Política

Gonzalo Aguirre Beltrán: el intelectual, el funcionario público, el hombre

agosto 10, 2016

¿Cómo podemos conocer a un hombre, se preguntaba N. Berdiaev, si no tenemos acceso a la corriente interna de sus emociones más profundas y a los sentimientos que alimentan su alma? Es cierto, todo intento de aproximarnos al individuo concreto, chocará con este límite y su personalidad quedará siempre cubierta por un velo que la perspicacia psicológica apenas podrá remover un poco para asomarse al fondo. Comentando esos relatos que intentan aprisionar la aventura humana con descripciones de sucesos sobresalientes, salpicados de anécdotas, se preguntaba el poeta León Felipe: "¿Y a esto le llaman la vida de un hombre?". Pero al margen de esta dificultad insuperable relacionada con el misterio ontológico, aquello que es en su mismidad existencial un hombre, haciendo de él un "singular" según la profunda expresión de Kierkegaard, existen las huellas que cada uno deja de su paso por la vida y esas huellas, si no nos dicen todo, nos dicen mucho del carácter, las motivaciones, las metas buscadas, los valores en los cuales creyó esa persona. Aunque el hombre no se agota en lo que hace, ni es la suma de sus actos, pues trasciende lo uno y lo otro, su obra lo refleja y, al través de ella, puede intuirse la verdad esencial de su vida, el sentido que quiso darle. Para los demás y ante los demás, la justificación objetiva de su paso por el mundo es lo que queda cuando ha partido.

Convencido de tales limitantes, me propongo detenerme brevemente en algunas huellas, las más visibles, las más nítidas, dejadas por Gonzalo Aguirre Beltrán, un hombre que dignificó con su entrega incondicionada el ejercicio de la reflexión teórica y la praxis política, dejando un testimonio de plena congruencia entre el pensar y el hacer . Al revisar panorámicamente el legado de don Gonzalo, mis juicios recogerán también el conocimiento directo sobre su persona, al que me dieron acceso los muchos años que me dispensó de generosa amistad

Gonzalo Aguirre Beltrán nace el 20 de enero de 1908 en Tlacotalpan, la gentil ciudad enclavada en la Cuenca del Papaloapan y que tuvo un notable florecimiento económico y cultural durante el siglo XIX y principios del XX. Fue el mayor de los 17 hijos de la familia formada por el Doctor Gonzalo Aguirre Beltrán y Doña Pilar Beltrán Luchichí. Como la inmensa mayoría de los jóvenes de su generación, deseosos de cursar una carrera universitaria, nuestro antropólogo partió a la capital de la República para estudiar en la Escuela Nacional Preparatoria, institución de recia tradición positivista; enseguida cursa la carrera de medicina. Esa formación lo marcará definitivamente. El positivismo, en cuanto da expresión a la confianza en la cognoscibilidad del mundo por la vía de la experimentación controlada y, a partir de esta convicción, a la certeza de que los seres humanos pueden liberarse de las diversas clases de servidumbre a que han estado sometidos a lo largo de la historia, permanecerá como un sedimento del trabajo intelectual de Aguirre Beltrán. Lector incansable, don Gonzalo enriqueció la metodología positivista, derivada del modelo de las ciencias naturales, con las tesis de los pensadores ácratas y marxistas y las aportaciones de la antropología, lo cual le permitió darle un peso decisivo a la búsqueda de la justicia, por una parte y al papel de la cultura por la otra . Aunque respetuoso de los hechos, escapó a la ingenua pretensión positivista de que los hechos están ahí, con independencia del observador, el cual simplemente debe limitarse a recabarlos. Los fenómenos sociales, en particular, ofrecen especial dificultad, por ser el investigador mismo alguien involucrado, lo quiera o no, en la materia de estudio. En base a esta conciencia del estatuto epistemológico de las ciencias humanas, Aguirre Beltrán advertía las limitaciones de algunos estudios puramente descriptivos de la antropología anglosajona, o realizados bajo su influencia. Describir los hechos no es todavía hacer ciencia, como creen aquellos que se limitan a recolectarlos, sin advertir la parte activa de su propio papel de sujetos cognoscentes. Los hechos, finalmente, son una construcción y no lo dado.

