Política

Una lectura de las elecciones del 5 de junio

junio 25, 2016

Es un escenario de alta competencia electoral, la incertidumbre de los resultados se considera un signo de salud democrática. Significa que la diferencia entre los contendientes principales puede decidirse en el curso de las campañas sobre la base del trabajo partidista, el desempeño de los equipos de trabajo y del carisma, credibilidad y propuestas de los candidatos. Significa, además, que se asume seriamente la imparcialidad y transparencia de los órganos electorales. Ambos supuestos se cumplieron en las elecciones del 5 de junio, aunque con relación al segundo, las sospechas de parcialidad y los intentos (que no siempre se concretaron en el terreno de los hechos), de comprar la voluntad ciudadana, hayan manchado el proceso. Era de esperarse y el caso no es para rasgarse las vestiduras, sino motivo para corregir vicios apostándole a la educación de la ciudadanía que, de ficción sacada de la teoría política, paso a paso va surgiendo como una realidad viva y actuante. Por ahora, el ciudadano que hace posible la democracia aún está en vías de construcción. Por otra parte, las democracias reales, con todos sus defectos, tienen la ventaja de procesar las diferencias dentro de un marco institucional y de reciclar a los grupos en el poder, lo cual trae aparejado el indudable valor de mantener vivas la esperanzas en el futuro, cuando una sociedad ha sido mal gobernada y despojada de sus derechos.

A partir de las anteriores consideraciones y, sin caer en el conformismo, los resultados de las elecciones pasadas deben juzgarse globalmente para establecer, con sentido político, las experiencias y enseñanzas que dejan a sus actores y a la sociedad, que en ciertos niveles reaccionó a los estímulos de la confrontación electoral, y en otros, permaneció escéptica y retraída. En cuanto a los primeros, la victoria parece ser el factor decisivo para calificarlos: hay vencedores y perdedores. Es cierto, pero no debe olvidarse el carácter relativo de las palabras victoria y derrota en el contexto de la lucha política. El vencedor necesita legitimar su triunfo, en el caso de Miguel Ángel Yunes Linares, realizando una obra de gobierno que responda a las expectativas que despertó y que inclinaron la voluntad popular a su favor. En el caso del perdedor Héctor Yunes Landa, dando continuidad a sus esfuerzos pues la vocación política pasa su prueba de fuego en la derrota, y sólo cuando ha pasado por ella el político demuestra su autenticidad. Esto es, quizá, lo que más se reconoce al hoy gobernador electo: venir de derrotas anteriores, las cuales, hicieron de él el vencedor de este 2016.

Muchos consideran la derrota de HYL una derrota histórica del PRI, con todo lo que ello implica. En términos psicológicos es, sin duda, una derrota dolorosa que, como se dijo antes, demanda fortaleza de ánimo para seguir adelante. Hay un único modo de ser dignos en la victoria y la derrota, y es aceptando la primera como un compromiso con el electorado y aprendiendo de la segunda como de una maestra para corregir los errores cometidos. Las trayectorias de Miguel Ángel Yunes Linares y Héctor Yunes Landa se han cruzado en un punto del tiempo, después de lo cual, la historia sigue para ambos. El candidato de Morena, en cambio, ganó perdiendo, por la sencilla razón del crecimiento de su partido en Veracruz, que ayuda a posicionarlo a nivel nacional como una fuerza en crecimiento, alimentada por el voluntarismo popular. No nos detengamos ahora en el asunto, baste señalar que en la reestructuración indispensable del sistema de partidos, el sitio de un partido de izquierda es insustituible para el avance de la democracia en México. Pero ese partido deberá evolucionar del populismo a la definición clara de sus objetivos sociales, procurando su inserción en el sistema de partidos con criterios racionales, a fin de superar los atavismos que la izquierda trae en sus genes. También deberá replantear sus estrategias de lucha, lo que significa aceptar responsablemente las reglas del juego que norman la lucha por el poder.

