Política

Szep Szo

agosto 10, 2016

◗ Había una vez un plan...

uentan que algunas personas desearon contarse qué soñaban hacer con sus vidas. Se daban explicaciones sencillas. Describían simplemente sus más fervientes anhelos. Querían oír las palabras que formaban mentalmente sus deseos. Y como eran sueños, tuvieron que inventar nuevos sonidos, nuevas exclamaciones. Vivían el placer del relato con sus iguales. Escuchaban con alegría las frases bien acomodadas, de manera ordenada, que podía ser de su vida y reconocían el esfuerzo de paciencia de sus amigos en este juego de invenciones. Gozaban porque daban rienda suelta a sus pasiones. Conforme tejían sus relatos, fueron tomando conciencia de que podían decidir su propio destino. Se descubrieron con capacidades para imaginar y trabajar en las tareas que los llevaran a cumplir sus esperanzas. Arraigaban en ellos las certezas de que podían formarse ellos mismos, pues siempre pensaban en asuntos que dependían básicamente de sus propias capacidades.

El juego despertó en sus integrantes sentimientos lúdicos. Sentían el placer de construir imágenes y verse a sí mismos creciendo hasta convertirse en adultos y luego en viejos. Uno a uno hacían el esfuerzo para que cada palabra utilizada fuera la más precisa posible, la más cercana a sus sentimientos y pensamientos. Y si no existía, la inventaban y convenían su significado. El juego sólo tenía reglas sencillas: todos debían participar para compartir todas las sensaciones; ningún sueño estaba prohibido, ningún anhelo debía hacerse a costa de los demás: todos tenían a su disposición mucho mundo. Entrar al juego era reconocer que formaban parte de esa comunidad de placeres y estaba prohibido romper sus reglas.

Los juegos verbales llevaron a algunos inclusive a relatar propósitos lúbricos: los placeres formaban parte de sus vidas futuras. Otros se mostraron lúcidos creando soluciones ingeniosas. No fueron pocos los lúcidos en sus propuestas que además de beneficiarlos a ellos, procuraban alegría y bienestar a sus prójimos. En algunos participantes la lucubración los llevó al delirio y veían, soñaban y proponían fantasías, unas hermosas y otras terribles. Los participantes entraron en éxtasis. Descubrieron inéditas sensaciones escondidas en su ser. Constataron los efectos alucinantes de las pócimas de la lucubración, de la vigilia dedicada a hacer realidad sus propias potencialidades como seres humanos.

Otro grupo los vigilaba. Sus integrantes habían desarrollado las capacidades de la engañosa alabanza a sus propios méritos. Se situaban a sí mismos en un plano de superioridad debido a su racionalidad y su escepticismo. Tenían por muy superiores sus saberes y experiencias y hacían gala de su enaltecimiento fingido. Para los demás, en todo caso, tenían la magnanimidad del elogio venenoso.

Así, para cada relato del pretérito lúdico de sus vecinos, éstos personajes maestros en la befa sangrienta, tenían las expresiones exactas para procurar poner en ridículo los que ellos consideraban extravagantes deseos. Sus mofas y descalificaciones sonaban razonables en un mundo y en un momento con muchas tinieblas, con demasiadas carencias, con excesivos obstáculos, poblado de seres toscos, incultos. En estos seres humanos agobiados por las ignominias de sus propias vidas, los relatos lúdicos les causaban rencores: hablaban sin consideración ni reparos éticos sobre las irrealizables ilusiones. Por su fuerza desmedida, en número y tosquedad, podían oprimir, reprimir, someter al oprobio a los contadores de relatos que, entre tanto, se divertían mucho, pues no les pesaba actuar como niños.

Los dioses vieron los desencuentros entre esos grupos de seres humanos. Tuvo una intervención mínima. A los que jugaban a ser niños y soñar con una vida mejor les otorgó la sonrisa y el don del optimismo alegre y mesurado. A ese grupo le puso por nombre, lúdrico. Al otro grupo lo premió con la carcajada que oculta sus envidias, sus rencores y frustraciones, con sacudimientos de barriga que derraman la hiel y que deshonra más a quién descalifica. Lo llamó, ludibrio.

¡Hay mucho mundo para todos! ¡La realización de los anhelos no obliga a hacer daño a los vecinos, a los jugadores si éstos y todos los miembros de la comunidad, cumplen con las reglas de juego! ¡Cada uno puede tener sus sueños a realizar y su concreción depende básicamente de ellos mismos! ¡Pero también es posible y es deseable que el juego que todos jugamos, que albergamos en nuestro interior desde que somos niños y con el cual construimos nuestros paraísos terrenales, sin más límites que nuestra imaginación, y que involucra a más personas, sea relatado y después convertido en realidad! ¡La vida personal, el juego que todos jugamos, consiste en soñar diariamente y diariamente trabajar para hacer realidad nuestras pretensiones!