La preocupación por los derechos de los pueblos étnicos tendrá en Aguirre Beltrán, además de una sólida base doctrinaria, el estimulo de la vivencia directa de las desigualdades del México postrerevolucionario, en el cual, en esa primera mitad del siglo XX, alentaba un espíritu de justicia que el Estado nacional reclama, no sin contradicciones como su tarea, estableciendo objetivos prioritarios en cuestiones de educación, salud, derechos laborales , desarrollo de la industria y la agricultura, vías de comunicación. El más elevado, empero y al que tendían todos los esfuerzos, era la unidad nacional , en la cual los indígenas tendrían, al fin, un papel relevante, por ser uno de los pilares de esa nacionalidad todavía en proceso de consolidación. En la unidad ideal la diversidad seria superada en una síntesis que haría justicia a los indígenas, previa su incorporación a la cultura nacional.

Terminada la carrera de medicina, Aguirre Beltrán se establece en la ciudad de Huatusco, donde permanecerá 10 años ejerciendo su profesión. Anda a caballo por los caminos de la región, sin negarse a ningún llamado urgente y no pocos lo eran en ese tiempo, en que los servicios médicos prácticamente no existían. Muchas madres dieron a luz asistidas por el joven médico. Y aquí una anécdota sobre esa etapa de su vida: en cierta ocasión, allá por 1981, cuando don Gonzalo ya se había establecido definitivamente en Xalapa, para pasar en esta ciudad los últimos años de su existencia, le hablé del maestro Octavio Castro López, quien deseaba saludarlo.Tal vez se acuerde usted de él, le comenté, es de Huatusco y…: aquí me interrumpió don Gonzalo para decirme: ¡Cómo no me voy acordar de él, si yo lo ayude a venir al mundo!

En Huatusco, Aguirre Beltrán publica su primer libro: El Señorío de Cuauhtochco, obra de grata lectura, en la que ya se reconocen su perspicacia para descubrir temas de interés general, así como sus cualidades de escritor formado en la buena literatura. Esa excelencia de la palabra escrita estará presente en todas sus obras y precisamente el premio Elías Sourazky la destaca, lo que es digno de mencionarse, para darle el sitio que merece en el ámbito literario. Cierta ocasión le comenté que su forma de escribir no tenía la rigidez característica del común de los estudiosos de las ciencias sociales, a lo cual me respondió que la lectura de novelas clásicas en su juventud, especialmente de autores franceses, le había dejado el gusto por la claridad y elegancia en la expresión, exigencias que él trataba de cumplir en sus textos.

