágenes del apocalipsis, están siendo filmados dos bailantes majestuosos, sublimes y coloridos, otra más, con su penacho y corona de plumas salta en baile rítmico sobre el cofre de un vehículo incendiado, sin música se regocijan, la alegría en sus caras y una rosa en la boca de una danzante. Son grabados para promover la fiesta de la reivindicación, del aviso al mundo que Oaxaca está vivo; es la Guelaguetza magisterial, una fiesta de recuperación. En conjunto ante mi mirada maravillada se constituye una escena subrealista, es exacto un sueño, en el paraíso de las plumas multicolores con la vida y la belleza en medio de la guerra. Estoy entre el tánatos, la muerte de los héroes que han detenido y expulsado al invasor, que ahora danzan, reivindican la resistencia, la vida, son a su vez el eros en la danza del amor, la danza de Oaxaca que grita por la sangre de nuestros caídos "ni perdón ni olvido", igual por la libertad de nuestros presos políticos.

Sé que explicamos y debatimos, en los foros académicos, entre personas y estudiantes del neoliberalismo y sus perjuicios, pero casi nunca vemos los muertos que causa; aquí pintados en la carretera y en el panteón están convocados, están presentes y vivos, caminan con nosotros en la consciencia. Cuando la política se ausenta la guerra sobreviene y nos castiga. Aquí en la zona de disparos la realidad nos golpea con un puñetazo en la cara, invade nuestros sentidos y taladra el cerebro, es la hiper-realidad. De Benedetti recordamos que libertad y muerte son una redundancia en un país de presidentes sin escrúpulos, aquí la protesta se lee con balas en el cuerpo. Alguien, por cierto, un sabio académico, defiende al neoliberalismo y fustiga a sus detractores: "no entienden lo qué es", y efectivamente, no entiendo todo lo que debo acerca de él, pero aquí en Nochis aprendí que no quiero entender, duele la razón, la sangre y la fatuidad se huelen y se palpan, aquí implica demasiado dolor para que lo quiera comprender.

La hegemonía mundial capitalista, las empresas trasnacionales y nacionales conectadas no tienen posibilidades de ceder; su propia crisis las agobia de muerte, también despersonalizadas no tienen margen para hacer concesión a las demandas, por demás justas del pueblo que ve amenazada su forma de vida y de subsistencia. Eso no es opinión, ni apariencia, es una realidad. Los guerreros flechadores del sol, los nunca conquistados; los oaxaqueños, así como los michoacanos, los guerrerenses, los chiapanecos y en general los maestros conscientes de México tampoco estamos dispuestos a ceder, porque hacerlo será autocondenarnos a vivir y morir de rodillas, será ser víctimas de la guerra de exterminio por venir. Estamos en la lucha de los que tienen dólares y producen dólares, que entienden que la esencia del ser es convertirse en mercancía, contra los que buscamos mediante la educación instalar lo humano en el ser de cada hombre. Eso es la realidad, ese es el hiperrealismo de Asunción Nochixtlán, evidente destino de México a corto y mediano plazo.

luisbello_estrada@hotmail.com