El carácter lúdico de las vidas humanas se detiene, en muchas personas, después de la infancia. Dejan de soñar. Cancelan sus juegos. Millones porque las adversidades les imponen una cotidianidad que destruye sus cuerpos y sus mentes y quedan extenuados y sin fuerzas para anhelar un cambio y tratar de construirlo. En otras actúan las frustraciones personales debidas a la destructiva fuerza de las represiones, de las cancelaciones de posibilidades, de proyectos personales fracasados que minan, en millones más de seres humanos, los deseos de pensar con un mundo mejor para ellas mismos y sus familias.

Los sueños, los deseos individuales y colectivos a realizar en las vidas cotidianas, no están situados en un espacio totalmente libre, sin relieves, liso. Desde ese espacio mental aparecen, junto a las imágenes deseadas de felicidad, de satisfacción, de realización, múltiples pliegues que en la realidad hacen del avance hacia las metas anheladas un camino con tropiezos. Esta capacidad mental de pensar un proyecto, propia y exclusiva del ser humano, para tener primero una idea de lo que desea conseguir y además, despertar al mismo tiempo esa capacidad de realización, esa obstinación por conseguir lo que se propone, también exclusiva de las mujeres y los hombres, son capacidades innatas, surgidas en la compleja aparición del hombre sobre la tierra. Están presentes en todos nosotros. Es necesario darles un buen uso colectivo.

Ojalá que las personas que están al frente de la coordinación del Plan Veracruzano de Desarrollo (PVD) entiendan y comprendan la complejidad de los seres humanos. Es decir, que estén conscientes de que sería vital, para sacar a la sociedad veracruzana del hoyo en que se encuentra, que despertaran en los veracruzanos el placer de expresar sus relatos sobre una vida mejor para ellos mismos y para sus vecinos, amigos y por supuesto para sus familiares.

Deberíamos poder obligar a los coordinadores del dichoso PVD a que despierten anhelos entre los veracruzanos y tengan la paciencia de escuchar sus relatos. Esta sencilla fórmula puede reiniciar un diálogo perdido sobre nuestra vida en común en tanto ciudadanos veracruzanos. La expresión de los relatos del juego infantil, del pretérito vivido como acción placentera, podría ser la base para mitigar el mal humor social, para reblandecer el encono social. Servirían de bálsamo al inmenso dolor de las madres y los padres, esposas e hijos, hermanos y amigos de las mujeres y hombres desaparecidos, asesinados, raptados, extorsionados.

La honorable institución que es la Universidad Veracruzana (UV) pondrá lo mejor de sus mujeres y hombres para dar forma organizada, para recoger problemas y soluciones concretas expresadas por ciudadanos. Podrá partir de ahí para crear categorías, los conceptos para pensar teóricamente cuál es la mejor forma de ofrecer respuestas de gobierno colectivas, mediante políticas públicas aprobadas por el Congreso. Pero no debiera "hacer el plan", es decir, no debiera a suplantar o sustituir los relatos de los veracruzanos que describen sus anhelos, sus sueños, sus deseos y las formas de llevarlos a la práctica.

El comité rector del Plan Veracruzano de Desarrollo tiene la responsabilidad ineludible de conjuntar al gran equipo, al gran grupo de los lúdricos. Tiene que darles la voz y crear las capacidades de que entre todos surja la capacidad de escucharnos, de gozar con nuestros relatos. Saber de los cuentos de todos, porque todos somos importantes, porque debemos importarnos unos a los otros, porque vamos a conocer del juego de nuestras vidas, de los sueños infantiles o exigencias de adultos que todos tenemos y que juntos podemos hacer que sean más fácilmente realidad.

Ya se escuchan las sonoras carcajadas de los ludibrios. Descalifican, se mofan, escupen insultos. Está muy bien. ¡Que hablen! Esas son las características que les dieron los dioses. Con su amargura hacen resaltar la genuinidad de los relatos de sueños de los que no se han rendido, de los que desde el dolor, el sufrimiento, las carencias tienen la capacidad de soñar, de nunca dejar de ser niños, de contar sus relatos de mejores vidas. Es necesario que los ludibrios griten: también sus voces las deberá recoger el comité rector del PVD. Que nadie quede fuera. Esta es la exigencia hacia los integrantes del comité ciudadano que impulsó esta idea de trabajo colectivo: conjuntar sin excluir relatos de mejor vida por parte de los ciudadanos. Esta es la exigencia también a los integrantes de la Universidad Veracruzana encargados de dar forma técnica a estos relatos, para que sean convertidos en políticas públicas. Si mantenemos estas exigencias, algún día podremos decir: Este fue un plan…