Tras tomar un curso de un año con el eminente antropólogo Melville J. Herskovitz, Aguirre Beltrán se dedicará por completo al estudio de la antropología social, a la cual le gustaba llamar La Ciencia del Hombre. Ya en esta apreciación de su disciplina, puede verse la importancia que dio a la cultura, a la cual entendía simultáneamente como producto y productora del hombre. Este énfasis en la relevancia de la cultura, lo llevó a disentir de los enfoques economicistas que consideraba reductores de la realidad humana. Aplicando al indigenismo, el criterio adoptado por Aguirre Beltrán, implica el objetivo de trasformar la economía de subsistencia de las comunidades étnicas, pero sin olvidar que la cultura funciona como una totalidad orgánica, en la cual cada cambio o innovación en alguno de sus aspectos, trae trastornos en la estructura total, que el promotor del cambio debe anticipar para prevenir efectos indeseables. Cambiar las relaciones de injusticia prevalecientes entre las comunidades étnicas y la ciudad mestiza rectora en la región intercultural, fue el propósito que inspiró la teoría indigenista de Aguirre Beltrán, expuesta básicamente en dos obras clásicas del indigenismo latinoamericano: El Proceso de Aculturación y Regiones de Refugio. Para nuestro autor, las comunidades étnicas poseen una identidad cultural y lingüística que debe ser respetada y preservada por el Estado, sin demérito del proceso de integración de los pueblos indígenas a la nación. En este punto, Aguirre Beltrán amplío y profundizó el indigenismo de Manuel Gamio, quien había defendido la tesis de la incorporación del indio. A diferencia de la incorporación, que significa, nos dice Aguirre Beltrán, según la etimología, introducir un cuerpo en otro, la integración es un proceso dinámico: las culturas étnicas y la cultura nacional interactúan simultáneamente; sin embargo las primeras no deben considerarse inferiores, ni mero material pasivo. Para nuestro antropólogo, se trata de la relación tríadica de tesis, antítesis y síntesis que toma de la lógica de Eli de Gortari y que le permite explicar la dinámica de la aculturación. Bajo estas premisas teóricas se fundaron los Centros Coordinadores cuyo funcionamiento inició en la década de los cincuenta, en las más importantes ciudades primadas capitales de las "regiones de refugio indígena". Al cambiar las políticas del gobierno federal, a partir del presidente José López Portillo, los Centros Coordinadores fueron perdiendo el papel protagónico que los caracterizó por algo más de tres decadas. En ellos se impulsó la educación bilingüe, utilizando maestros nativos del área, el desarrollo agropecuario, la salud, tomando en cuenta las aportaciones de la medicina tradicional y se dio asesoría a los indígenas, muchas veces víctimas de la injusticia por desconocimiento de la lengua oficial y de la ley. Tales propósitos fueron alcanzados sólo en la medida en que el Estado invirtió recursos para apoyar a la política indigenista. Esto significa que entre el discurso oficial y los logros efectivos siempre hubo un hiato. Por otra parte el tamaño y la complejidad de la problemática indígena constituyen un reto tan grande, que difícilmente cualquier cantidad de recursos disponibles por el Estado podría resolver. Sin lugar a dudas la mejor época de expansion y apoyo a la política indigenista, se vivió cuando don Gonzalo ocupó la subsecretaria de la Cultura Popular de la Secretaría de Eduación Pública (SEP), durante el periodo 1970-1976. Los acuerdos directos que sostenía con el presidente Luis Echeverría le permitieron exponer las necesidades del Instituto Nacional Indigenista (INI), del cual también fue, durante ese mismo período director general. Por cierto, don Gonzalo declinó cobrar el sueldo de director del INI, nombrando a un director adjunto que atendiera permanentemente en las oficinas de la institución. Menciono el gesto, porque nos habla de las convicciones éticas que guiaron la conducta de don Gonzalo en su paso por la vida pública. A fin de darles una idea más clara del talante moral, permítanme contarles un suceso del cual tuve conocimiento directo dada mi condición de secretario particular. Quería el presidente Luis Echeverría Álvarez, levantar un santuario cívico en Ichcateopan, a donde el pueblo acudiría a honrar la memoria de Cuauhtémoc, la figura más pura de nuestro panteón cívico. Para llevar a su culminación dicho proyecto, el presidente requería el aval de la comunidad científica, en el sentido de su pleno reconocimiento al hallazgo de los restos mortales del último gran señor de Tenochtitlan. Para ello solicitó al Dr. Aguirre Beltrán consultar a los antropólogos de mayor autoridad y conseguir su respaldo. don Gonzalo hizo la consulta con el mayor respeto a la investidura de sus colegas, sin intentar siquiera la más mínima presión. El resultado fue lo que ya se esperaba: los mencionados restos no podían ser, de acuerdo con las evidencias, los de Cuauhtémoc. Y así lo comunicó el Dr. Aguirre Beltrán al ciudadano presidente la respuesta contrariaba los íntimos deseos del Ejecutivo, quien seguramente no la esperaba, como se hizo evidente por un largo periodo de silencio presidencial. Ya no hubo llamadas ni acuerdos y don Gonzalo consideró seriamente la posibilidad de la renuncia. Le dolía la ruptura con quien le había tratado siempre con afecto y consideración, pero no podía cambiar su convicción sobre la precedencia de la verdad a cualquier interés utilitario por grande que éste fuera. También le dolía perder la oportunidad de hacer cosas desde la subsecretaria a su cargo, por las cuales había luchado toda su vida. En este estado de ánimo se encontraba, cuando volvió a sonar la red y continuaron los acuerdos ¡Caso inusitado en aquellos tiempos: el presidente había entendido la posición ética del hombre de ciencia!