Las experiencias y enseñanzas del proceso electoral deben, asimismo, ser asimiladas por la sociedad veracruzana. Si las aprovecha positivamente, ello se verá reflejado en las contiendas futuras. La conciencia del poder del voto puede dar como resultado una mayor conciencia de la responsabilidad de los ciudadanos que, en adelante, estarán menos dispuestos a dejar el destino de Veracruz en manos de la burocracia política. En otros términos: el mercado electoral será más exigente, demandando a los candidatos ofertas de calidad, en lugar de conformarse con despensas y baratijas.

Al gobernador electo le esperan dos años intensos de actividad, en los cuales la administración y la política se presentan inseparables. Los pronunciamientos y actitudes MAYL revelan al político conocedor del oficio. Ante las autoridades del OPLE, el día domingo 12 de junio, al recibir la constancia de mayoría que lo acredita como gobernador electo de Veracruz, se pronunció por la cero injerencia de su gobierno en ese ámbito, tal como lo prescribe la ley. De este modo, estableció un compromiso de gobernante demostrando su perspicacia política, pues quien gobierna bien, legitima su gestión y legitima a la fuerza partidista de donde procede; lo que constituye la mejor garantía para futuras contiendas electorales. Con esto no expresamos nada nuevo. Se sabe desde siempre, pero quienes gobiernan suelen olvidar, cegados por el "resplandor del poder", el compromiso que asumieron con el pueblo que gobiernan y la lealtad que deben a la fuerza política que los impulsó. Precisamente los malos gobiernos priístas son la explicación de la derrota del PRI en una escala que ni los más pesimistas pudieron anticipar. Todavía unos días antes de los comicios, en la cúpula priísta y en Los Pinos, se recibió información optimista de los posibles resultados que quedaron refutados dramáticamente la noche del 5 de junio. Por ello, el PRI está urgido de una reestructuración a fondo, cuya necesidad ha quedado evidenciada, aunque hacía ya tiempo que se venía planteando al constatar la pérdida de su identidad ideológica, y el olvido de su función como instancia capaz de procesar los intereses de amplios sectores de nuestra sociedad. Esto lo llevó a terminar cumpliendo un papel puramente electorero y agencia de colocaciones en el gobierno. En consecuencia, el PRI no puede continuar impulsado por la inercia; parte fundamental de su estrategia para reposicionarse será dar pruebas de voluntad política, consultando con sus bases y la ciudadanía en general, para armar un proyecto consistente con la realidad el país y del mundo en la era de la globalidad.

En Veracruz, la lucha por la gubernatura en 2018 tiene desde ahora un candidato natural en José Yunes Zorrilla, el peroteño que ha mantenido una actitud congruente, sin altibajos, desmarcándose a tiempo de alianzas que implican más pérdidas que ganancias políticas. Es muy importante saber hasta dónde las convicciones personales y los principios son conciliables con los intereses coyunturales, posponiendo las legítimas ambiciones políticas para el momento oportuno. Y esto parece tenerlo muy claro el oriundo de Perote. Retomando el resultado exitoso de la campaña panista con MAYL a la cabeza, los dos años de gobierno del choleño poseen un carácter estratégico decisivo para sus aspiraciones y las del panismo, pues ese período es el preámbulo de una renovación del grupo gobernante del país y de una redefinición de las políticas nacionales. Ambos objetivos se plantean como indispensables, sean quienes sean los que resulten vencedores. El PAN tendrá una nueva oportunidad de ofrecer al electorado nacional su proyecto de país, acorde con su mejor tradición doctrinaria que se remonta a las tesis del fundador del partido Manuel Gómez Morín. La gran equivocación del PAN fue haber llegado a Los Pinos en el 2000, con un Presidente que estuvo muy lejos de representar la concepción de Estado y de democracia que habían sostenido los ideólogos del panismo; por ello, se trató de una alternancia condenada a fracasar bajo los dictados del pragmatismo oportunista.

En la confrontación del 2018, la posibilidad de que el país salga ganando descansa en la recuperación de la esencia de la política por los líderes de los partidos nacionales. Por esencia de la política aquí se entiende, únicamente, la decisión y la capacidad de rescatar la libertad para imaginar y construir un orden diferente de convivencia, con garantías de seguridad, oportunidades de trabajo y esperanza en el futuro, en especial para los jóvenes.