Si bien el problema indígena fue una constante en el pensamiento de don Gonzalo, también fueron objeto de su interés otros temas, como la influencia de los negros en la configuración de la identidad étnica y cultural de los mexicanos. La educación, el fenómeno del sincretismo religioso, el estudio de la medicina tradicional, fueron, así mismo, asuntos en los que hizo aportaciones fundamentales. Henri Favre, distinguido investigador francés, expresó alguna vez, cuando aún vivía el Dr. Aguirre Beltrán, que, "sin duda, el mexicano Gonzalo Aguirre Beltrán, es el más connotado antropólogo social vivo del hemisferio occidental." Juicio objetivo por la neutralidad de quien lo pronunció y que nos da una idea de la estatura intelectual de este veracruzano ejemplar.

Hoy los presupuestos ideológicos del indigenismo están en entredicho. Ante la disolución de los ideales y objetivos de la modernidad, se buscan nuevos modos de conceptualizar la marginación y la pobreza de las comunidades étnicas. Algunas soluciones de tan radicales, llegan al extremo de negar la especificidad del problema indígena, mientras otras acentúan tanto las diferencias, que caen en la utopía de defender un mundo indígena al margen del Estado nacional. Están también quienes, actualizando las tesis conservadoras del siglo XIX con un neoconservadurismo intolerante, simplemente pretenden ignorar la existencia del indígena, dejando su suerte en manos de las fuerzas del mercado. La solución parece encontrarse en una reforma a fondo del Estado nacional, a fin de dar al indígena su lugar en la nueva estructura jurídica y política del país. Sin embargo, la herencia del indigenismo en sus aspectos positivos habrá de ser considerada en esta reorientación del Estado mexicano y, en tal sentido, la obra de Gonzalo Aguirre Beltrán, el ultimo gran teórico del indigenismo , todavía tiene cosas que decir a quienes emprendan las reformas. La cuestión es no retroceder a posiciones superadas por el indigenismo, sino partir de una visión que los propios indígenas ayuden a replantear, aunque la perspectiva de las comunidades étnicas no puede ser ya la del Estado, tal como éste se vio a sí mismo en la etapa postrevolucionaria. Es incuestionable que la nueva visión será, también, la que el Estado, en tanto expresión de intereses generales, tenga de lo que debe ser el nuevo proyecto de convivencia nacional.

Hasta el final de su vida, don Gonzalo se mantuvo activo realizando trabajo de campo y dictando los escritos que dieron origen a sus últimos libros. A su lado y bajo su positiva influencia intelectual, terminaron su formación académica un buen número de estudiantes, quienes en la actualidad son prestigiados investigadores. don Gonzalo siempre estuvo dispuesto a compartir sus conocimientos, sin la vanidad de hacer discípulos; fue absolutamente respetuoso del modo de ser y de pensar de quienes le rodeaban; solo esperaba seriedad y honestidad intelectual. Por lo que a él se refiere, fue fiel al criterio de distinguir el grano de la paja en los autores de moda. Con mente lúcida, abierta al diálogo con las nuevas ideas, reflexionó sobre las novedades del mundo, pero ya no contó con el tiempo suficiente para prestarles atención, como hubiera deseado, a los problemas inherentes al orden globalizado. Con todo, se dio cuenta de la era que se cerraba con el fin del milenio y se mostró preocupado por el futuro del país, aunque mantuvo hasta el último momento la confianza en el conocimiento y la educación para la solución de problemas.

En el 2008, con motivo de los 100 años de su natalicio, por iniciativa de las autoridades estatales, fueron traídas las cenizas del doctor Aguirre Beltrán, de la ciudad de Tlacotalpan, al cerro Macuiltépetl en la capital del estado, donde reposan los veracruzanos ilustres. Fue un acto de justicia para quien dejó un ejemplo de congruencia en su trayectoria intelectual y de espíritu de servicio en el desempeño de los cargos públicos.